Petrikov
Poeta recién llegado
En aquella vieja casa de libre pensamiento,
donde los intelectuales envejecían lentamente
como periódicos olvidados sobre mármol frío,
entre libros húmedos
y discusiones eternas sobre guerras ajenas,
en Moscú hablábamos de revoluciones
como si todavía pudiéramos arreglar algo del mundo.
Los viejos profesores fumaban despacio,
los estudiantes fingían entender a los muertos
y tú tocabas el piano
con una elegancia
que no parecía de este siglo.
Yo te miraba.
Sin más.
Las mujeres peligrosas
nunca parecen peligrosas al principio.
Decías venir de una familia humilde,
pero tu pobreza
no se parecía a la nuestra.
Los pobres repiten abrigo.
Repiten zapatos.
Repiten el miedo.
Tú no repetías nada.
El apartamento en el centro.
Las cenas después de los ensayos.
Los viajes a Sofía.
La ropa siempre nueva.
El portátil brillante sobre libros viejos.
Todo demasiado limpio para ser casual.
Y yo fui educado por gente
que desconfía incluso de las flores cuando llegan demasiado perfectas.
A veces apoyabas la cabeza en mi hombro
mientras sonaban discos viejos.
No sé por qué pensé que eso significaba algo.
Luego empecé a mirar más de la cuenta.
No lo voy a adornar: me obsesioné un poco.
Un antiguo agente soviético escribió una vez
que la gente revela información
cuando se siente escuchada.
Es verdad.
Los camareros terminan hablando.
Los pianistas también.
Los conductores igual.
Toda ciudad culta
es una fábrica de secretos mal cerrados.
Yo escuchaba.
Asentía.
Y ya.
Hasta que apareció él.
No hace falta decir mucho más.
Había hombres
que dirigían orquestas
como otros dirigen cosas que no deberían nombrarse:
sin levantar la voz,
decidiendo quién entra en la luz
y quién se queda fuera.
Entonces entendí tu ascenso.
La velocidad.
Los contratos.
Los hoteles.
Las puertas que no se llaman puertas para ti.
Tu taza se quedó una vez en mi mesa tres días.
No la tiré. No sé por qué.
Y comprendí algo que no supe decir bien entonces:
que el arte también tiene dueños,
y silencios,
y gente que aprende rápido a moverse dentro de eso.
El café sabía a hierro aquella mañana.
Esa noche Moscú estaba cubierta de nieve.
El tranvía iba lento, como si dudara de todo.
Yo caminé hasta el amanecer
con las manos frías
pensando que algunas personas no traicionan por maldad,
sino porque aprendieron demasiado pronto
cómo sobrevivir cerca del poder.
donde los intelectuales envejecían lentamente
como periódicos olvidados sobre mármol frío,
entre libros húmedos
y discusiones eternas sobre guerras ajenas,
en Moscú hablábamos de revoluciones
como si todavía pudiéramos arreglar algo del mundo.
Los viejos profesores fumaban despacio,
los estudiantes fingían entender a los muertos
y tú tocabas el piano
con una elegancia
que no parecía de este siglo.
Yo te miraba.
Sin más.
Las mujeres peligrosas
nunca parecen peligrosas al principio.
Decías venir de una familia humilde,
pero tu pobreza
no se parecía a la nuestra.
Los pobres repiten abrigo.
Repiten zapatos.
Repiten el miedo.
Tú no repetías nada.
El apartamento en el centro.
Las cenas después de los ensayos.
Los viajes a Sofía.
La ropa siempre nueva.
El portátil brillante sobre libros viejos.
Todo demasiado limpio para ser casual.
Y yo fui educado por gente
que desconfía incluso de las flores cuando llegan demasiado perfectas.
A veces apoyabas la cabeza en mi hombro
mientras sonaban discos viejos.
No sé por qué pensé que eso significaba algo.
Luego empecé a mirar más de la cuenta.
No lo voy a adornar: me obsesioné un poco.
Un antiguo agente soviético escribió una vez
que la gente revela información
cuando se siente escuchada.
Es verdad.
Los camareros terminan hablando.
Los pianistas también.
Los conductores igual.
Toda ciudad culta
es una fábrica de secretos mal cerrados.
Yo escuchaba.
Asentía.
Y ya.
Hasta que apareció él.
No hace falta decir mucho más.
Había hombres
que dirigían orquestas
como otros dirigen cosas que no deberían nombrarse:
sin levantar la voz,
decidiendo quién entra en la luz
y quién se queda fuera.
Entonces entendí tu ascenso.
La velocidad.
Los contratos.
Los hoteles.
Las puertas que no se llaman puertas para ti.
Tu taza se quedó una vez en mi mesa tres días.
No la tiré. No sé por qué.
Y comprendí algo que no supe decir bien entonces:
que el arte también tiene dueños,
y silencios,
y gente que aprende rápido a moverse dentro de eso.
El café sabía a hierro aquella mañana.
Esa noche Moscú estaba cubierta de nieve.
El tranvía iba lento, como si dudara de todo.
Yo caminé hasta el amanecer
con las manos frías
pensando que algunas personas no traicionan por maldad,
sino porque aprendieron demasiado pronto
cómo sobrevivir cerca del poder.