Miguel Mercurio
Poeta recién llegado
Ámame, dame hoy el abrigo
que viste tu corazón,
sin compañero ni amigo
enciérrame en tu prisión.
Yo lo recito y se enciende
tu pupila de zafiro,
y de tu dulce voz pende
un delicado suspiro.
La tenue luz de la estancia
extrae de nuestra piel
un licor, una fragancia
de jazmines y de miel.
Colisionan dos gigantes
habitantes de los mares
de palabras delirantes
y de besos similares.
Atraviesan los senderos
entre la arboleda oscura
mis dedos aventureros
en busca de tu locura.
Ya vendrá después la calma
cuando me observes callada
intentando sanar mi alma
maltrecha y desvencijada.
Ámame, hazme tu cautivo,
no des tregua a esta condena
eterna de seguir vivo
amarrado a tu cadena.
que viste tu corazón,
sin compañero ni amigo
enciérrame en tu prisión.
Yo lo recito y se enciende
tu pupila de zafiro,
y de tu dulce voz pende
un delicado suspiro.
La tenue luz de la estancia
extrae de nuestra piel
un licor, una fragancia
de jazmines y de miel.
Colisionan dos gigantes
habitantes de los mares
de palabras delirantes
y de besos similares.
Atraviesan los senderos
entre la arboleda oscura
mis dedos aventureros
en busca de tu locura.
Ya vendrá después la calma
cuando me observes callada
intentando sanar mi alma
maltrecha y desvencijada.
Ámame, hazme tu cautivo,
no des tregua a esta condena
eterna de seguir vivo
amarrado a tu cadena.