emiled
Poeta adicto al portal
Ángel de cera (renacimiento)
Un cúmulo de estrellas al parque rodeaba,
en lo alto Orión blandía inmensas lumbres.
¿Otoño ya? El puñal en mi pecho callaba,
y el silencio traía en alas la muerte.
¿Es éste ángel que blancas lágrimas vierte,
el que llora amor al caer el mediodía?
Tristes coros oí en el parque de la muerte,
allí donde antaño fue rey el rencor
se juntaron las sombras a contar mi suerte.
Vi caer las hojas de pálido temor
abrazadas, semejando grandes manantiales
que agonizando caen en negros abismos.
Vi al blanquísimo astro de la tarde
bajo un gran pozo de miles de colores,
y por encima la luna repartiendo fulgores.
Aquella noche no cantó el gallo en el campo;
mas solo pudo abrir una herida que arde
por siempre en las venas de un pobre poeta.
Aquella noche sembraron las sombras
el invierno en el seno de la bella Cibeles,
cuyos pétalos resecaron del mar las mieles.
El sol no instaló ya sus doradas hebras
en los campos, ni Orfeo hizo sonar
su lira en los blancos montes del Olimpo.
¿Qué vientos seguiré, destino marchito,
que luces en la noche gris y eterna?
Así murmuré a una rosa enferma
pero aún lozana en el parque maldito,
y fueron cortados de la tierra sus pétalos
moribundos, apagando sus grises párpados.
Los rayos cayeron en el seno del alba
bajo el verde cielo, en el mar del incienso;
donde por fin en los muelles construí mi tumba.
Allí las sombras cantaron mis tristes égoglas,
al azahar muerto bajo las luces del astro
de las noches, al último suspiro del rojo alabastro.
Del árbol caído fueron ya los lamentos,
del coro de ninfas de cabellos diamantinos.
Éstas mecieron al alba los finos acordes
de la muerte en el ciprés de las secas ramas;
así brotó del Bóreas el último soplo
de los lirios, que en vano a las tardes lloraron.
Aquella noche fue propicia al silencio
de los gallos y a los blancos campanarios,
al débil murmullo de las aves en los féretros.
Allí brotaron los humos del negro incienso
que exhalé al partir del sendero del parque,
allí donde la luna palideció el cielo inmenso.
Negro será el cadalso que tu cuello corte,
bajo el recuerdo de un estío olvidado.
Nunca un adiós sopló tan gris en mi ventana,
nunca bramó con tanta violencia el mar;
ni el rocío llamó al navío callado
en el poniente de mármol bajo los grises muelles.
Cuando el estío palidezca volveré,
en las tibias aguas del mas blanquísimo río
espera, allí en los montes violetas estaré;
tocará el alba su mas grandiosa canción,
roja quizás, como el valle de Helusión,
que a tu seno bajará en alas del estío.
¿Esperas a la lluvia en su blanca caída?
Sólo en tu cueva blandirás grandes puñales,
que en tu alma son claveles ya muertos, marchitos.
Pronto volverá al manantial de tus lágrimas
el templo de tu amor perdido de niño;
ahora vete, como el ciego que siempre serás
Tan pronto muera el otoño vendrá el invierno,
y será el recuerdo un pozo profundo.
Será la muerte otra brisa de la mañana,
Otro chacal mas en las tintas de mi cuaderno.
Pero aún hablaré como el sol moribundo
de Circeto en los acantilados enfermos.
Seré el niño pobre perdido en los senderos
cuyos ojos en vano buscan el gris del cielo;
el eterno ciego del mar de los negros veleros
que cual ave intenta alzarse en vuelo.
El Febo de los débiles arcos de fuego,
fugaces, que a los campos verterán su ruego.
Volveré, oh musa, cuando no haya mas lunas
ni tardes, ni fríos albores de mediodía,
a tu seno, cuyas sombras serán mis cunas.
Ángel de cera: en frías alas del día
renace el alba en la hiel de tus labios
de sal, para bajar el sol a mi ventana.
E.R.D
::
::
:: ... Maravilloso poema, dignisimo de vos...