Lloro por los rincones de la alfombra
de espino de mi sótano mugriento.
Lloro siempre porque el oxígeno
es el veneno para mi sueño de sangre.
Odio llorar, pero lo hago
para odiarme a mí mismo.
Siempre me odio, siempre me muero
en los vacíos espacios de lo que no
le escribí a ella y, agonizo por las
estatuas de insignificancia que destapo
a sus baúles de rocío volador.
¡No tengo alas joder! ¡No tengo nada!
Hay oro en mis podridos pulmones,
mi etílico hígado, en mis salpicados riñones.
Hay oro que reluce más que sus ojos
al no verme entre sus ramas.
¡Duele saber que estás jodido por
tu podrida porción de rata!
Merezco no subir las escaleras.
Ojalá la locura no me amara tanto
como yo la amo a ella,
cruz de mi nueva fe por sus
bultos de perfume enriquecedor.
No quisiera volver a gritar
a la mazmorra de mi prisionero;
ojalá lo matasen los sabios verdugos.
Las caricias también arañan mis retinas,
y los besos oscurecen mi lucero del mañana.
Cambiaría tantas cosas por el pintalabios
de aquellos ángeles del diablo;
pero nunca aprendí a negociar
con mis propias manos.
Ladro a la Luna desolada para
que explote mi galaxia cerebral.
Sangro fuego por querer derretir
el hielo del infierno seductor.
Si luchara contra las flores de
ese prado descompuesto, sabría esconder
mis fosas de humo de las aves
carroñeras del desierto inundado.
Exprimir mi bolígrafo fue importante
para maquillar a la diosa Venus,
pero mi saliva no puede corroer
el folio de lino de mi cordura exenta.
Sigo llorando para sentir miedo por
mi propio odio interino, pero
no formo un charco donde
dar brazadas hacia atrás y sustituir
los dedos de las nubes de tormenta.
Mátame por la inquisición que produje
en masa, y perdona las gotas que
oxidaron nuestra ala conjunta.
Cambiaría todos los árboles de lugar
para confundir a las fieras
que en mi se esconden, pero
nunca supe controlar
las adversidades de la naturaleza.
Odio morir por mi lluvia; odio
saciar mi miedo por tu odio.
Muero cuando odias que llore,
pero lloras cuando te odio más
que a mi propia muerte.
Si las pistolas oyeran lo que
mi bala quiere decir, no habría
un final en esta historia en blanco
por la pureza de mis
más allegadas inseguridades.
No corrijo los esquemáticos placeres
que recrea el dolor afilado.
Cuento hasta las pecas de la noche
para no contar los alfileres de tu espalda.
¡No soporto al inhumano hombre!
La templanza no es el capullo
de mi ardiente rosa, no es
el camino más llano para mi cuello,
no son los callejones de mi ciudad;
desconozco la trasferencia de esa palabra.
¡Desconozco el final de tu principio!
¡No hay correa de arcoíris para pasear
a mi lobo enmascarado!
Quiero tranquilidad en este aire,
pero me atormenta su realidad.
¡Te amo porque detesto amarte!
¡Quiero que arda este papel!
Lloro por el bosque de las delicias,
y no hago más que marchitar
tan privilegiadas vistas con
el suero de mi aullido precoz.
Y que lo mejor de la vida
sea la eterna muerte…