Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Te busco en la calle,
entre el bullicio y el ruido,
tu risa se esconde,
en el eco de la ciudad,
mi amor, tan simple y complejo.
La noche cae despacio,
como un suspiro cansado,
las luces parpadean,
sueños atrapados en neón,
y tú, tan cerca y tan lejos.
En el café de la esquina,
tu sombra se sienta conmigo,
hablamos sin palabras,
miradas que cuentan historias,
el tiempo se detiene, fugaz.
Tus manos, mapa de deseos,
exploran mi piel,
dibujando caminos,
que solo nosotros conocemos,
tu tacto es mi refugio.
A veces, en la lluvia,
te encuentro en cada gota,
nuestro amor es un diluvio,
que limpia, que arrasa,
y florece en el asfalto mojado.
Tus besos, promesas suaves,
en la estación del metro,
el tren parte y tú quedas,
en el andén de mis pensamientos,
esperando nuestro próximo encuentro.
La luna observa callada,
nuestros secretos,
espejo de noches compartidas,
cómplice de sueños,
que nunca se extinguen.
Y así, entre días y noches,
mi amor por ti se construye,
con ladrillos de momentos,
y cemento de caricias,
en la ciudad que nunca duerme.
entre el bullicio y el ruido,
tu risa se esconde,
en el eco de la ciudad,
mi amor, tan simple y complejo.
La noche cae despacio,
como un suspiro cansado,
las luces parpadean,
sueños atrapados en neón,
y tú, tan cerca y tan lejos.
En el café de la esquina,
tu sombra se sienta conmigo,
hablamos sin palabras,
miradas que cuentan historias,
el tiempo se detiene, fugaz.
Tus manos, mapa de deseos,
exploran mi piel,
dibujando caminos,
que solo nosotros conocemos,
tu tacto es mi refugio.
A veces, en la lluvia,
te encuentro en cada gota,
nuestro amor es un diluvio,
que limpia, que arrasa,
y florece en el asfalto mojado.
Tus besos, promesas suaves,
en la estación del metro,
el tren parte y tú quedas,
en el andén de mis pensamientos,
esperando nuestro próximo encuentro.
La luna observa callada,
nuestros secretos,
espejo de noches compartidas,
cómplice de sueños,
que nunca se extinguen.
Y así, entre días y noches,
mi amor por ti se construye,
con ladrillos de momentos,
y cemento de caricias,
en la ciudad que nunca duerme.