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Amor en la garganta de un ruiseñor

Ricardo López Castro

*Deuteronómico*
Antes de que se lo lleve todo esa brutal cadena de desilusiones
que me ha desvalijado el concepto de mis propias percepciones, dejándolo en ámbar
-pues me han enseñado ya los colmillos múltiples lobos hambrientos-,
he dejado en yuxtaposición a la realidad que me absorbe, la verdadera y única que distorsiona y confunde e inutiliza, incluso a veces, mi orden fijo de ideas,
he decidido dedicar mi tiempo a un repaso de mis relatos amorosos, vistos desde la absolución fraternal -nunca alcanzada, y siempre desdeñable, por mi parte-.
Me entrego por completo al devenir cíclico de mis sensaciones para no divulgar ni una sola vez más el nombre de Dios en vano, para no cometer perjurio, ni muchísimo menos para arder en esas anotaciones, acotaciones mías, que se escriben con el solapado interés/saciedad de mis ambiciosos menesteres, y con la intención soporífera de resucitar el ego, partido en unas cuantas desolaciones mudas.
A fin de todo este repertorio de propósitos, ser capaz de abstraerme, incluso de dejarme llevar por las emociones que pueda tener en común con una pantalla.
La contrariedad de los fracasos, errores, fiascos, frente a la existencia de la réplica y de la incontinencia del hombre.
No tomar parte del aprendizaje de ninguna clase, simplemente, alejarme de mi locura.
Desconozco los métodos para una vida plena.
Mis relaciones se han llevado todo lo que tenía.
Todo lo que tengo ahora es una distorsión cognitiva y una inquebrantable circunspección en todo lo que me propongo.
Mis ideas no son más que refracciones de la autonomía humana.
Disolutas, muertas, profusamente confusas.
Pero, al mismo tiempo, nadie ni nada me disuade de ellas.
No se trata de atribuciones divinas, sino de las tribulaciones que marcan mi consciencia.
Esto no son disertaciones de Dios, ni siquiera reflexiones.
No sé por qué cojones escribo siempre a vida o muerte.
Y me dejo el mentón en afirmar que todo lo que digo es cierto.
No quiero afirmar que soy Dios, por que ése no es el verdadero tema que me trajo hasta aquí.
Lo que en verdad quiero decir es que, lo que el hombre llama inconsciencia tiene muy poco o nada que ver con lo que yo hago cuando escribo.
La forma de pensar y concebir las cosas es inherente, en teoría, a cada uno.
Nadie puede ni va a resolverme nada que tenga que ver con esto.
En realidad, no hay nada que resolver.
Me confunde la realidad, y mis textos, por chafulleros y desproporcionados que sean, siempre pueden con ella.
Me confunden las personas.
Me confunden las conversaciones.
Me confunden las relaciones y las miradas.
Hasta que llego aquí, y se curan todos mis males.
Quizá no esté preparado para la vida -eso pueden decir algunos-, pero mi orden de ideas fijo e invariable, me mantiene vivo, me mantiene alerta.
Quizá sea un trastorno, pero yo amo mi escritura.
Quizá sea un cuadro psicótico, pero yo amo mis síntomas.
 
Antes de que se lo lleve todo esa brutal cadena de desilusiones
que me ha desvalijado el concepto de mis propias percepciones, dejándolo en ámbar
-pues me han enseñado ya los colmillos múltiples lobos hambrientos-,
he dejado en yuxtaposición a la realidad que me absorbe, la verdadera y única que distorsiona y confunde e inutiliza, incluso a veces, mi orden fijo de ideas,
he decidido dedicar mi tiempo a un repaso de mis relatos amorosos, vistos desde la absolución fraternal -nunca alcanzada, y siempre desdeñable, por mi parte-.
Me entrego por completo al devenir cíclico de mis sensaciones para no divulgar ni una sola vez más el nombre de Dios en vano, para no cometer perjurio, ni muchísimo menos para arder en esas anotaciones, acotaciones mías, que se escriben con el solapado interés/saciedad de mis ambiciosos menesteres, y con la intención soporífera de resucitar el ego, partido en unas cuantas desolaciones mudas.
A fin de todo este repertorio de propósitos, ser capaz de abstraerme, incluso de dejarme llevar por las emociones que pueda tener en común con una pantalla.
La contrariedad de los fracasos, errores, fiascos, frente a la existencia de la réplica y de la incontinencia del hombre.
No tomar parte del aprendizaje de ninguna clase, simplemente, alejarme de mi locura.
Desconozco los métodos para una vida plena.
Mis relaciones se han llevado todo lo que tenía.
Todo lo que tengo ahora es una distorsión cognitiva y una inquebrantable circunspección en todo lo que me propongo.
Mis ideas no son más que refracciones de la autonomía humana.
Disolutas, muertas, profusamente confusas.
Pero, al mismo tiempo, nadie ni nada me disuade de ellas.
No se trata de atribuciones divinas, sino de las tribulaciones que marcan mi consciencia.
Esto no son disertaciones de Dios, ni siquiera reflexiones.
No sé por qué cojones escribo siempre a vida o muerte.
Y me dejo el mentón en afirmar que todo lo que digo es cierto.
No quiero afirmar que soy Dios, por que ése no es el verdadero tema que me trajo hasta aquí.
Lo que en verdad quiero decir es que, lo que el hombre llama inconsciencia tiene muy poco o nada que ver con lo que yo hago cuando escribo.
La forma de pensar y concebir las cosas es inherente, en teoría, a cada uno.
Nadie puede ni va a resolverme nada que tenga que ver con esto.
En realidad, no hay nada que resolver.
Me confunde la realidad, y mis textos, por chafulleros y desproporcionados que sean, siempre pueden con ella.
Me confunden las personas.
Me confunden las conversaciones.
Me confunden las relaciones y las miradas.
Hasta que llego aquí, y se curan todos mis males.
Quizá no esté preparado para la vida -eso pueden decir algunos-, pero mi orden de ideas fijo e invariable, me mantiene vivo, me mantiene alerta.
Quizá sea un trastorno, pero yo amo mi escritura.
Quizá sea un cuadro psicótico, pero yo amo mis síntomas.
Antes de que se lo lleve todo esa brutal cadena de desilusiones
que me ha desvalijado el concepto de mis propias percepciones, dejándolo en ámbar
-pues me han enseñado ya los colmillos múltiples lobos hambrientos-,
he dejado en yuxtaposición a la realidad que me absorbe, la verdadera y única que distorsiona y confunde e inutiliza, incluso a veces, mi orden fijo de ideas,
he decidido dedicar mi tiempo a un repaso de mis relatos amorosos, vistos desde la absolución fraternal -nunca alcanzada, y siempre desdeñable, por mi parte-.
Me entrego por completo al devenir cíclico de mis sensaciones para no divulgar ni una sola vez más el nombre de Dios en vano, para no cometer perjurio, ni muchísimo menos para arder en esas anotaciones, acotaciones mías, que se escriben con el solapado interés/saciedad de mis ambiciosos menesteres, y con la intención soporífera de resucitar el ego, partido en unas cuantas desolaciones mudas.
A fin de todo este repertorio de propósitos, ser capaz de abstraerme, incluso de dejarme llevar por las emociones que pueda tener en común con una pantalla.
La contrariedad de los fracasos, errores, fiascos, frente a la existencia de la réplica y de la incontinencia del hombre.
No tomar parte del aprendizaje de ninguna clase, simplemente, alejarme de mi locura.
Desconozco los métodos para una vida plena.
Mis relaciones se han llevado todo lo que tenía.
Todo lo que tengo ahora es una distorsión cognitiva y una inquebrantable circunspección en todo lo que me propongo.
Mis ideas no son más que refracciones de la autonomía humana.
Disolutas, muertas, profusamente confusas.
Pero, al mismo tiempo, nadie ni nada me disuade de ellas.
No se trata de atribuciones divinas, sino de las tribulaciones que marcan mi consciencia.
Esto no son disertaciones de Dios, ni siquiera reflexiones.
No sé por qué cojones escribo siempre a vida o muerte.
Y me dejo el mentón en afirmar que todo lo que digo es cierto.
No quiero afirmar que soy Dios, por que ése no es el verdadero tema que me trajo hasta aquí.
Lo que en verdad quiero decir es que, lo que el hombre llama inconsciencia tiene muy poco o nada que ver con lo que yo hago cuando escribo.
La forma de pensar y concebir las cosas es inherente, en teoría, a cada uno.
Nadie puede ni va a resolverme nada que tenga que ver con esto.
En realidad, no hay nada que resolver.
Me confunde la realidad, y mis textos, por chafulleros y desproporcionados que sean, siempre pueden con ella.
Me confunden las personas.
Me confunden las conversaciones.
Me confunden las relaciones y las miradas.
Hasta que llego aquí, y se curan todos mis males.
Quizá no esté preparado para la vida -eso pueden decir algunos-, pero mi orden de ideas fijo e invariable, me mantiene vivo, me mantiene alerta.
Quizá sea un trastorno, pero yo amo mi escritura.
Quizá sea un cuadro psicótico, pero yo amo mis síntomas.
Y SI TE DIGO QUEALGUNOS TIENEN UN PASADO GOTICO Y QUE LA ETERNA DICOTOMIA ERA INSPIRAR LASTIMA O MIEDO, Y QUE ESE FUE EN SI EL FINAL DEL FORO, POR DEFINIR A QUE LE VAMOS, Y TU, ERES UNA INCOGNITA, HASTA EN ESE MUNDO, NO LLORO, NO ME ATERRO,
ME EMBARGA LA MELANCOLIA POR EL FORO, GRATO LEERTE. DESIRE
 
Antes de que se lo lleve todo esa brutal cadena de desilusiones
que me ha desvalijado el concepto de mis propias percepciones, dejándolo en ámbar
-pues me han enseñado ya los colmillos múltiples lobos hambrientos-,
he dejado en yuxtaposición a la realidad que me absorbe, la verdadera y única que distorsiona y confunde e inutiliza, incluso a veces, mi orden fijo de ideas,
he decidido dedicar mi tiempo a un repaso de mis relatos amorosos, vistos desde la absolución fraternal -nunca alcanzada, y siempre desdeñable, por mi parte-.
Me entrego por completo al devenir cíclico de mis sensaciones para no divulgar ni una sola vez más el nombre de Dios en vano, para no cometer perjurio, ni muchísimo menos para arder en esas anotaciones, acotaciones mías, que se escriben con el solapado interés/saciedad de mis ambiciosos menesteres, y con la intención soporífera de resucitar el ego, partido en unas cuantas desolaciones mudas.
A fin de todo este repertorio de propósitos, ser capaz de abstraerme, incluso de dejarme llevar por las emociones que pueda tener en común con una pantalla.
La contrariedad de los fracasos, errores, fiascos, frente a la existencia de la réplica y de la incontinencia del hombre.
No tomar parte del aprendizaje de ninguna clase, simplemente, alejarme de mi locura.
Desconozco los métodos para una vida plena.
Mis relaciones se han llevado todo lo que tenía.
Todo lo que tengo ahora es una distorsión cognitiva y una inquebrantable circunspección en todo lo que me propongo.
Mis ideas no son más que refracciones de la autonomía humana.
Disolutas, muertas, profusamente confusas.
Pero, al mismo tiempo, nadie ni nada me disuade de ellas.
No se trata de atribuciones divinas, sino de las tribulaciones que marcan mi consciencia.
Esto no son disertaciones de Dios, ni siquiera reflexiones.
No sé por qué cojones escribo siempre a vida o muerte.
Y me dejo el mentón en afirmar que todo lo que digo es cierto.
No quiero afirmar que soy Dios, por que ése no es el verdadero tema que me trajo hasta aquí.
Lo que en verdad quiero decir es que, lo que el hombre llama inconsciencia tiene muy poco o nada que ver con lo que yo hago cuando escribo.
La forma de pensar y concebir las cosas es inherente, en teoría, a cada uno.
Nadie puede ni va a resolverme nada que tenga que ver con esto.
En realidad, no hay nada que resolver.
Me confunde la realidad, y mis textos, por chafulleros y desproporcionados que sean, siempre pueden con ella.
Me confunden las personas.
Me confunden las conversaciones.
Me confunden las relaciones y las miradas.
Hasta que llego aquí, y se curan todos mis males.
Quizá no esté preparado para la vida -eso pueden decir algunos-, pero mi orden de ideas fijo e invariable, me mantiene vivo, me mantiene alerta.
Quizá sea un trastorno, pero yo amo mi escritura.
Quizá sea un cuadro psicótico, pero yo amo mis síntomas.
Analizarse en las formas en esas corrientes que como sintomas van
expresando cadencias que lo tienen a uno atrapado. se despierta asi
ese ciclo de calcinaciones pensadas que con fortuna son avatares de la
vida. me gusto mucho el recorrido de esa fiebre filosofica de la obra.
saludos amables de luzyabsenta
 

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