Confieso que deliré
por expresa causa suya
casi con el mismo ímpetu
que usted lo hizo, a su vez,
por su despreciable demonio.
Su adoración y culto hacia él;
que en el pasado, debo admitir,
contribuyó significativamente
al engrandecimiento y consolidación
de mi robusto reino,
superó las etapas de incredulidad,
escepticismo y asombro inicial
para tornarse en corrosiva envidia.
Envidia hacia su honda fe,
que literalmente defendió a muerte.
Envidia hacia su total
y desmesurada entrega
con cada ritual desplegado
y emplazado para su pagano
y vergonzoso deleite.
Cada vez más intolerable,
confieso nuevamente,
resultó para mí su práctica.
El apetito por mis logros
nunca fue tan voraz
si no hasta el momento justo
en que su figura se postró
delante de mícomo uno más
de mis trofeos de guerra,
como una esclava más,
aparentemente insignificante,
quebrantable y corruptible.
Hoy, el uso de su portento
la ha encumbrado
hasta llegar a situarse,
merecidamente,
a mi diestra.
Nuestra alianza,
temida y odiada por todos,
trajo tantos dividendos
que me resulta tarea imposible,
además de tediosa,
abarcarlos aquí.
Admito que usted renovó
mi entusiasmo
en muchos aspectos,
siendo el princopal,
la codicia.
Lentamente
acaricié la idea de poseería,
y aquí también admito,
que disfruté enormemente
de cada pasaje que conformó
nuestro tórrido preámbulo.
Y que siempre esperé,
como dictaba la costumbre,
que fuese usted quien se entregara
y no yo quien se rindiera,
como fue éste el caso.
Sabía que tomaría su cuerpo;
el verdadero mérito radicó
en la profusa adicción
que posteriormente ello me generó.
Tanto así,
que rondaron en mi cabeza
ideas tan radicales que incluso
tratándose, como es ésta,
de una confesión;
no me atrevo a compartirle.
Indescriptible fue
el goce de su carne,
torbellino impetuoso y sin alma
cuya destreza excepcional,
me atrevería a decir,
superó con creces
a la de mi hermana.
Esa adolescida entrega
ha sido, y espero sea por mucho,
mi única carencia.
Tal fue la deuda contraída
que ni toda la vida,
ni ninguna muerte
a mi frustración darán calma.
Siento que he llegado
a un límite que no podré sobrepasar
si no es mediante
un supremo sacrificio.
El general, Belard
y su comitiva
llegan ante usted
para hacerle entrega
de esta final misiva.
Y aquí me detengo
para advertirle,
que no alce usted la mirada.
Porque no es mi intención
preveniria, si no,
más bien, informarle
que una vez que acabe este escrito;
Belard tiene
la penosa misión
de acabar con su vida.
Le he encomendado
expresamente
que no deje escapar
una sola palabra de su boca.
Así que contrólese.
No se imagina
cuántas veces,
ni el número de modos
con que deseé para mí
este privilegio.
Pero;
prevaleció el notable influjo
que ejerce sobre mí su persona
y no acepté siquiera la posibilidad
de flaquear ni torcer su destino,
o que éste fuese
re orientado en mi contra
por alguna siniestra fuerza
que su misterioso y casi extinto "arte"
bien cultiva.
No me sentí facultado
para cumplir con tal empresa.
Le complacerá saber,
incluso bajo las actuales circunstancias,
que su poco devoto verdugo
caerá casi paralelamente,
víctima de mi guardia personal,
convenientemente apostada.
Ambos serán acusados
de sedición y conspiración
para mi asesinato.
Instauraré un nuevo régimen
y expandiré mi dominio aún más,
esta vez sin su invaluable ayuda.
He hecho arreglos
para que su aprendiz
queme estas líneas
y tome su lugar
una vez consumados
los tristes acontecimientos
anteriormente descritos.
Sé que su pérdida
será por mucho
mi mayor tormento.
Y su ausencia irreconciliable
con mi paz venidera.
Auguró largas noches desasístido
y a su efigie merodeando en mi alcoba.
Pero sé, también,
que me esperan agasajos
y homenajes majestuosos.
Desfiles de doncellas
con prerrogativas de infinita gracia.
Suculentos manjares paliativos.
Así que, siendo éstas
las últimas letras que le profiero
le confieso, finalmente,
que no me fío de un remordimiento
como compañía
pero no cerraré filas
a su inoportuno arribo.
Porque estará usted
de acuerdo conmigo
que en éste y otros menesteres
no hay que dar nada por hecho.
..........
He dispuesto también
de mi amado tutor y escribano,
después de tantos años
de leal y fiel servicio,
al que acabo de ejecutar
con mis propias manos.
Cuando usted lo disponga
Deje caer este trozo de papel.
Eternamente, suyo.