Nommo
Poeta veterano en el portal
Había llegado el día apropiado.
Todos estábamos reunidos, alrededor del fuego.
Contábamos historias que se nos ocurrían, desde hacía años.
Cuentos que nos perseguían como lobos hambrientos.
Conseguimos deshacernos de unos cuantos episodios de nuestra imaginación candente.
Expulsándolos de nuestro interior, poco a poco, como las cuentas de un Rosario.
Era terapéutico, poner las cosas en orden, para vislumbrar nuestro sano juicio, y nuestra memoria.
Siendo jóvenes alegres y simpáticos, en el fondo, que tienen coraje suficiente para vencer el Miedo.
Pero había algo en ti, que no me cuadraba. Habías cambiado de un modo paulatino y silencioso.
Tus ojos eran amarillos. Tu cabello, verde. Tenías zarpas, en lugar de manos. Eras como una osa.
Fuimos a caminar, en la noche, para acercarnos más, el uno al otro.
Decías que yo estaba comiendo piedras con mis dientes metálicos.
¿ En serio ? Me llevabas a la horca, porque se te ocurrió que esa noche, era el Juicio Final.
Pero allí, sobre la tarima, y encima del taburete que se columpiaba sobre una pata,
dije: " Te quiero. "
Rompiste a llorar, con tu voz de fiera de los bosques.
Y yo te penetré, con mi herramienta del taller, que guardo entre las piernas.
Juntos, éramos como el acorazado Potemkin. Un submarino indestrucible.
Llegaron nuestros amigos, para resolver el enigma planteado por nuestra ausencia.
Algunos se quejaban de que sufrían demencia. Aullaban enloquecidos, amparándose en un paraguas.
Traté de calmarlos, con mis píldoras de oro.
Mas no pudieron digerirlas, y se vinieron hacia mí, con bastos y lanzas puntiagudas.
Entonces, todo cambió, nuevamente. Sonreían.
Traían piezas de madera, para construir una casa, junto al lago.
Porque éramos una comunidad. Y nos queríamos. Y tú y yo cooperamos, como buenos carpinteros.
Todos estábamos reunidos, alrededor del fuego.
Contábamos historias que se nos ocurrían, desde hacía años.
Cuentos que nos perseguían como lobos hambrientos.
Conseguimos deshacernos de unos cuantos episodios de nuestra imaginación candente.
Expulsándolos de nuestro interior, poco a poco, como las cuentas de un Rosario.
Era terapéutico, poner las cosas en orden, para vislumbrar nuestro sano juicio, y nuestra memoria.
Siendo jóvenes alegres y simpáticos, en el fondo, que tienen coraje suficiente para vencer el Miedo.
Pero había algo en ti, que no me cuadraba. Habías cambiado de un modo paulatino y silencioso.
Tus ojos eran amarillos. Tu cabello, verde. Tenías zarpas, en lugar de manos. Eras como una osa.
Fuimos a caminar, en la noche, para acercarnos más, el uno al otro.
Decías que yo estaba comiendo piedras con mis dientes metálicos.
¿ En serio ? Me llevabas a la horca, porque se te ocurrió que esa noche, era el Juicio Final.
Pero allí, sobre la tarima, y encima del taburete que se columpiaba sobre una pata,
dije: " Te quiero. "
Rompiste a llorar, con tu voz de fiera de los bosques.
Y yo te penetré, con mi herramienta del taller, que guardo entre las piernas.
Juntos, éramos como el acorazado Potemkin. Un submarino indestrucible.
Llegaron nuestros amigos, para resolver el enigma planteado por nuestra ausencia.
Algunos se quejaban de que sufrían demencia. Aullaban enloquecidos, amparándose en un paraguas.
Traté de calmarlos, con mis píldoras de oro.
Mas no pudieron digerirlas, y se vinieron hacia mí, con bastos y lanzas puntiagudas.
Entonces, todo cambió, nuevamente. Sonreían.
Traían piezas de madera, para construir una casa, junto al lago.
Porque éramos una comunidad. Y nos queríamos. Y tú y yo cooperamos, como buenos carpinteros.
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