buhita
Poeta asiduo al portal
¡Tártaro! tanta mácula y ante el Olimpo te vendes fausto;
sublimas el pecado encolerizando el poderío en tu canon.
Tú cegaste en dilatado placer al penetrar con podre de hiel
aquellos que disuadí y de las fauces de cancerbero comí
y mi psique fue cianuro bebido por mi cuerpo impuro.
Rememoro, me entumeciste en este infierno de enclaustro,
a una cuarta me poseíste en aire. Entonces te sentí, Hades.
Mis pestañas heladas auguraban en vano el sitial de artimañas;
mas me halle bajo un libre albedrío sin desmán subyugada
que idiota pusilánime, entre cenizas mi sonrisa dislocaba.
Me hundí en inmundicia de almas, esas del río Aqueronte;
y mi cuerpo aferrante a la vida se extasió en pasado, sin nombre.
Pútrida sentí lo que dura una flor de otoño en morir,
sentí el soplo sobre la inmensidad que una noche de enero viví
creí respirar la íntegra frescura del mar. Respiraba óbitos.
Averno de Dante, averno mío; pareces estar, y de pronto no.
¡Que musas reflejadas en mis pupilas! las ondas musicales
que de olas florecían, exaltando la penumbra más punzante
de la noche misma; cual fondo de invidente en sus ojos, de día
y el firmamento se trastocó en océano; y elevó el navío.
Centellas embelesaron mi vista, hacia ti, luna cautiva;
se describían como flamantes lienzos, aquellas playas benditas.
Aún percibo casi real, esa sonrisa diurna sobrecogida
al revelar de las rocas impetuosas caricias que el mar concedía
no apures, tórridas tinieblas, déjame añorar con sutileza.