cristina bajo
Poeta asiduo al portal
Mi gran historia de amor
murió un día, sin apenas darme cuenta.
Fue aquel día en que los imposibles
se hicieron absolutos
y reventaron de evidencia
aquello que nunca quisimos ver.
Tu edad entonces, la mía,
dejaron de ser una broma del destino
para dibujar de gris oscuro el paso de las horas
y tu mujer dejó de estar donde habita lo admisible
para inundar de normas lo que ayer era poesía.
Nunca soñé querer tanto como quise
tu mirada compleja, tu sonrisa inaccesible
durante estos dos lustros
que han sido sin duda mi vida.
Esas firmes y rugosas manos que descubrieron mi cuerpo,
que estremecían de calor mis rincones,
que poblaron de pájaros mis sueños,
fueron el sostén de aquellas largas horas
en las que al esperarte escribí mis mejores versos.
Y sé que nunca volveré a querer así porque en esta vida
sólo hay un segundo en el que no sentimos dueños
del brillo silencios del camino, de la risa y de los miedos.
No valoré entonces, claro, que este día llegaría
no importaban entonces más que
tu risas, tus caricias, tus besos
pero al sucumbirme en el hoy sé que lo probable
generalmente sella con el tiempo su peso.
Te sigo queriendo tanto como siempre
y sigo brillando cuando me sonríes
al despuntar apenas la mañana,
al susurrarme como siempre un buenos días,
pero habré de acostumbrarme a que tus besos
fallezcan de muerte repentina.
Aún así, no me abandones ya,
sin tus palabras mi vida caería deshojada
en la desesperación más ruin sin tu presencia.
Resguárdame a tu lado y yo, callada,
esperaré tu sonrisa
la vida entera.
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