Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
...
(Suponiendo que en lugar de humanos fuésemos barcos, nuestra vida, mar y nuestro destino, rumbo.)
Desde que nuestros padres armadores nos fabrican en sus íntimos astilleros y luego nos botan a la mar de la vida para bautizarnos, nosotros permanecemos amarrados a su puerto seguro capacitándonos hasta el día en que comencemos a navegar solos nuestro destino. Algunos, con rumbo prefijo trazado por vocación y/o corsaria ambición. Otros, no tan objetivos, pero dispuestos a lidiar con los vaivenes de la subsistencia. Y otros, a la deriva y a merced de las devastadoras inclemencias de su propia desorientación. Pero todos, en absoluto supeditados a la voluntad de ese mar llamado destino, donde; contra viento y marea luchamos por afianzar nuestro rumbo. Y, aunque algunos temporalmente lo logramos, no podemos obviar los designios de su instinto, ni confiados, descuidar su inestable genio: El mar, es el mar.
Pero a mí, (sensible navío) particularmente lo que mas me fascina de las múltiples alternativas emotivas que nos presenta este mar-destino, es la de sus azarosos puertos; especialmente los del amor, la amistad, y el arte en todas sus formas; aunque mas de las veces, no resulten sino un quimérico arribo a fútiles islas. Pero de todos modos, que bueno es haber visitado y disfrutado sus aleccionadores puertos; aún, a costa de haber sufrido algún desamorado vendaval, y hasta naufragio. Por ello, muchos buques afirman que el único puerto seguro, es el familiar. Pues, así naveguen por necesidad y por separado, lo hacen unidos por un mismo derrotero sentimental y un cálido y sólido punto de encuentro al final de sus distintas travesías, lo cual me parece loable. Aunque en mi particular opinión, eso, en muchos casos reviste cierto conformismo doméstico, por no decir cobardía de encarar el consignado horizonte, denigrando así la propia buena fe y el sano avatar.
De todos modos, y de esto estoy seguro, en el transcurso de nuestra ajetreada navegación, en cada uno de esos puertos o islas, echamos anclas, que algunas, no las levamos al partir. Y allí quedan: sujetas a nuestra alma con invisibles, quilométricas y etéreas cadenas que de tanto en tanto, se tensan reteniéndonos al punto de amarre de su correspondiente recuerdo. Nos estancan cavilosos de aquello, a lo que queramos o no, íntimamente respondemos. Entonces, para seguir y hasta que vuelva a tensarse, debemos soltar más cadena, o esperar que el propio mar en su vital arrebato (y esto es doloroso) nos impulse arrancándonos un jirón de alma, y hasta hundiéndonos a veces, en nuestras propias melancólicas profundidades.
Anclas del alma Yo navego con varias de ellas jalándome desde hace mucho. Recónditas anclas: Anclas de infancia, de juventud, y hasta de infausto motivo; como esa del pesadísimo recuerdo de aquel amigo que sin siquiera enviar un S.O.S., una borrascosa noche de remordimientos y complejos náuticos, sólo, decidió hundirse para siempre Y etérea, etérea y dulce ancla, la de aquel amor del cual zarpé (por marino designio seguramente) enojado, enamorado y orgullosamente equivocado; sin mas retorno desde entonces, que el que me impone celosa y tiernamente, su ilusorio e imperecedero lastre. ¿Y ahora? Bueno, lo antedicho: puertos, arrecifes, islas, trombas marinas y mas puertos En fin. ¡Tierra a la vista! Una isla. ¡Y con sirena y todo! Las que mas me gustan y domino, (así acabe maltrecho). ¡Arridercci! ¡Deséenme suerte amigos! Aunque espero atracar sin ningún problema.
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(Suponiendo que en lugar de humanos fuésemos barcos, nuestra vida, mar y nuestro destino, rumbo.)
Desde que nuestros padres armadores nos fabrican en sus íntimos astilleros y luego nos botan a la mar de la vida para bautizarnos, nosotros permanecemos amarrados a su puerto seguro capacitándonos hasta el día en que comencemos a navegar solos nuestro destino. Algunos, con rumbo prefijo trazado por vocación y/o corsaria ambición. Otros, no tan objetivos, pero dispuestos a lidiar con los vaivenes de la subsistencia. Y otros, a la deriva y a merced de las devastadoras inclemencias de su propia desorientación. Pero todos, en absoluto supeditados a la voluntad de ese mar llamado destino, donde; contra viento y marea luchamos por afianzar nuestro rumbo. Y, aunque algunos temporalmente lo logramos, no podemos obviar los designios de su instinto, ni confiados, descuidar su inestable genio: El mar, es el mar.
Pero a mí, (sensible navío) particularmente lo que mas me fascina de las múltiples alternativas emotivas que nos presenta este mar-destino, es la de sus azarosos puertos; especialmente los del amor, la amistad, y el arte en todas sus formas; aunque mas de las veces, no resulten sino un quimérico arribo a fútiles islas. Pero de todos modos, que bueno es haber visitado y disfrutado sus aleccionadores puertos; aún, a costa de haber sufrido algún desamorado vendaval, y hasta naufragio. Por ello, muchos buques afirman que el único puerto seguro, es el familiar. Pues, así naveguen por necesidad y por separado, lo hacen unidos por un mismo derrotero sentimental y un cálido y sólido punto de encuentro al final de sus distintas travesías, lo cual me parece loable. Aunque en mi particular opinión, eso, en muchos casos reviste cierto conformismo doméstico, por no decir cobardía de encarar el consignado horizonte, denigrando así la propia buena fe y el sano avatar.
De todos modos, y de esto estoy seguro, en el transcurso de nuestra ajetreada navegación, en cada uno de esos puertos o islas, echamos anclas, que algunas, no las levamos al partir. Y allí quedan: sujetas a nuestra alma con invisibles, quilométricas y etéreas cadenas que de tanto en tanto, se tensan reteniéndonos al punto de amarre de su correspondiente recuerdo. Nos estancan cavilosos de aquello, a lo que queramos o no, íntimamente respondemos. Entonces, para seguir y hasta que vuelva a tensarse, debemos soltar más cadena, o esperar que el propio mar en su vital arrebato (y esto es doloroso) nos impulse arrancándonos un jirón de alma, y hasta hundiéndonos a veces, en nuestras propias melancólicas profundidades.
Anclas del alma Yo navego con varias de ellas jalándome desde hace mucho. Recónditas anclas: Anclas de infancia, de juventud, y hasta de infausto motivo; como esa del pesadísimo recuerdo de aquel amigo que sin siquiera enviar un S.O.S., una borrascosa noche de remordimientos y complejos náuticos, sólo, decidió hundirse para siempre Y etérea, etérea y dulce ancla, la de aquel amor del cual zarpé (por marino designio seguramente) enojado, enamorado y orgullosamente equivocado; sin mas retorno desde entonces, que el que me impone celosa y tiernamente, su ilusorio e imperecedero lastre. ¿Y ahora? Bueno, lo antedicho: puertos, arrecifes, islas, trombas marinas y mas puertos En fin. ¡Tierra a la vista! Una isla. ¡Y con sirena y todo! Las que mas me gustan y domino, (así acabe maltrecho). ¡Arridercci! ¡Deséenme suerte amigos! Aunque espero atracar sin ningún problema.
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