Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
El sonido del frigorífico cansado denosta a las ideas claras.
Como la reactiva incineración del fénix, o la habitación secreta del secretario de Estado.
El estado anímico del caballo desbocado no es una lengua arrancada de cuajo.
Tampoco el perfil verborreico de mi autorretrato.
Bañado por el efecto lluvia, desnudo de orígenes.
¿Quién moja las aceras?
Estatuas de cera en los pasos de cebra, atropelladas por la escena del crimen.
Quién secunda los sigilos del loco.
Armonía entre arpías y camas de clavos.
Conceptos arrugados y periódicos.
Nuevas y ultimátums al mundo para aprender a leer entre líneas, la prensa de los sentidos.
Gravitación universal.
Mutaciones, contaminación en los órganos -en todos y cada uno-.
El hombre retocando la cultura.
Cada tecla incrustada en la idea de ser o de sentirse realizado.
Cada sueño que atrapa al cuerpo y lo atraviesa, campo a través.
Máquina cortacésped.
Zona verde en el intestino delgado.
Bilis en el tabique y en los tabúes.
Cada vez más asesina la palabra clave.
Pienso cauterizar esa cicatriz llamada diccionario.
Con una herida de bala en la responsabilidad.
Adecúense a la torre de babel invertida.
Conquistadores de Dios hasta que lo trascendente de la cadena humana es la supervivencia.
Entre letra y letra lo demuestran.
Me nacerán bajo la piel.
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