Son cuatro años en estas tierras lejanas,
de llanuras que no terminan de decirse,
de marismas que respiran como un cuerpo indeciso,
de una vegetación que insiste en lo mismo
y amaneceres que se disuelven en tonos pastel,
como si el día naciera ya cansado de sí.
Cuatro años,
y no he logrado reconciliar el sueño con el descanso;
duermen juntos, dicen,
pero a mí se me escapan por turnos,
como si también ellos trabajaran.
Entre el peso de lo útil
y la miseria del presente que no imagina,
voy haciendo cuentas:
sumo horas, resto fuerzas,
multiplico silencios
y divido lo que queda de mí
en partes que no reclamo.
Trabajo por algo que no me pertenece,
y sin embargo me habita;
una forma ajena que, a fuerza de repetirse,
ha ido tomando mi voz, mi gesto, mi pulso.
Me inclino ante ella
como quien termina creyendo en su propia sombra.
Y lo más extraño no es la caída,
sino el temor a dejar de caer.
Como si en esta forma de vida,
que me desgasta y me vacía,
hubiera también una raíz secreta
que ya no sé si arrancar.
Quizá sean las pocas páginas
que logro salvar de la semana
—islas mínimas en este mar de cálculo—
las que me sostienen todavía;
o quizá no sea más que otra forma de inercia,
un disfraz elegante del miedo.
Pero, ¿qué importa ya la causa?
Si continúo,
si respiro dentro de este mismo gesto repetido,
si sigo llamando vida
a lo que apenas se sostiene.
de llanuras que no terminan de decirse,
de marismas que respiran como un cuerpo indeciso,
de una vegetación que insiste en lo mismo
y amaneceres que se disuelven en tonos pastel,
como si el día naciera ya cansado de sí.
Cuatro años,
y no he logrado reconciliar el sueño con el descanso;
duermen juntos, dicen,
pero a mí se me escapan por turnos,
como si también ellos trabajaran.
Entre el peso de lo útil
y la miseria del presente que no imagina,
voy haciendo cuentas:
sumo horas, resto fuerzas,
multiplico silencios
y divido lo que queda de mí
en partes que no reclamo.
Trabajo por algo que no me pertenece,
y sin embargo me habita;
una forma ajena que, a fuerza de repetirse,
ha ido tomando mi voz, mi gesto, mi pulso.
Me inclino ante ella
como quien termina creyendo en su propia sombra.
Y lo más extraño no es la caída,
sino el temor a dejar de caer.
Como si en esta forma de vida,
que me desgasta y me vacía,
hubiera también una raíz secreta
que ya no sé si arrancar.
Quizá sean las pocas páginas
que logro salvar de la semana
—islas mínimas en este mar de cálculo—
las que me sostienen todavía;
o quizá no sea más que otra forma de inercia,
un disfraz elegante del miedo.
Pero, ¿qué importa ya la causa?
Si continúo,
si respiro dentro de este mismo gesto repetido,
si sigo llamando vida
a lo que apenas se sostiene.