Dan_Z
Poeta recién llegado
A Klondike,
de hocico envejecido
y mirada dulce
Días vértices
de arriba a abajo,
de tarde a noche,
de compás y trabajo.
Echada de lado
su níveo hocico,
en roja tarde,
o gélida aurora.
Cabes alegre
en el mundo tuyo,
como sueño halado
a realidad aforme
de la que, asustado,
besándote huyo,
colgando mis brazos
de tu suave cuello,
adosado mi cuerpo
a tu espíritu puro
de lealtad y arruyo,
como fiel remanso.
Dos luceras
de mar y madera
ven y esperan
mi tarde llegada,
como dos esferas
de tan tierna hada
que alegre y viva
alcanza las ramas:
¡que hondos respiros!
¡que altas alzadas!
cuando corres alegre
al patio y la sala
y triste te hablo
y te ofrezco mis palmas.
Nunca mueras,
ni ahora ni al alba,
que nunca espero
la mustia llegada
del segundo eterno,
más eterna semana,
en que tu áureo pelaje
que alegre salta,
y tu blanco pecho
de aromas y malvas,
se quede inerte
a mi abatida mirada.
Y lloro ahora
el futuro momento
en que tu halo canino,
de espinas exento,
levite andante
en el fulgor taciturno
de tal día muerto,
y sienta, conmovido,
el ánimo vivo
de rodearte de nuevo
con el alma y los brazos,
tu cálido cuello
de diosa y de perro;
y sea mi suerte
intensa y presente,
que el mismo día
que la muerte te calle,
ese mismo día,
esa misma tarde,
que pronto con vos,
de nuevo me encuentre.
¡Resplandecen tus ojos
en la casa y la calle!
¡Remanente eterno
de bestia y de arte!
¡Quién no adora
tu blondo crinaje!
¡Te miran las gentes
y risas alarden!
porque bella gracia,
-y gracia en mares-
bulle excitada
de todos tus lares:
tu ojo acielado,
tu ojo azabache,
tu trompa rolliza,
tus años menguantes.
¡Que hermosa tu dicha
de no ser como yo!
¡Que hermosa el alma
que a vos proveyó
el lánguido dios
a pluma y crayón!
¡Que hermosa tu dicha
de no ser humana
y conservar los sentidos
del amor y el alma,
inmácula vida!
que demasiado profana,
es la humana muerte
a manos hermanas.
Nunca mueras,
ni ahorita ni al alba,
que muero exangüe,
de vuelta a la calma
de tus hoscos ladridos
que a diario me salvan.
Mueras nunca,
o tal vez mañana,
en la negra aurora
sostendré yo tu pata
e iremos tan juntos
que será sana
mi apagada existencia
junto a tu alma.
DZ
de hocico envejecido
y mirada dulce
Días vértices
de arriba a abajo,
de tarde a noche,
de compás y trabajo.
Echada de lado
su níveo hocico,
en roja tarde,
o gélida aurora.
Cabes alegre
en el mundo tuyo,
como sueño halado
a realidad aforme
de la que, asustado,
besándote huyo,
colgando mis brazos
de tu suave cuello,
adosado mi cuerpo
a tu espíritu puro
de lealtad y arruyo,
como fiel remanso.
Dos luceras
de mar y madera
ven y esperan
mi tarde llegada,
como dos esferas
de tan tierna hada
que alegre y viva
alcanza las ramas:
¡que hondos respiros!
¡que altas alzadas!
cuando corres alegre
al patio y la sala
y triste te hablo
y te ofrezco mis palmas.
Nunca mueras,
ni ahora ni al alba,
que nunca espero
la mustia llegada
del segundo eterno,
más eterna semana,
en que tu áureo pelaje
que alegre salta,
y tu blanco pecho
de aromas y malvas,
se quede inerte
a mi abatida mirada.
Y lloro ahora
el futuro momento
en que tu halo canino,
de espinas exento,
levite andante
en el fulgor taciturno
de tal día muerto,
y sienta, conmovido,
el ánimo vivo
de rodearte de nuevo
con el alma y los brazos,
tu cálido cuello
de diosa y de perro;
y sea mi suerte
intensa y presente,
que el mismo día
que la muerte te calle,
ese mismo día,
esa misma tarde,
que pronto con vos,
de nuevo me encuentre.
¡Resplandecen tus ojos
en la casa y la calle!
¡Remanente eterno
de bestia y de arte!
¡Quién no adora
tu blondo crinaje!
¡Te miran las gentes
y risas alarden!
porque bella gracia,
-y gracia en mares-
bulle excitada
de todos tus lares:
tu ojo acielado,
tu ojo azabache,
tu trompa rolliza,
tus años menguantes.
¡Que hermosa tu dicha
de no ser como yo!
¡Que hermosa el alma
que a vos proveyó
el lánguido dios
a pluma y crayón!
¡Que hermosa tu dicha
de no ser humana
y conservar los sentidos
del amor y el alma,
inmácula vida!
que demasiado profana,
es la humana muerte
a manos hermanas.
Nunca mueras,
ni ahorita ni al alba,
que muero exangüe,
de vuelta a la calma
de tus hoscos ladridos
que a diario me salvan.
Mueras nunca,
o tal vez mañana,
en la negra aurora
sostendré yo tu pata
e iremos tan juntos
que será sana
mi apagada existencia
junto a tu alma.
DZ
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