prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
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Mi alma se suicida en las afueras del cuerpo
como un borracho que metódicamente abandona su casa
dejando el sillón en alerta,
vomitando cuerdas de guitarra de los pulmones
y mutiladas tortugas en la orilla del patio celeste
donde los deformes ángeles de las pupilas
olvidan barrer los sueños congelados en el invierno de una lágrima.
Estas cosas, las escamas del viento
que se pegan sulfurosas a la sangre del horizonte,ya no tienen mar.
Ni los barcos de las silabas que los moribundos lanzan sin un destino especifico,
ni el aura de los perros que mastican la sombra de un muro de monasterio
que se proyecta
como una marea fija de caracoles
convencidos que las balas son ojos que se retiran en los adentros de la carne,
nada retrocede, ni los ríos se apagan
como velas caídas entre nuestras costillas cosidas
y el fémur distraído de la edad de los robles
nada, amor, ni siquiera las alas de las venas
que tantas veces te dije
que no dejaras sin plumas
cuando la sangre quiso ser ave
y mira que por un árbol de olvidos se escurre la yerma de los besos
como por un panal de soledades
que entre tus cabellos
vuelve a la ausencia
y desafía la gravedad dejando nuestras huellas
en la arena de la depresión
como si camináramos con prisa hacía olvidarnos.
Mi alma se suicida en las afueras del cuerpo
como un borracho que metódicamente abandona su casa
dejando el sillón en alerta,
vomitando cuerdas de guitarra de los pulmones
y mutiladas tortugas en la orilla del patio celeste
donde los deformes ángeles de las pupilas
olvidan barrer los sueños congelados en el invierno de una lágrima.
Estas cosas, las escamas del viento
que se pegan sulfurosas a la sangre del horizonte,ya no tienen mar.
Ni los barcos de las silabas que los moribundos lanzan sin un destino especifico,
ni el aura de los perros que mastican la sombra de un muro de monasterio
que se proyecta
como una marea fija de caracoles
convencidos que las balas son ojos que se retiran en los adentros de la carne,
nada retrocede, ni los ríos se apagan
como velas caídas entre nuestras costillas cosidas
y el fémur distraído de la edad de los robles
nada, amor, ni siquiera las alas de las venas
que tantas veces te dije
que no dejaras sin plumas
cuando la sangre quiso ser ave
y mira que por un árbol de olvidos se escurre la yerma de los besos
como por un panal de soledades
que entre tus cabellos
vuelve a la ausencia
y desafía la gravedad dejando nuestras huellas
en la arena de la depresión
como si camináramos con prisa hacía olvidarnos.
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