DIEGO
Poeta adicto al portal
Hoy me toca juntar los desarreglos de la noche anterior. La noche de tu ira. La noche de mi asombro.
Irrumpiste en mi casa cual tormenta de nieve, cual tornado bravío.
Llenaste la sala de reclamos que rebotan aún cuarto por cuarto, azuzando fantasmas que no existen.
Que cansada de amar sin ser amada, tu ultimátum lanzabas. Y hablando de lanzar, platos volaban.
Abarrotaste los vasos de saliva condensando el veneno que expulsabas.
¿Es que no sientes nada por mí? me preguntabas-
Y absorto quise decir palabra. Pero no me dejaste. Continuabas.
Tantos años de darte amor, ¿y para nada?
Mis labios amenazaban la respuesta que tu oído esperaba, pero antes de poder articularla, me callabas.
Tus ojos blancos de ira contenida, buscaban y buscaban.
Despreciaste mis muebles, mis libros y mi cama.
Confundido por tanta intolerancia, quise gritarte -¡basta!-
Pero una vez más alzaste el vuelo galopando ofensivas y vulgares palabras.
Sin salir de mi asombro por tal reacción pagana, empecé a contar los platos rotos, viendo las sillas Luis XV que cruzaban
Por fin, agotada por tanto gimnástico reclamo, hiciste la pregunta del millón:
-Finalmente, ¿me quieres o me dejas José Luis Calderón?-
-José Luis vive al lado, señorita; ¡yo soy Diego Muñoz!-
Se había confundido pobrecita, pensó que en mí estaba su amor.
Se equivocó de puerta la cieguita, el blanco de sus ojos la engañó.
Irrumpiste en mi casa cual tormenta de nieve, cual tornado bravío.
Llenaste la sala de reclamos que rebotan aún cuarto por cuarto, azuzando fantasmas que no existen.
Que cansada de amar sin ser amada, tu ultimátum lanzabas. Y hablando de lanzar, platos volaban.
Abarrotaste los vasos de saliva condensando el veneno que expulsabas.
¿Es que no sientes nada por mí? me preguntabas-
Y absorto quise decir palabra. Pero no me dejaste. Continuabas.
Tantos años de darte amor, ¿y para nada?
Mis labios amenazaban la respuesta que tu oído esperaba, pero antes de poder articularla, me callabas.
Tus ojos blancos de ira contenida, buscaban y buscaban.
Despreciaste mis muebles, mis libros y mi cama.
Confundido por tanta intolerancia, quise gritarte -¡basta!-
Pero una vez más alzaste el vuelo galopando ofensivas y vulgares palabras.
Sin salir de mi asombro por tal reacción pagana, empecé a contar los platos rotos, viendo las sillas Luis XV que cruzaban
Por fin, agotada por tanto gimnástico reclamo, hiciste la pregunta del millón:
-Finalmente, ¿me quieres o me dejas José Luis Calderón?-
-José Luis vive al lado, señorita; ¡yo soy Diego Muñoz!-
Se había confundido pobrecita, pensó que en mí estaba su amor.
Se equivocó de puerta la cieguita, el blanco de sus ojos la engañó.