Guadalupe D. Lopez
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando la vi entrar al lugar pensé que tan solo era una clienta más. Al pasar junto a mí se detuvo un instante. La palidez de su rostro y el vacío de su mirada llamo mi atención. La reconocí de inmediato. La había visto un par de ocasiones anteriores cuando venía a recoger ordenes de comida. Había intercambiado tan solo un saludo y un comentario de trabajo. Pero, en esta ocasión era diferente. Había una súplica en el tono de su voz. Me pidió que por favor la ayudara. Definitivamente, creo que huía de algo o de alguien. La lleve a la sección de la parte de atrás que aún se encontraba cerrada al público y sin preámbulos ni introducciones empezó a narrarme su historia. Entre lágrimas y sollozos me dijo que estaba asustada, que no tenía a donde ir o a quien recurrir. Yo era tan solo una extraña más, que se cruzaba en su camino. Pero, al parecer en ese momento, era lo único que tenía a la mano. Por sus comentarios me di cuenta de que estaba en serios problemas. Que vivía en las garras de un abusador. Que era víctima de abuso emocional. La escuche atentamente sin dejar escapar uno solo de sus gestos. ¿Qué más podía a hacer? Lo único que sé, del tema es lo que he leído en algunas portadas de los periódicos o lo he visto en películas. La violencia domestica puede causar repercusiones adversas en el estado emocional y psicológico de una persona. El maltrato o abuso emocional se encuentra relacionado al maltrato físico. En algunas ocasiones ocurre antes, después o de manera simultánea. Es un proceso constante que con el tiempo deteriora la autoestima de la víctima, causa codependencia y puede pasar desapercibido. Es como un círculo vicioso del cual no es fácil escapar ileso. Las cicatrices que deja se quedan marcadas de por vida. Según las estadísticas 7 de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de abuso en su vida. Más de 66 mil mujeres (tan solo en cifras oficiales) cada año son asesinadas por su pareja. Le dije que creía que tenía que buscar ayuda inmediatamente. Tenía que reportarlo a las autoridades locales y salir de esa situación antes de convertirse en una estadística más. Me miro asustada, llena de dudas e incertidumbre. Quería decirle que todo iba a estar bien. Pero ¿acaso yo sabía eso? Fui a buscar a mi jefe y lo puse al tanto de la situación. Fue a hablar con ella y a su regreso la describió como “una cliente habitual un poco desubicada”. Acaso, ¿aquella mujer había inventado esa historia para llamar la atención? La ansiedad y el pánico son emociones difíciles de fingir. Tenía que ser una actriz consumada. Me negaba a aceptar que toda aquella situación era tan solo “el drama de una telenovela barata” Regrese a buscarle. Permanecía sentada en el mismo lugar donde la había dejado minutos antes. Tenía la mirada clavada en la pantalla de su teléfono. Levanto lentamente la mirada y volvió a hablarme de la espiral de emociones en el que se encontraba atrapada, de lo patética que era y de su antipatía por la situación. Minutos después vi entrar a aquel individuo al lugar, y por la descripción que me había dado “aquella mujer” lo identifiqué como el “agresor.” Sentí pena por ella. Así que fui a buscarle. Se encontraba en el tocador para damas. En el pasillo me encontré con aquel ser cruel y despreciable. No había rastros de amabilidad en su rostro, ni siquiera me miro. Entre, y le dije a “aquella mujer” que su pareja se encontraba en el restaurante, que si no quería ser encontrada permaneciera ahí encerrada, hasta que aquella persona abandonara el lugar. Le pregunté, si quería que llamara a la policía, pero no obtuve respuesta alguna. Así que opte por no hacer nada. Regrese a mi área de trabajo, el teléfono estaba sonando, era mi jefe para informarme que “el agresor” se encontraba en el bar del patio, que, si “aquella mujer” quería salir del local sin ser vista, esta era su oportunidad. Fui y le di el recado. Unos segundos después se acercó a pagarme lo que había consumido y me dio las gracias por todo. Pude ver en su mirada resignación y desilusión. Había perdido otra batalla más. Sin importar que situación estés viviendo, Tu eres la única que tiene el poder de ponerle fin a tu pesadilla. Sin importar cuantas veces lo tengas que volver a intentar. NUNCA TE DES POR VENCIDA. Porque tú, vales mucho y mereces respeto.
Última edición: