José Valverde Yuste
Poeta que considera el portal su segunda casa
Bajo un cielo encapotado
un mar con una amalgama de grises
desorbitados, con mi alma cegada
por el amor, un horizonte de ternura
se tejía entre los dos.
Miradas sellando recuerdos hilvanados
con hilos pecaminosos, son atuendos
donde percibimos, resistimos,
nos hacemos ecos de sentimientos,
pestañeando hasta las cuerdas
de la guitarra que llevo dentro.
Cada suspiro es un silencio,
cada beso una nube desangrando,
tu aliento cada delirio
saliendo de la comisura de tus labios
es un portal azul descansando;
la fiebre, las exhalaciones fugitivas
el sentir profundo del refugio de tu ilusión.
Esos ojos son fuentes frondosas
o manantiales del cielo,
magia de los silencios cuando nos miramos
y detenemos el tiempo, estremecimientos
con sólo tenerte delante, sin palparte.
El fuego que desprenden, las hormonas
que viertes empañan los cristales de la habitación
el rayo del amor la impregna de luz
y tú abres mi pasión como una flor.
Esas gotas que derramas cuando me abrazas
esos duraznos debajo de tu cuello son melocotones
suaves y sensibles al tacto, son rosados;
esa armonía, ese compás, ese murmullo
ese gritar al universo de mis dedos,
escalofríos como las hojas
cuando caen en otoño.
Cuán breve es el tiempo cuando estoy contigo
cuando suena el tañer de las campanas
y tienes que marchar, mi luz se convierte en tormenta
en lo misterioso y sublime
de pensarte y no tenerte.