Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Al comenzar mi edad diseminé variedad de semillas,
que desde mi pecho fueron tímidamente amaneciendo flores,
de distintas texturas, aromas y sensaciones,
descubriendo, después de más edad un madrigal de colores,
que el viento las mecía por las tardes
y las guardaba al caer la noche.
Con alegría vertía gotas de agua,
en cada madrugada cuando arrullaba mi alma,
contento las abría cuando los rayos de sol,
coqueteando rozaban cada pétalo,
anhelando sobrevivieran más allá de esa mañana.
Sin darme cuenta y respirando ácido humo,
una a una comenzaron a marchitar mis canas,
más con mi riego incesante continuaba,
esperanzado que llegará la mano,
que consintiera cultivar mis sueños alguna vez sólo brotes.
Ya cuando sólo quedaba una,
esa de mil colores que a envejecer se obstinaba
emergió su figura recortada a contra luz,
abriéndose paso con sus manos,
quiso acariciar este mi pecho,
que entre polvo y desazón,
se encontraba acorazado al paso del calor.
Cerrando mis ojos con sus labios insistió
descubriendo mis canas,
que con dulzura mimó
y ensanchando este mi torso
se metió sin dolor.
Y casi sin darme cuenta,
se aparcó entre mis huellas,
rociando mi jardín de estrellas,
el que con nuevas flores amaneció,
bamboleándose preciosas, sonrientes y abiertas,
para que eterna continúes cultivando,
a este hombre que alguna vez tibiamente te pronunció .
que desde mi pecho fueron tímidamente amaneciendo flores,
de distintas texturas, aromas y sensaciones,
descubriendo, después de más edad un madrigal de colores,
que el viento las mecía por las tardes
y las guardaba al caer la noche.
Con alegría vertía gotas de agua,
en cada madrugada cuando arrullaba mi alma,
contento las abría cuando los rayos de sol,
coqueteando rozaban cada pétalo,
anhelando sobrevivieran más allá de esa mañana.
Sin darme cuenta y respirando ácido humo,
una a una comenzaron a marchitar mis canas,
más con mi riego incesante continuaba,
esperanzado que llegará la mano,
que consintiera cultivar mis sueños alguna vez sólo brotes.
Ya cuando sólo quedaba una,
esa de mil colores que a envejecer se obstinaba
emergió su figura recortada a contra luz,
abriéndose paso con sus manos,
quiso acariciar este mi pecho,
que entre polvo y desazón,
se encontraba acorazado al paso del calor.
Cerrando mis ojos con sus labios insistió
descubriendo mis canas,
que con dulzura mimó
y ensanchando este mi torso
se metió sin dolor.
Y casi sin darme cuenta,
se aparcó entre mis huellas,
rociando mi jardín de estrellas,
el que con nuevas flores amaneció,
bamboleándose preciosas, sonrientes y abiertas,
para que eterna continúes cultivando,
a este hombre que alguna vez tibiamente te pronunció .