Los últimos años en un congelador estuve
y nunca supe si a la espera de un comienzo
o en la expectativa de un final;
el sol todos los días de largo pasaba
sin que diluyera la capa de hielo
y la luna dormida cruzaba las noches
sin siquiera volverse a mirar
esa falta de lumbre, esa ausencia de amor.
La convención, la rutina, el desánimo,
habían detenido hasta el tiempo
y junto con el hielo formaron una estatua de sal,
que sin necesidad de que mirara al pasado
quedó petrificada al revés,
dejando el cuerpo de la sangre olvidado,
entre algas oscuras el corazón enredado
y entre mil sombras el alma apagada.
* * * * * * *
Al viento flotaban dos hebras de un hilo de seda
de su ovillo desprendidas y sueltas;
cada una para un lado en los vientos,
las puntas al través colocadas,
venían e iban al contrario vaivén de la brisa
intentado rozarse, apenas, siquiera:
nada que fuese de la atracción el instinto
a la suprema comunión llevarlas podía.
Era la soledad ¿de dos almas?
¿De dos reprimidos sentimientos?
Eran ¿dos manos que se buscaban a tientas?
¿Dos sonrisas que juntas querían ser risa?
¿Dos lágrimas congeladas e inmóviles
que al desleírse deseaban ser un solo llanto?
¿Dos nubes distantes que el viento
en lugar de deshacerlas, unió?
* * * * * *
Amor, fui a buscarte, y al verte en la silla estudiando,
sin palabras, en un suspiro, te dije:
Hola, mi vida, aquí estoy, por ti hoy he venido.
Mas, por esos insolubles temas de la vida,
no levantaste la vista, y tú no me viste;
repetí de nuevo el llamado al decirte:
ay amor, ay vida, mi holocausto,
mi agonía, ¡tan sólo contemplarte quería!
Y, al volver otra vez, y encontrar tu silla vacía,
mi lucha ya fue, simplemente,
entre la vida y la muerte,
entre el día y la noche,
entre el amor y el olvido,
entre el todo y la nada,
entre el siempre y el nunca,
entre la dicha y el eterno penar.
* * * * * * *
He recorrido tantas cuadras de la vida,
he conocido muchas calles de ciudades,
he visto parques, avenidas y jardines,
he fantaseado en piletas, fuentes y glorietas,
al ritmo de un desfile incomparable,
con la elegante blancura de los cisnes,
pero nunca de la mano de un bello ángel
como cuando contigo de la mano caminé.
Me diste tu mano y el puente cruzamos:
lo hicimos contentos, radiantes de luz;
fuimos los dos de paseo al arroyo
a contemplarlo, en nuestro atardecer.
Hoy, amor mío, hemos de cruzarlo, otra vez,
desde el un lado al otro, de nuestras vidas,
de la conocida orilla a la desconocida,
de donde ya no volveremos, jamás.
* * * * * * *
¿Qué hicimos los dos contra el mundo?
¿A la moral corrompimos?
¿Un pecado grave cometimos?
¿A quién una ofensa infligimos?
¿Que alguna ley infringimos?
¿Que deberes incumplimos?
¿Y que mandamientos desobedecimos?
¡Tal vez desconocimos aquello establecido!
¿Es que acaso ya no entregamos
de nuestras vidas todas las mañanas?
¿Tal vez ya no hemos dado, con gusto y con placer,
de nuestras existencias hasta el mediodía,
y ahora sólo anhelamos la luz vespertina
en el balcón de nuestras remembranzas?
Y que nos dejen, solamente esperamos,
Estas nuestras últimas tardes, ¡juntos soñar!
* * * * * * *
Es que únicamente a recibir enseñaron
y no nos dijeron que dar es divino y hermoso;
y, sí, nunca dejamos de hacer y cumplir
los mandatos impuros del mundo inconsciente.
Pero al final aprendimos, cerrando los ojos,
que corresponder es más equitativo y tan justo,
que es único y maravilloso encontrar
que en el desván olvidado, espera, paciente, el Amor.
Inquietos, intentamos descubrir nuestro mundo,
y viajamos, ingenuos, en alas de un sueño,
confiados, a la espera del ser que esperamos
en la nebulosa de la acertada ilusión,
en el paraíso posible del presentimiento
que impedirá que la barca pueda encallar;
y, que, cuando del cielo a recibirnos baje
el ángel venido, sepa, seguro, a quien ha de amar.
y nunca supe si a la espera de un comienzo
o en la expectativa de un final;
el sol todos los días de largo pasaba
sin que diluyera la capa de hielo
y la luna dormida cruzaba las noches
sin siquiera volverse a mirar
esa falta de lumbre, esa ausencia de amor.
La convención, la rutina, el desánimo,
habían detenido hasta el tiempo
y junto con el hielo formaron una estatua de sal,
que sin necesidad de que mirara al pasado
quedó petrificada al revés,
dejando el cuerpo de la sangre olvidado,
entre algas oscuras el corazón enredado
y entre mil sombras el alma apagada.
* * * * * * *
Al viento flotaban dos hebras de un hilo de seda
de su ovillo desprendidas y sueltas;
cada una para un lado en los vientos,
las puntas al través colocadas,
venían e iban al contrario vaivén de la brisa
intentado rozarse, apenas, siquiera:
nada que fuese de la atracción el instinto
a la suprema comunión llevarlas podía.
Era la soledad ¿de dos almas?
¿De dos reprimidos sentimientos?
Eran ¿dos manos que se buscaban a tientas?
¿Dos sonrisas que juntas querían ser risa?
¿Dos lágrimas congeladas e inmóviles
que al desleírse deseaban ser un solo llanto?
¿Dos nubes distantes que el viento
en lugar de deshacerlas, unió?
* * * * * *
Amor, fui a buscarte, y al verte en la silla estudiando,
sin palabras, en un suspiro, te dije:
Hola, mi vida, aquí estoy, por ti hoy he venido.
Mas, por esos insolubles temas de la vida,
no levantaste la vista, y tú no me viste;
repetí de nuevo el llamado al decirte:
ay amor, ay vida, mi holocausto,
mi agonía, ¡tan sólo contemplarte quería!
Y, al volver otra vez, y encontrar tu silla vacía,
mi lucha ya fue, simplemente,
entre la vida y la muerte,
entre el día y la noche,
entre el amor y el olvido,
entre el todo y la nada,
entre el siempre y el nunca,
entre la dicha y el eterno penar.
* * * * * * *
He recorrido tantas cuadras de la vida,
he conocido muchas calles de ciudades,
he visto parques, avenidas y jardines,
he fantaseado en piletas, fuentes y glorietas,
al ritmo de un desfile incomparable,
con la elegante blancura de los cisnes,
pero nunca de la mano de un bello ángel
como cuando contigo de la mano caminé.
Me diste tu mano y el puente cruzamos:
lo hicimos contentos, radiantes de luz;
fuimos los dos de paseo al arroyo
a contemplarlo, en nuestro atardecer.
Hoy, amor mío, hemos de cruzarlo, otra vez,
desde el un lado al otro, de nuestras vidas,
de la conocida orilla a la desconocida,
de donde ya no volveremos, jamás.
* * * * * * *
¿Qué hicimos los dos contra el mundo?
¿A la moral corrompimos?
¿Un pecado grave cometimos?
¿A quién una ofensa infligimos?
¿Que alguna ley infringimos?
¿Que deberes incumplimos?
¿Y que mandamientos desobedecimos?
¡Tal vez desconocimos aquello establecido!
¿Es que acaso ya no entregamos
de nuestras vidas todas las mañanas?
¿Tal vez ya no hemos dado, con gusto y con placer,
de nuestras existencias hasta el mediodía,
y ahora sólo anhelamos la luz vespertina
en el balcón de nuestras remembranzas?
Y que nos dejen, solamente esperamos,
Estas nuestras últimas tardes, ¡juntos soñar!
* * * * * * *
Es que únicamente a recibir enseñaron
y no nos dijeron que dar es divino y hermoso;
y, sí, nunca dejamos de hacer y cumplir
los mandatos impuros del mundo inconsciente.
Pero al final aprendimos, cerrando los ojos,
que corresponder es más equitativo y tan justo,
que es único y maravilloso encontrar
que en el desván olvidado, espera, paciente, el Amor.
Inquietos, intentamos descubrir nuestro mundo,
y viajamos, ingenuos, en alas de un sueño,
confiados, a la espera del ser que esperamos
en la nebulosa de la acertada ilusión,
en el paraíso posible del presentimiento
que impedirá que la barca pueda encallar;
y, que, cuando del cielo a recibirnos baje
el ángel venido, sepa, seguro, a quien ha de amar.