Manuel Avilés Mora
Pluma libre
Andar por desiertos de vacíos humanos.
Ser hoja volando en el caprichoso viento
y crecer entre yerbas altas de silencios.
Atravesar la Luna con la mirada sola
del que crece en tus brazos, sin sentirlos
amanecer entre sábanas rotas.
Sufrir el pausado paso de las horas
y contar hacia atrás todos sus segundos;
nadar por dentro, entre olas de humedad entumecida
por el frío que nace en todas sus profundidades,
mientras fuera, se calientan versos
con el aliento hirviente de un soneto acompasado.
Desconchar la pared del miedo, con golpes de pecho
culpables de todo mal que rompe la vida;
ser mezquino pedazo de un pastel podrido
en la boca del viejo señor de las artes.
Apagar el faro de una sonrisa sincera,
con el barro inmisericorde de la ignorancia.
Sufrir un parto seco de letras, sin el abrazo cálido
del licor amniótico que suaviza los lamentos.
Ser pequeño átomo de tinta negra y húmeda
de un poeta que ya secó su pozo.
Obviar el firme movimiento de tus manos,
en el recuerdo eterno que me vuelve a la vida,
y amanecer siempre, con la boca sembrada
de las letras ya borradas de tu nombre.
Ser hoja volando en el caprichoso viento
y crecer entre yerbas altas de silencios.
Atravesar la Luna con la mirada sola
del que crece en tus brazos, sin sentirlos
amanecer entre sábanas rotas.
Sufrir el pausado paso de las horas
y contar hacia atrás todos sus segundos;
nadar por dentro, entre olas de humedad entumecida
por el frío que nace en todas sus profundidades,
mientras fuera, se calientan versos
con el aliento hirviente de un soneto acompasado.
Desconchar la pared del miedo, con golpes de pecho
culpables de todo mal que rompe la vida;
ser mezquino pedazo de un pastel podrido
en la boca del viejo señor de las artes.
Apagar el faro de una sonrisa sincera,
con el barro inmisericorde de la ignorancia.
Sufrir un parto seco de letras, sin el abrazo cálido
del licor amniótico que suaviza los lamentos.
Ser pequeño átomo de tinta negra y húmeda
de un poeta que ya secó su pozo.
Obviar el firme movimiento de tus manos,
en el recuerdo eterno que me vuelve a la vida,
y amanecer siempre, con la boca sembrada
de las letras ya borradas de tu nombre.