Évano
Libre, sin dioses.
Ante el avance del fascismo
Es la Historia revuelta de mi España
la que quiero contar con estos versos.
Somos libres desde hace poco tiempo;
no hay que volver al túnel de los siervos.
Fuimos hijos cobijados por olivos,
los náufragos de barcas enredadas,
vástagos engordados con bellotas,
tumulto de un montón acumulado
para izar a los cielos a uno solo;
las sombras de las uvas de las parras,
jaurías relamiendo a señoritos,
rodillas apegadas a maderas
pisadas por caciques con medallas;
mamadores de vacas enlatadas,
limosna de mantequilla amarillenta,
feligreses de curas impasibles
a llagas de mujeres enlutadas;
lengua y ojos negando a tanto muerto
y los cirios de nuestro velatorio.
Bandoleros venidos de los montes
nos unimos en barrios periféricos.
Semidioses venían tatuados
en las ánimas de hembras fustigadas
por los látigos rancios de la iglesia,
por las voces de machos ignorantes,
por los hijos atentos a diablos.
Un murciélago negro nos lloraba,
transmitía el morir de lo inhumano:
"Señores, Franco ha muerto...".
Yo nunca vi volar a tanto niño
por patios de un colegio en blanco y negro,
por las calles de un barrio de mugrientos,
por tierras encostradas en lo ancestro.
Desde lejos oíamos:
"Callad, no se enfaden los de negro".
Mas no es posible retener a las
verdades de los niños.
Majorettes, tambores, sol, faldas y bastones;
carteles, papeletas, urnas
y los poros de la piel titilando ilusiones.
Cola en manos, cartones y rostros de papel
y brazos levantando el interior de cada uno.
Reflejos de ciudades creadas de la nada.
Persistían las sombras del entonces
en rincones del túnel de lo antaño,
tras las cruces del oro que maldice
andar desnudo y libre por los días
que pasan con sus luchas y sus noches.
Cambiaron amapolas por olivos
y nos las inyectaron en las venas.
Ahora las montañas eran nieblas
de colores bailando las cabezas,
mesetas de molinos derruidos,
aspas rajando al mundo liberado.
Yo era niño en los falsos paraísos,
un Quijote acogiendo los pedazos
de los sueños que andaban por ahí:
en troncos de los árboles del parque,
en los hoyos fetales de los suelos,
en cuevas con colchones que acogían
a los pueblos más pobres de una España
que dejaba almohadas tras el túnel
cavado con los picos de la guerra.
Yo era un niño blandiendo la esperanza,
quería desangrarla, derramar
sus luces sobre barrios de barbarie.
Mas no pude arrancar las amapolas
sembradas en los sueños de los muertos.
Despertaron los ángeles silentes
y rompieron el muro sus gargantas.
Remangadas las mangas del futuro
crearon de las piedras las ciudades,
con vidrios y cementos reventados
del miedo acumulado en tanto tiempo.
El semidiós del túnel persistía,
ardía en negros fuegos de una ira
derivada de angustias al no mando.
Como tea quemando la amapola
en las mentes del hijo de lo libre
para inyectarles sombras del ayer
y gangrenar las sangres con el miedo
a los nuevos venidos a este mundo
de luz y libertad.
 
¡Volved, ángeles del silencio a brotar
y plantad los olivos de los montes
delante del túnel del tiempo que están construyendo!
¡Extended las redes sobre los campos de amapolas!
¡Izad solo a uno, al Dios de la bondad!
¡Tratad al cerdo como el cerdo que es,
sin más bellotas que las del pueblo!
¡Levantad las rodillas del Cristo de madera
y arrancad de los pechos las medallas de guerra!
¡Vestid colores, féminas del viento!
¡Sembrad a la cultura en los cuerpos
y dejad vuestras almas a la iglesia!
No queramos a más murciélagos de negro
anunciando alegres que un dictador ha vuelto.
Es la Historia revuelta de mi España
la que quiero contar con estos versos.
Somos libres desde hace poco tiempo;
no hay que volver al túnel de los siervos.
Fuimos hijos cobijados por olivos,
los náufragos de barcas enredadas,
vástagos engordados con bellotas,
tumulto de un montón acumulado
para izar a los cielos a uno solo;
las sombras de las uvas de las parras,
jaurías relamiendo a señoritos,
rodillas apegadas a maderas
pisadas por caciques con medallas;
mamadores de vacas enlatadas,
limosna de mantequilla amarillenta,
feligreses de curas impasibles
a llagas de mujeres enlutadas;
lengua y ojos negando a tanto muerto
y los cirios de nuestro velatorio.
Bandoleros venidos de los montes
nos unimos en barrios periféricos.
Semidioses venían tatuados
en las ánimas de hembras fustigadas
por los látigos rancios de la iglesia,
por las voces de machos ignorantes,
por los hijos atentos a diablos.
Un murciélago negro nos lloraba,
transmitía el morir de lo inhumano:
"Señores, Franco ha muerto...".
Yo nunca vi volar a tanto niño
por patios de un colegio en blanco y negro,
por las calles de un barrio de mugrientos,
por tierras encostradas en lo ancestro.
Desde lejos oíamos:
"Callad, no se enfaden los de negro".
Mas no es posible retener a las
verdades de los niños.
Majorettes, tambores, sol, faldas y bastones;
carteles, papeletas, urnas
y los poros de la piel titilando ilusiones.
Cola en manos, cartones y rostros de papel
y brazos levantando el interior de cada uno.
Reflejos de ciudades creadas de la nada.
Persistían las sombras del entonces
en rincones del túnel de lo antaño,
tras las cruces del oro que maldice
andar desnudo y libre por los días
que pasan con sus luchas y sus noches.
Cambiaron amapolas por olivos
y nos las inyectaron en las venas.
Ahora las montañas eran nieblas
de colores bailando las cabezas,
mesetas de molinos derruidos,
aspas rajando al mundo liberado.
Yo era niño en los falsos paraísos,
un Quijote acogiendo los pedazos
de los sueños que andaban por ahí:
en troncos de los árboles del parque,
en los hoyos fetales de los suelos,
en cuevas con colchones que acogían
a los pueblos más pobres de una España
que dejaba almohadas tras el túnel
cavado con los picos de la guerra.
Yo era un niño blandiendo la esperanza,
quería desangrarla, derramar
sus luces sobre barrios de barbarie.
Mas no pude arrancar las amapolas
sembradas en los sueños de los muertos.
Despertaron los ángeles silentes
y rompieron el muro sus gargantas.
Remangadas las mangas del futuro
crearon de las piedras las ciudades,
con vidrios y cementos reventados
del miedo acumulado en tanto tiempo.
El semidiós del túnel persistía,
ardía en negros fuegos de una ira
derivada de angustias al no mando.
Como tea quemando la amapola
en las mentes del hijo de lo libre
para inyectarles sombras del ayer
y gangrenar las sangres con el miedo
a los nuevos venidos a este mundo
de luz y libertad.
 
¡Volved, ángeles del silencio a brotar
y plantad los olivos de los montes
delante del túnel del tiempo que están construyendo!
¡Extended las redes sobre los campos de amapolas!
¡Izad solo a uno, al Dios de la bondad!
¡Tratad al cerdo como el cerdo que es,
sin más bellotas que las del pueblo!
¡Levantad las rodillas del Cristo de madera
y arrancad de los pechos las medallas de guerra!
¡Vestid colores, féminas del viento!
¡Sembrad a la cultura en los cuerpos
y dejad vuestras almas a la iglesia!
No queramos a más murciélagos de negro
anunciando alegres que un dictador ha vuelto.
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