Carlos Aristy
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ante el espejo.
Cuando la hora perversa se refleja en mis ojos,
pondero acusadamente la visión de mi mismo.
Quedo cautivado en los ángulos de mi cara
y la precisión del pensamiento, pienso digo,
en los largos años reflejados en mis ojos,
el cansancio acumulado en mis dedos
Mi índice delinea la figura en el espejo
y se detiene en la curvatura de mi sonrisa.
Uno sabe los detalles de la vida, los malos ratos,
el susto escondido en lo más profundo del corazón.
Uno piensa en los amores pasados, los fugaces destellos,
las quimeras soñadas, el agua sin beber
El tiempo inexorable que se derrite en el calor de la vida,
como los acuáticos relojes de Dalí, que lo prolongan.
Yo siento el tiempo correr por mi espacio,
como banderas al viento, aleteando por mis venas,
duerme perezoso en mi carne y brota por mis poros cada día.
Hay noches, como estas, cuando la lluvia cae
paciente, nítidamente, constante como una cortina incesante.
Penetrándolo todo, acelerando musgos en el alma;
finas gotas de lluvia que lo llenan todo,
ahogantes gotas que se desbordan y lo abarcan todo
Mi índice toca mis labios como queriendo apresurar mi voz.
Es la hora perversa del silencio, cuando no hay pájaros en el aire.
De mi boca no brotan las palabras como el pan del horno,
pero mi mente corre detrás del poema
que se escabulle en las sombras del espejo
Cuando la hora perversa se refleja en mis ojos,
pondero acusadamente la visión de mi mismo.
Quedo cautivado en los ángulos de mi cara
y la precisión del pensamiento, pienso digo,
en los largos años reflejados en mis ojos,
el cansancio acumulado en mis dedos
Mi índice delinea la figura en el espejo
y se detiene en la curvatura de mi sonrisa.
Uno sabe los detalles de la vida, los malos ratos,
el susto escondido en lo más profundo del corazón.
Uno piensa en los amores pasados, los fugaces destellos,
las quimeras soñadas, el agua sin beber
El tiempo inexorable que se derrite en el calor de la vida,
como los acuáticos relojes de Dalí, que lo prolongan.
Yo siento el tiempo correr por mi espacio,
como banderas al viento, aleteando por mis venas,
duerme perezoso en mi carne y brota por mis poros cada día.
Hay noches, como estas, cuando la lluvia cae
paciente, nítidamente, constante como una cortina incesante.
Penetrándolo todo, acelerando musgos en el alma;
finas gotas de lluvia que lo llenan todo,
ahogantes gotas que se desbordan y lo abarcan todo
Mi índice toca mis labios como queriendo apresurar mi voz.
Es la hora perversa del silencio, cuando no hay pájaros en el aire.
De mi boca no brotan las palabras como el pan del horno,
pero mi mente corre detrás del poema
que se escabulle en las sombras del espejo