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Amor 29 : El tiempo paras

José Valverde Yuste

Poeta que considera el portal su segunda casa


Otoño de amor, desgajadas hojas
de tu tronco y tus álgidas ramas;
dormitando estás, en aquella lúgubre
habitación donde los alargados rayos
del sol, entran para calentar tu alma.

Tú que calmas las tempestades
con el aliento de tu mirada, me subyugas
como ave en calma, me estremeces
como los truenos en la lontananza.

Eres libertad y prisión, mar en calma
gran oleaje, velas en desbandada, burbuja que explota
en mí, como una pompa, como un repicar
de campanas en las tardes ociosas de piedra dura,
de decrépito por la tardanza en tu andadura.

¡Oh, amor! que el tiempo paras,
cuando sobre mi cabalgas como amazona
en celo. Mis venas azules se transforman en rojas,
levitando tu cuerpo sobre el mío, como la hiedra levita
trepando al tejado.

Las tormentas se detienen, las olas ya no brillan,
le has robado tú, el resplandor con tu mirada;
la habitación no necesita llama, con tu fulgor
basta, eres el volcán que sacia mi desesperanza.

Un arrebato de amor, un cielo centelleante,
una mordida quemante, un iceberg trashumante;
lo has derretido con el fuego que emana
tus pulsaciones crepitantes.

Me unges la piel con cremas afrodisiacas,
devaneo en la cañada húmeda de tu cuerpo,
estación que me detiene, como tú
detienes el tiempo
 
Última edición:
Gracias Iván por tus comentarios, escribo como soy. Si estoy alegre soy un romántico eufórico, si triste, melancólico. Cuando ni fu, ni fa me refugio en mi amada naturaleza. En cada uno de mis versos van gotas de mi sangre, aliento que se desgrana salvajemente por la montaña, corazón explosivo, amor eterno. Respeto a mi entorno, saber de donde vengo, quién soy y lo que quiero. Así escribo estimado y admirado Iván. Un abrazo con la pluma del alma
 
Así somos como el azul y el rojo, la noche y el día.
Una pizca de sal, otra de azúcar y aveces ese toque exótico que nos dan las especias o las hierbas, somos un menú variado, como la vida misma, somos la sorpresa que nos depara cada día.
un placer leerte.
Saludos.
 


Otoño de amor, desgajadas hojas
de tu tronco y tus álgidas ramas;
dormitando estás, en aquella lúgubre
habitación donde los alargados rayos
del sol, entran para calentar tu alma.

Tú que calmas las tempestades
con el aliento de tu mirada, me subyugas
como ave en calma, me estremeces
como los truenos en la lontananza.

Eres libertad y prisión, mar en calma
gran oleaje, velas en desbandada, burbuja que explota
en mí, como una pompa, como un repicar
de campanas en las tardes ociosas de piedra dura,
de decrépito por la tardanza en tu andadura.

¡Oh, amor! que el tiempo paras,
cuando sobre mi cabalgas como amazona
en celo. Mis venas azules se transforman en rojas,
levitando tu cuerpo sobre el mío, como la hiedra levita
trepando al tejado.

Las tormentas se detienen, las olas ya no brillan,
le has robado tú, el resplandor con tu mirada;
la habitación no necesita llama, con tu fulgor
basta, eres el volcán que sacia mi desesperanza.

Un arrebato de amor, un cielo centelleante,
una mordida quemante, un iceberg trashumante;
lo has derretido con el fuego que emana
tus pulsaciones crepitantes.

Me unges la piel con cremas afrodisiacas,
devaneo en la cañada húmeda de tu cuerpo,
estación que me detiene, como tú
detienes el tiempo
Mil gracias por darle me gusta luna roja. Un abrazo con la pluma del alma
 


Otoño de amor, desgajadas hojas
de tu tronco y tus álgidas ramas;
dormitando estás, en aquella lúgubre
habitación donde los alargados rayos
del sol, entran para calentar tu alma.

Tú que calmas las tempestades
con el aliento de tu mirada, me subyugas
como ave en calma, me estremeces
como los truenos en la lontananza.

Eres libertad y prisión, mar en calma
gran oleaje, velas en desbandada, burbuja que explota
en mí, como una pompa, como un repicar
de campanas en las tardes ociosas de piedra dura,
de decrépito por la tardanza en tu andadura.

¡Oh, amor! que el tiempo paras,
cuando sobre mi cabalgas como amazona
en celo. Mis venas azules se transforman en rojas,
levitando tu cuerpo sobre el mío, como la hiedra levita
trepando al tejado.

Las tormentas se detienen, las olas ya no brillan,
le has robado tú, el resplandor con tu mirada;
la habitación no necesita llama, con tu fulgor
basta, eres el volcán que sacia mi desesperanza.

Un arrebato de amor, un cielo centelleante,
una mordida quemante, un iceberg trashumante;
lo has derretido con el fuego que emana
tus pulsaciones crepitantes.

Me unges la piel con cremas afrodisiacas,
devaneo en la cañada húmeda de tu cuerpo,
estación que me detiene, como tú
detienes el tiempo
El amor, el único que nos hace sentir una dulce pasión.

Un abrazo fuerte.
 
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