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Poeta recién llegado
Siempre habrá reyes que admiren tu beldad
y príncipes absortos por tu gracia virginal,
señores que valoren tu gentileza y tu bondad,
y hombres que luchen por ti hasta el final.
Habrá quienes ofrezcan inmensas riquezas
y grandes tesoros para doblar tu vanidad,
habrá quienes te cuenten hazañas y proezas
o quienes juren falso amor, una eternidad.
Pero existe en tu reino de humildad
un caballero sumiso, pulcro y recatado,
que lleva como lanza mi firme voluntad
y al centro de su enseña tu nombre grabado.
Lleva como escudo tan sólo tu cariño,
de yelmo tu imagen, de cota la ilusión,
y en su vaina tejida de tu suave corpiño
guarda la espada forjada en mi pasión.
Siendo tus besos su bravo corcel
y tu bella sonrisa su blanda montura,
a la batalla marcha en ruidoso tropel
protegido siempre de su férrea armadura.
Bloca las mortales flechas y los dardos,
y con brío inaudito acaricia la victoria,
llevando a su regreso olorosos nardos
que recuerdan tu divino yugo en su memoria.
Extiende la diestra empuñando su venablo
y enarbola con orgullo el blanco gonfalón,
siendo yo, el guerrero de quién hablo,
y tú, la doncella que representa mi pendón.
Héctor Navarro Arzate
25 de junio de 1993
y príncipes absortos por tu gracia virginal,
señores que valoren tu gentileza y tu bondad,
y hombres que luchen por ti hasta el final.
Habrá quienes ofrezcan inmensas riquezas
y grandes tesoros para doblar tu vanidad,
habrá quienes te cuenten hazañas y proezas
o quienes juren falso amor, una eternidad.
Pero existe en tu reino de humildad
un caballero sumiso, pulcro y recatado,
que lleva como lanza mi firme voluntad
y al centro de su enseña tu nombre grabado.
Lleva como escudo tan sólo tu cariño,
de yelmo tu imagen, de cota la ilusión,
y en su vaina tejida de tu suave corpiño
guarda la espada forjada en mi pasión.
Siendo tus besos su bravo corcel
y tu bella sonrisa su blanda montura,
a la batalla marcha en ruidoso tropel
protegido siempre de su férrea armadura.
Bloca las mortales flechas y los dardos,
y con brío inaudito acaricia la victoria,
llevando a su regreso olorosos nardos
que recuerdan tu divino yugo en su memoria.
Extiende la diestra empuñando su venablo
y enarbola con orgullo el blanco gonfalón,
siendo yo, el guerrero de quién hablo,
y tú, la doncella que representa mi pendón.
Héctor Navarro Arzate
25 de junio de 1993