Amores perros.

Nommo

Poeta veterano en el portal
Me la encontré, cierto día, de camino a casa.
Estaba tendida en el camino, pues le encanta rumiar.
Regurgitaba y paladeaba con su boca, algunas enseñanzas.
La acaricié y le agarré el cencerro que adorna su collar.


Mugía y hablaba acerca de sus quebraderos de cabeza.


El toro de Osborne había conquistado la península Ibérica, que es territorio español.
Su efigie masculina y musculosa se imponía sobre otros bienes inmuebles.
No había granja en el mundo, que no estuviera bajo el auspicio de ese gran árbol.
Se quejaba porque las gallinas ponedoras se hacían famosas, en poco tiempo.


Y el hombre oculto tras la máscara, llevaba las riendas del caballo.


Se sentía como cabeza de ganado. Y la consolé.
Me dediqué a ordeñarla, ya que había dado a luz, recientemente.
Y tenía las ubres llenas de leche nutritiva, para mí.
Nos fuimos al jardín, y en él, pudo mascar frondosas hierbas del Paraíso terrenal.




Pero no era de mi propiedad, pues no la hube marcado al rojo vivo, con mi nombre.


¡ Al ladrón ! ¡ Al ladrón !
Me escapé, por las tuberías que llegan hasta el centro de la ciudad.
Entonces, junto al metro subterráneo, descubrí que podía hablar con algunos perros.
En su mismo idioma. ¡ Guau ! ¡ Guau, guau !
 
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