Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
...
Mis parajes de infancia, no contaban
con una geografía muy próvida
en belleza paisajística: playa, bosques,
cerros, etcétera. Sus humildes atributos
agrestes, amén naturales, ayudados
por la mano agricultora del hombre,
ostentaban sí, aquí y más allá, montes
de eucaliptos de cerril tuse. Y sus lomas
peinadas a labranza, lucían su conjunto
de surcos, cual prolijas trenzas terrosas
en paralelo orden. Era lindo verlas
ir adornándose con verdor de plantío,
o frutal acupuntura de quintas y viñedos.
Bello al fin, mi medio ambiente y purísimo
en aires y nobleza campesina. Pero un día,
a mis dieciséis años, influenciado por
tanto pintoresco paisaje visto en fotos
y películas, o descrito por viajeros,
escritores, y poetas, intenté adornarlo
utópicamente. Inspirado entonces,
supuse que El Creador, en una de esas
tantas arrugas de preocupación agraria
que tiene la campaña uruguaya, a una
muy fina que cruzaba la frente del potrero
tendido vista al cielo en la chacra paterna;
a ésa arruga entre alambrados como
pentagramas, con tijeretas abrochadas
como notas musicales, El Poderoso
le dedicó unas cuantas nubes aguateras
que le inculcaron una vertiente propia.
Agüita que hoy discurre serena como una
caricia, transformando ese pliegue,
en arroyito. Después, le mandó unos
ángeles arqueros que lo acribillaron
de juncos. Y ya entusiasmado, el mismo
Celestial le espolvoreó unos caracoles
que les prenden cientos de huevitos
en rosados racimos, cual exótica fúlgida
floración. Me quedó tan linda mi utopía,
(pienso) que hoy, pelo a pelo no podría
cambiarla por ningún edén. Hoy, espero
arroyito que en mente y versos recreo,
no te llegue cualquier día, la saliva
enfermiza del pobre río contaminado
por el vómito de esas, reñidas Papeleras
cuyos empresarios y nuestros políticos
responsables, prometen salubres.
Aunque ya de por si, su indiscriminada
siembra de materia prima: árboles,
relega labrantíos y labradores.
Ojalá que esta vez no mientan; porque
entonces, arroyito, sabiéndote yerto,
te me estamparías seco en mi frente
desconsolada, como perenne arruga...
Si en adelante sientes algún dolor,
si decaes y tienes fiebre, si entristeces;
¡sálvate arroyito! ¡Corre, corre!
¡Salva tus caracoles, y mi fantasía!
©Juan Oriental
Mis parajes de infancia, no contaban
con una geografía muy próvida
en belleza paisajística: playa, bosques,
cerros, etcétera. Sus humildes atributos
agrestes, amén naturales, ayudados
por la mano agricultora del hombre,
ostentaban sí, aquí y más allá, montes
de eucaliptos de cerril tuse. Y sus lomas
peinadas a labranza, lucían su conjunto
de surcos, cual prolijas trenzas terrosas
en paralelo orden. Era lindo verlas
ir adornándose con verdor de plantío,
o frutal acupuntura de quintas y viñedos.
Bello al fin, mi medio ambiente y purísimo
en aires y nobleza campesina. Pero un día,
a mis dieciséis años, influenciado por
tanto pintoresco paisaje visto en fotos
y películas, o descrito por viajeros,
escritores, y poetas, intenté adornarlo
utópicamente. Inspirado entonces,
supuse que El Creador, en una de esas
tantas arrugas de preocupación agraria
que tiene la campaña uruguaya, a una
muy fina que cruzaba la frente del potrero
tendido vista al cielo en la chacra paterna;
a ésa arruga entre alambrados como
pentagramas, con tijeretas abrochadas
como notas musicales, El Poderoso
le dedicó unas cuantas nubes aguateras
que le inculcaron una vertiente propia.
Agüita que hoy discurre serena como una
caricia, transformando ese pliegue,
en arroyito. Después, le mandó unos
ángeles arqueros que lo acribillaron
de juncos. Y ya entusiasmado, el mismo
Celestial le espolvoreó unos caracoles
que les prenden cientos de huevitos
en rosados racimos, cual exótica fúlgida
floración. Me quedó tan linda mi utopía,
(pienso) que hoy, pelo a pelo no podría
cambiarla por ningún edén. Hoy, espero
arroyito que en mente y versos recreo,
no te llegue cualquier día, la saliva
enfermiza del pobre río contaminado
por el vómito de esas, reñidas Papeleras
cuyos empresarios y nuestros políticos
responsables, prometen salubres.
Aunque ya de por si, su indiscriminada
siembra de materia prima: árboles,
relega labrantíos y labradores.
Ojalá que esta vez no mientan; porque
entonces, arroyito, sabiéndote yerto,
te me estamparías seco en mi frente
desconsolada, como perenne arruga...
Si en adelante sientes algún dolor,
si decaes y tienes fiebre, si entristeces;
¡sálvate arroyito! ¡Corre, corre!
¡Salva tus caracoles, y mi fantasía!
©Juan Oriental