Carlos Clemente Olivares
Poeta recién llegado
Un manto azulado se tendió en el cielo,
como sabanas de seda que tersas cubren los aposentos sagrados,
brillante y limpio; sedoso y suave, libre de obstáculos,
libre de cúmulos flotantes que, hermosos, divagan solitarios y sin rumbo,
libre de pájaros tristes en busca de una vida sin lamentos,
que vuelan sin sentido en medio de la bullicio matutino,
y helas ahí, dos entidades que se erigen poderosas en el vasto cielo.
Uno brillante, imponente, el dueño del día,
caballero dorado de larga melena,
el gobernador etéreo que ha sido adorado por las más recónditas civilizaciones,
vestido de rayos luminosos y que dejando caer sus caireles rubios hacen la luz en nuestro mundo.
Por otro lado,
en medio de todo, la hermosa luna plateada,
impetuosa y retadora, sigilosa y casi imperceptible,
pero más brillante que el mismo sol,
erguida ahí,
en medio del mar azul de los cielos postrados,
tratando de demostrase que, hasta aquello que no tiene luz propia, puede brillar más que quien la emite.
Ahí estaban, frente a frente,
el momento solemne dibujaba una estela entre los dos,
tan pronto como el sigilo se convirtió en destreza comprendí la escena puesta,
ayudado por el momento, por el cumulo de instantes cercenados por los orgasmos líquidos,
por la gota cayendo a destiempo como copo de nieve que adorna el invierno,
por una lluvia pasajera que cayó aislada del cielo, sin necesidad de nubes cargadas de penas,
aparecieron ante mis ojos como un par de amantes cautivos,
y entendí en ese momento que no son rivales enfrentándose altaneros,
sino un par de amantes castigados, que han sido obligados a no estar juntos,
sentenciados a la distancia finita rodeados de vacio,
sentenciados a observarse lejanos sin poder tocarse,
sentenciados a no poder demostrarse su amor en medio de besos perfumados con lujuria,
a no poder verter caricias leves en momentos de acalorados encuentros amatorios,
a vivir ligados siempre en contraparte, buscando desesperados escapar de su prisión oblicua.
Y vino a mi mente un recuerdo bello al ver la luna tímida asomándose en medio de la brillantez del día,
como simulando a una hermosa mujer que vive esquivando amores entre las sobras vagas,
que busca en soledad purgar una condena pagana,
una condena que le cae a cuestas sobre sus hermosos hombros suaves,
su brillantez innata se equiparan a la belleza del paisaje de los ojos de dama,
que aun entre las sombras brilla como con luz propia,
vestida de blanco, pureza incomprendida,
rodeada de obscuridad como vestimentas con que se guardad el luto a los pesares del alma.
Que más puedo decir, luna mía,
si yo pienso de ti que eres fuerte, impetuosa, hermosa, brillante, simplemente única,
porque eso eres, única, con tus virtudes y tus defectos,
con tus vicisitudes y desavenencias,
única, simplemente la entidad más hermosa que se erigió proveniente del mismísimo cielo,
una ligera prueba de que dios existe,
un regalo fino que pocos tienen el privilegio de entender y que aun no he entendido,
y que me enloquece en sobremanera cada día que avanza lento y lastimero.
como sabanas de seda que tersas cubren los aposentos sagrados,
brillante y limpio; sedoso y suave, libre de obstáculos,
libre de cúmulos flotantes que, hermosos, divagan solitarios y sin rumbo,
libre de pájaros tristes en busca de una vida sin lamentos,
que vuelan sin sentido en medio de la bullicio matutino,
y helas ahí, dos entidades que se erigen poderosas en el vasto cielo.
Uno brillante, imponente, el dueño del día,
caballero dorado de larga melena,
el gobernador etéreo que ha sido adorado por las más recónditas civilizaciones,
vestido de rayos luminosos y que dejando caer sus caireles rubios hacen la luz en nuestro mundo.
Por otro lado,
en medio de todo, la hermosa luna plateada,
impetuosa y retadora, sigilosa y casi imperceptible,
pero más brillante que el mismo sol,
erguida ahí,
en medio del mar azul de los cielos postrados,
tratando de demostrase que, hasta aquello que no tiene luz propia, puede brillar más que quien la emite.
Ahí estaban, frente a frente,
el momento solemne dibujaba una estela entre los dos,
tan pronto como el sigilo se convirtió en destreza comprendí la escena puesta,
ayudado por el momento, por el cumulo de instantes cercenados por los orgasmos líquidos,
por la gota cayendo a destiempo como copo de nieve que adorna el invierno,
por una lluvia pasajera que cayó aislada del cielo, sin necesidad de nubes cargadas de penas,
aparecieron ante mis ojos como un par de amantes cautivos,
y entendí en ese momento que no son rivales enfrentándose altaneros,
sino un par de amantes castigados, que han sido obligados a no estar juntos,
sentenciados a la distancia finita rodeados de vacio,
sentenciados a observarse lejanos sin poder tocarse,
sentenciados a no poder demostrarse su amor en medio de besos perfumados con lujuria,
a no poder verter caricias leves en momentos de acalorados encuentros amatorios,
a vivir ligados siempre en contraparte, buscando desesperados escapar de su prisión oblicua.
Y vino a mi mente un recuerdo bello al ver la luna tímida asomándose en medio de la brillantez del día,
como simulando a una hermosa mujer que vive esquivando amores entre las sobras vagas,
que busca en soledad purgar una condena pagana,
una condena que le cae a cuestas sobre sus hermosos hombros suaves,
su brillantez innata se equiparan a la belleza del paisaje de los ojos de dama,
que aun entre las sombras brilla como con luz propia,
vestida de blanco, pureza incomprendida,
rodeada de obscuridad como vestimentas con que se guardad el luto a los pesares del alma.
Que más puedo decir, luna mía,
si yo pienso de ti que eres fuerte, impetuosa, hermosa, brillante, simplemente única,
porque eso eres, única, con tus virtudes y tus defectos,
con tus vicisitudes y desavenencias,
única, simplemente la entidad más hermosa que se erigió proveniente del mismísimo cielo,
una ligera prueba de que dios existe,
un regalo fino que pocos tienen el privilegio de entender y que aun no he entendido,
y que me enloquece en sobremanera cada día que avanza lento y lastimero.