América

carlos garcía

Poeta recién llegado
América

a


Ésta es América
La de vientre infecundo pero dadivoso
de piernas macizas y corvas ligeramente desviadas
de labios universales y cuerpo continente
vino a fines del ciclo de cosecha y halló el puerto
agrio y amelcochado, entró derecha al centro y
en un cuatro perfumado esperó a las afueras de la iglesia
las vecinas se marearon de mirar aquellas nalgas ultramarinas
los vecinos se relamieron de mirar aquesta playa que venía y se iba
según viniera o se alejara en los portales del zócalo.
Haciendo un corro discreto y distanciado, los hombres revolotearon
y urdieron estrategias de acechanza. Dos mujeres: Ana y Josefa
regresaron al templo a espinarse los muslos con sus aretes
por haber estropeado su comunión de la mañana, por la mojadura de pantaletas
por adentrarse en América de pensamiento, palabra, obra y omisión imaginaria.


b


Y vino por mar el Carlos Fernández, la divisó de lejos
y la rastreó por su olor a pasionarias, a las diez de la mañana
la fue a interceptar en el mercado y detrás de las frutas del puesto
se cuidaron muy bien de no magullar los mangos, tirar los zapotes
o pisar los huacales de maracuyás en punto acidulado.

Y al bajar en la estación de los Cocos, a Marcial Acosta le platicaron
y la buscó dos horas hasta las dos de la tarde, la halló comiendo
en la fonda de Madero, la metió a la fuerza al baño y con la boca llena
de cochinita, a medio bocado, la poseyó con ligereza gonadal y al salir
dejó pagada la cuenta y unos billetes debajo del plato.

Y vino el Martín Alonso y la encontró aromática a cebolla bajo el sol radiante
de las cinco de la tarde en junio, y su autoridad municipal le dio justo
para desbarrancar de su cuerpo al tranviario con que se ayuntaba
y la llevó a su patio y ahí a manguerazos la vistió de nuevo de sabor a jazmines
y portado como descubridor, fue boy scout de sus oquedades
antes que cayera la tarde.

Al Pablo Pimentel llegaron, mecidos en brisa que se llama de temporal,
ciertos quejidos alegres que sugerían espasmos continuos e intermitentes,
y nervioso y apremiado dio seis golpes a campana de salida y las criaturas
arrancaron en tropel como potros salvajes; detrás el profe dando galgas zancadas,
encontró a mitad la fila de cuadrilleros que dejaron a medias la remozada
de puente Morelos y le tocó hasta las nueve el sancocho de treinta y cuatro
pues no quiso esperar al baño porque le punzaba la prisa y no le importó
sonar a zapato mojado ni quedarse a frijoles por la quincena dada.

Y en la penumbra de las diez entraron por la parte que se decía puerta México
tres hombres de vestimenta discreta pero limpia y bien cortada y cosida
se fueron derecho al tranvía en la alameda y bajaron después en Cortés y Guerrero, hallaron luego luego el pasillo que daba al cuarto, dando traspiés
entre hoyancos y cascos de cerveza, tocaron a la puerta y fueron recibidos
como reyes venidos desde allá, a carcajadas, a baile de consola y convidados
a llenar la panza y enjuagar el buche se dieron al festejo con las botellas
que traían escondidas hasta bien entrada la madrugada, hora en que los gatos espantados evitaron cruzar el tejado donde resonaba la piel a manazo y parecía que mataban a alguien en repetidas y calenturientas veces.
De rato yacieron los cuatro en el piso hechos un ovillo desnudo, pues el catre tembelequeaba y ponía en riesgo los huesos, las espaldas y los riñones en el trajín y en el sosiego de las cinco de la mañana.

c


Ésta, de espaldas anchas y navegables, adelante, fila tercera
al centro de Ana y de Josefa, ojos cerrados, rostro contrito
trasegada virtuosa por sus manos juntas y su plegaria bisbiseada
es América, la de vientre infecundo y generoso de lunes a sábado
la del cuarto más grande y rendijudo, detrás de mi casa, de ella le hablo
América de quien se deje y traiga; yo no junto ni para un beso
ni hace falta, bien se escucha y se ve por delante de la piesera
a eso voy… pero quién no se tocaría el santo día con esos quejidos
no es por maldad, no por enfermo de jaria, se lo juro por ésta
merezco penitencia, pero bueno, usted bien que se lo sabe,
la muchacha provoca.
 
Soberbio y genuino trabajo que disfrto.
Gustos dejo mi huella carlos garcía.

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América

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Ésta es América
La de vientre infecundo pero dadivoso
de piernas macizas y corvas ligeramente desviadas
de labios universales y cuerpo continente
vino a fines del ciclo de cosecha y halló el puerto
agrio y amelcochado, entró derecha al centro y
en un cuatro perfumado esperó a las afueras de la iglesia
las vecinas se marearon de mirar aquellas nalgas ultramarinas
los vecinos se relamieron de mirar aquesta playa que venía y se iba
según viniera o se alejara en los portales del zócalo.
Haciendo un corro discreto y distanciado, los hombres revolotearon
y urdieron estrategias de acechanza. Dos mujeres: Ana y Josefa
regresaron al templo a espinarse los muslos con sus aretes
por haber estropeado su comunión de la mañana, por la mojadura de pantaletas
por adentrarse en América de pensamiento, palabra, obra y omisión imaginaria.


b


Y vino por mar el Carlos Fernández, la divisó de lejos
y la rastreó por su olor a pasionarias, a las diez de la mañana
la fue a interceptar en el mercado y detrás de las frutas del puesto
se cuidaron muy bien de no magullar los mangos, tirar los zapotes
o pisar los huacales de maracuyás en punto acidulado.

Y al bajar en la estación de los Cocos, a Marcial Acosta le platicaron
y la buscó dos horas hasta las dos de la tarde, la halló comiendo
en la fonda de Madero, la metió a la fuerza al baño y con la boca llena
de cochinita, a medio bocado, la poseyó con ligereza gonadal y al salir
dejó pagada la cuenta y unos billetes debajo del plato.

Y vino el Martín Alonso y la encontró aromática a cebolla bajo el sol radiante
de las cinco de la tarde en junio, y su autoridad municipal le dio justo
para desbarrancar de su cuerpo al tranviario con que se ayuntaba
y la llevó a su patio y ahí a manguerazos la vistió de nuevo de sabor a jazmines
y portado como descubridor, fue boy scout de sus oquedades
antes que cayera la tarde.

Al Pablo Pimentel llegaron, mecidos en brisa que se llama de temporal,
ciertos quejidos alegres que sugerían espasmos continuos e intermitentes,
y nervioso y apremiado dio seis golpes a campana de salida y las criaturas
arrancaron en tropel como potros salvajes; detrás el profe dando galgas zancadas,
encontró a mitad la fila de cuadrilleros que dejaron a medias la remozada
de puente Morelos y le tocó hasta las nueve el sancocho de treinta y cuatro
pues no quiso esperar al baño porque le punzaba la prisa y no le importó
sonar a zapato mojado ni quedarse a frijoles por la quincena dada.

Y en la penumbra de las diez entraron por la parte que se decía puerta México
tres hombres de vestimenta discreta pero limpia y bien cortada y cosida
se fueron derecho al tranvía en la alameda y bajaron después en Cortés y Guerrero, hallaron luego luego el pasillo que daba al cuarto, dando traspiés
entre hoyancos y cascos de cerveza, tocaron a la puerta y fueron recibidos
como reyes venidos desde allá, a carcajadas, a baile de consola y convidados
a llenar la panza y enjuagar el buche se dieron al festejo con las botellas
que traían escondidas hasta bien entrada la madrugada, hora en que los gatos espantados evitaron cruzar el tejado donde resonaba la piel a manazo y parecía que mataban a alguien en repetidas y calenturientas veces.
De rato yacieron los cuatro en el piso hechos un ovillo desnudo, pues el catre tembelequeaba y ponía en riesgo los huesos, las espaldas y los riñones en el trajín y en el sosiego de las cinco de la mañana.

c


Ésta, de espaldas anchas y navegables, adelante, fila tercera
al centro de Ana y de Josefa, ojos cerrados, rostro contrito
trasegada virtuosa por sus manos juntas y su plegaria bisbiseada
es América, la de vientre infecundo y generoso de lunes a sábado
la del cuarto más grande y rendijudo, detrás de mi casa, de ella le hablo
América de quien se deje y traiga; yo no junto ni para un beso
ni hace falta, bien se escucha y se ve por delante de la piesera
a eso voy… pero quién no se tocaría el santo día con esos quejidos
no es por maldad, no por enfermo de jaria, se lo juro por ésta
merezco penitencia, pero bueno, usted bien que se lo sabe,
la muchacha provoca.
 

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