APROXIMACIÓN AL DOLOR
Encuentros en la noche bajo lunas de oro pálido
no el silencio
el corazón ha dejado de latir los melancólicos crujidos
que habitan ahora mis huesos
Vísceras anonadadas contemplan la madrugada
los campos inundados de ciega escarcha
y algún árbol esperando a su suicida
ese es el panorama y yo lo canto
Caen los umbrosos cuchillos como lluvia arrepentida
recortando los inútiles cordones umbilicales de los ángeles
caen, caen, caen... los esquivo con mi desolación última
mientras la noche se hace hospital teñido de alaridos
Desde las ciudades que no duermen siguen llegando
los nuevos dolores que me han sido asignados
clavos de fuego en mis rodillas (es la hora del láudano y del silencio)
y en mis costillas marcadas se abren portezuelas hacia el sur
Recuerdo que al final había un río que jugaba entre los álamos
recuerdo las vetustas alcantarillas que traían sus inmundicias
y que la luna menguante se enredaba en los desechos
eran tiempos de abundancia, eran tiempo.
Desde el hospital desierto trato de ordenar cerebros
y quejidos lastimeros y los cadáveres ya hinchados de las calles
El dolor siempre el dolor acompañando cortejos
de viudas y huérfanos que destilan secretos como brasas
En la penúltima torre entre los vencejos muertos
la codicia busca corazones limpios rojos restos del incendio
¿quien habitará entonces los lechos de las viudas?
¿quien cantará las nanas al huérfano recién llegado?
Es el dolor que acecha avisándome que llega
son las removidas espinas y mi cruz de hombre cansado
es la hora de llamar al pintor Matthias Grünewald
soy el último ardiente estoy dispuesto.
Ilust.: Detalle del Retablo de Isenheim (Colmar). Matthias Grünewald.
Encuentros en la noche bajo lunas de oro pálido
no el silencio
el corazón ha dejado de latir los melancólicos crujidos
que habitan ahora mis huesos
Vísceras anonadadas contemplan la madrugada
los campos inundados de ciega escarcha
y algún árbol esperando a su suicida
ese es el panorama y yo lo canto
Caen los umbrosos cuchillos como lluvia arrepentida
recortando los inútiles cordones umbilicales de los ángeles
caen, caen, caen... los esquivo con mi desolación última
mientras la noche se hace hospital teñido de alaridos
Desde las ciudades que no duermen siguen llegando
los nuevos dolores que me han sido asignados
clavos de fuego en mis rodillas (es la hora del láudano y del silencio)
y en mis costillas marcadas se abren portezuelas hacia el sur
Recuerdo que al final había un río que jugaba entre los álamos
recuerdo las vetustas alcantarillas que traían sus inmundicias
y que la luna menguante se enredaba en los desechos
eran tiempos de abundancia, eran tiempo.
Desde el hospital desierto trato de ordenar cerebros
y quejidos lastimeros y los cadáveres ya hinchados de las calles
El dolor siempre el dolor acompañando cortejos
de viudas y huérfanos que destilan secretos como brasas
En la penúltima torre entre los vencejos muertos
la codicia busca corazones limpios rojos restos del incendio
¿quien habitará entonces los lechos de las viudas?
¿quien cantará las nanas al huérfano recién llegado?
Es el dolor que acecha avisándome que llega
son las removidas espinas y mi cruz de hombre cansado
es la hora de llamar al pintor Matthias Grünewald
soy el último ardiente estoy dispuesto.
Ilust.: Detalle del Retablo de Isenheim (Colmar). Matthias Grünewald.
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