Khar Asbeel
Poeta fiel al portal
Arde la noche,
retumba el gemir de las estrellas
sobre su piel alquímica.
El trote de fantasmas azules
es régimen
de realidades interpuestas
en oro y fuego helado.
El sueño acuchilla los ojos
y la carne
tremola en ansias rojas
negándose al tálamo.
La noche es tapiz de llamas
y jauría de lunas.
¿Y el silencio?
¡Que el sigilo se arrulle en los osarios!
¡Que la séptima trompeta
abra el caudal de rugientes innovaciones!
Ahora todo el sueño
es acunado en ígneas oquedades
de estrellas desvanecidas.
La noche arde en su desdoble
y se vuelve pradera de quimeras,
vidrieras fragmentadas,
gritos endurecidos,
cruces mudas,
pieles tatuadas de ardentía
y soles difuntos.
Gotas de plata
quemando ojos extraviados,
alucinados,
girando en filos azules
hirvientes.
Si, ahora,
la Muerte no alcanza
a cotejar la resonancia
de los astros angulosos
y los atabales de creaciones rotas.
¡Que duras ensoñaciones
infectan el pleamar de constelaciones
heladas,
entreveradas con carcasas divinas
y ángeles de alas desolladas,
enrojecidas
de transmutaciones!
Arde la noche
sobre veredas empedradas
de tizones blanquecinos
y sueños exiliados de la tumba.
El silencio es orbe negro
que se expande en horizontes espirales
donde cae alma y grito
en ataraxias de luceros extraviados.
¡El cielo es crepitación de espejismos!
retumba el gemir de las estrellas
sobre su piel alquímica.
El trote de fantasmas azules
es régimen
de realidades interpuestas
en oro y fuego helado.
El sueño acuchilla los ojos
y la carne
tremola en ansias rojas
negándose al tálamo.
La noche es tapiz de llamas
y jauría de lunas.
¿Y el silencio?
¡Que el sigilo se arrulle en los osarios!
¡Que la séptima trompeta
abra el caudal de rugientes innovaciones!
Ahora todo el sueño
es acunado en ígneas oquedades
de estrellas desvanecidas.
La noche arde en su desdoble
y se vuelve pradera de quimeras,
vidrieras fragmentadas,
gritos endurecidos,
cruces mudas,
pieles tatuadas de ardentía
y soles difuntos.
Gotas de plata
quemando ojos extraviados,
alucinados,
girando en filos azules
hirvientes.
Si, ahora,
la Muerte no alcanza
a cotejar la resonancia
de los astros angulosos
y los atabales de creaciones rotas.
¡Que duras ensoñaciones
infectan el pleamar de constelaciones
heladas,
entreveradas con carcasas divinas
y ángeles de alas desolladas,
enrojecidas
de transmutaciones!
Arde la noche
sobre veredas empedradas
de tizones blanquecinos
y sueños exiliados de la tumba.
El silencio es orbe negro
que se expande en horizontes espirales
donde cae alma y grito
en ataraxias de luceros extraviados.
¡El cielo es crepitación de espejismos!