Aniversario.
Amar, amar, amar, por y para siempre amar,
juntos andar, muy juntos,
mientras nuestros cuerpos vivan, resientan, respondan
a ese vaivén difuso
del hecho de ser y hacer unión que ha alcanzado a amar,
al de ser esencia pensante
que viaja la existencia interrogando a las olas
del porqué de ese oleaje
que construye nuestra pareja en tiempo y distancia.
Cambian los murmullos noche a día, día a noche
varían con constancia,
susurran confianza, pasión, apoyo y afecto:
¡los verbos del derroche!
Las olas insinúan lo divino en lo humano,
el valor del trayecto.
Tú, compañera, eres consuelo para el grito
que corre hacia una mano
que confiada en lo eterno se extiende, más no alcanza
lo arcano y su concepto,
eres el refugio del alma que se abre al vacío
deseosa de bonanza.
Por eso es que hoy ante ti me inclino
y como amante rendido,
te reconozco tu brío, tu pasión y tu cariño
por amar a este bohemio
que a veces, muchas veces, no alcanza premio
y se porta cual un niño
que por vivir a tu lado, siempre vive confiado
y vive siempre gozando.
Y se desgranó esta vida cual la más dulce granada
dándonos sus granos finos,
Y prontos nos encontramos un sino de feracidad,
de pasión y de locura,
porque el placer es abismo y es la gloria avanzada,
y tú, eras niña y yo niño
que gozamos pasmados una enorme intimidad,
rebosante de ternura.
Nuestro amor era así, le abría paso a la vida,
y sin saber lo que era
lo disfrutábamos sin proporción ni concierto
hasta quedar extasiados.
Y es por eso que el amor nos atrapó en la medida
que en entregas se recrea
y en el tierno florecer de un proyecto
que nos embriagó soñando.
Sintiendo tu vientre moverse y dilatarse sin descanso
el mundo nos sonreía;
Éramos pobres sin duda, más el amor nos unía,
era lo más trascendente,
yo era tuyo, tú eras mía y ella nuestro remanso,
la conmoción ascendente,
que nos llenaba los pechos de una dulce agonía.
Viéndola nacer un día, se renovaron los votos
al igual que a los diez años
cuando hermosa sin igual, reafirmaste mi alegría
al aceptarme en la iglesia
ante un joven sacerdote y familiares devotos
que presenciaron los lazos
que con el ritual sagrado, firmemente nos unían
en la suave convergencia.
Éramos barro enfrentando el devenir del destino,
con bendición y constancia.
Y así como la tierra firme ante los mares persiste
para no ser sometida,
contigo fui recorriendo avatares del camino
con tu amor y tu prestancia
que elegía a lo bueno entre lo malo que existe
al caminar por la vida.
Y otros diez años se fueron, pasaron,
huyeron de la existencia...
Y ahora me he despertado pensando,
que hallé la dicha lograda,
el placer reservado a los elegidos:
la fiesta de tu presencia,
la de esos dichosos a quienes Dios dijo:
amen y no le teman a nada.
Por eso de mis labios fluye esta promesa:
Vamos a amar, amar, por y para siempre amar,
juntos andar, muy juntos,
mientras vivan, sientan y respondan nuestras almas
a este crecer difuso
del amor que, día a día, renace con cada entrega.
Amar, amar, amar, por y para siempre amar,
juntos andar, muy juntos,
mientras nuestros cuerpos vivan, resientan, respondan
a ese vaivén difuso
del hecho de ser y hacer unión que ha alcanzado a amar,
al de ser esencia pensante
que viaja la existencia interrogando a las olas
del porqué de ese oleaje
que construye nuestra pareja en tiempo y distancia.
Cambian los murmullos noche a día, día a noche
varían con constancia,
susurran confianza, pasión, apoyo y afecto:
¡los verbos del derroche!
Las olas insinúan lo divino en lo humano,
el valor del trayecto.
Tú, compañera, eres consuelo para el grito
que corre hacia una mano
que confiada en lo eterno se extiende, más no alcanza
lo arcano y su concepto,
eres el refugio del alma que se abre al vacío
deseosa de bonanza.
Por eso es que hoy ante ti me inclino
y como amante rendido,
te reconozco tu brío, tu pasión y tu cariño
por amar a este bohemio
que a veces, muchas veces, no alcanza premio
y se porta cual un niño
que por vivir a tu lado, siempre vive confiado
y vive siempre gozando.
Y se desgranó esta vida cual la más dulce granada
dándonos sus granos finos,
Y prontos nos encontramos un sino de feracidad,
de pasión y de locura,
porque el placer es abismo y es la gloria avanzada,
y tú, eras niña y yo niño
que gozamos pasmados una enorme intimidad,
rebosante de ternura.
Nuestro amor era así, le abría paso a la vida,
y sin saber lo que era
lo disfrutábamos sin proporción ni concierto
hasta quedar extasiados.
Y es por eso que el amor nos atrapó en la medida
que en entregas se recrea
y en el tierno florecer de un proyecto
que nos embriagó soñando.
Sintiendo tu vientre moverse y dilatarse sin descanso
el mundo nos sonreía;
Éramos pobres sin duda, más el amor nos unía,
era lo más trascendente,
yo era tuyo, tú eras mía y ella nuestro remanso,
la conmoción ascendente,
que nos llenaba los pechos de una dulce agonía.
Viéndola nacer un día, se renovaron los votos
al igual que a los diez años
cuando hermosa sin igual, reafirmaste mi alegría
al aceptarme en la iglesia
ante un joven sacerdote y familiares devotos
que presenciaron los lazos
que con el ritual sagrado, firmemente nos unían
en la suave convergencia.
Éramos barro enfrentando el devenir del destino,
con bendición y constancia.
Y así como la tierra firme ante los mares persiste
para no ser sometida,
contigo fui recorriendo avatares del camino
con tu amor y tu prestancia
que elegía a lo bueno entre lo malo que existe
al caminar por la vida.
Y otros diez años se fueron, pasaron,
huyeron de la existencia...
Y ahora me he despertado pensando,
que hallé la dicha lograda,
el placer reservado a los elegidos:
la fiesta de tu presencia,
la de esos dichosos a quienes Dios dijo:
amen y no le teman a nada.
Por eso de mis labios fluye esta promesa:
Vamos a amar, amar, por y para siempre amar,
juntos andar, muy juntos,
mientras vivan, sientan y respondan nuestras almas
a este crecer difuso
del amor que, día a día, renace con cada entrega.