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Atardecer en rojo

Pessoa

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Desde el cielo incendiado por bramidos

llueven pavesas que son alas o pétalos de rosas.

Devoradas las esquinas de los óculos

surgen antañonas claridades de convento

Los espejos crujen bajo el peso inmensurable

de las imágenes sagradas.



Gusanos de luz que se marchitan con su tarea inacabada

las tardes fructifican en poemas o lustrosas aldabas

guardianas broncíneas de la noche.

En los claustros los surtidores y sus cipreses epígonos

marcan sendas verticales rompiendo las perspectivas

mientras los ecos del órgano se acomodan

tras los rudos algarrobos.



Es la agonía de la luz tras los senderos

la dormición de los mares acunados por los vientos

es la eterna espera del que rompe sus cadenas

jugando con las especies más raras de los asfodelos floridos.



Es el renacer de la muerte y mi postrer llanto de amor.

Lloro con mecánica asimetría los últimos diamantes

que guardaba para ti ocultos en la urgencia de la sombra

que desmembrará los viejos caballos del Olimpo.



Miro desde el trasluz que ilumina el equinoccio

siguiendo los rituales y los ritmos que ya fueron.

Miro oculto por dedos que se cierran sobre los ojos angélicos

ignorando el fuego de los amores cantados por las liras de los dioses.



Entre la nívea floración de los espacios azules

en la antigua tierra paridora de sudor y anhelos

me nace la primavera como un duelo

que me ancla a la roca de Tántalo igual que una flor a la muerte.



La Mujer asciende al Empíreo asida a los trémolos helicoidales

de las columnas entorchadas de su túmulo como una carnal voluta.

De sus canónicos pechos privilegio de fuentes rumorosas

surge la láctea servidumbre que alimenta las estrellas.



Y en la ciudad apacible, ajena a estos pasajes sin neón,

se arrastran en imposible lamento los sonidos incipientes

de una nueva Academia Musical

herética letanía de flores de cartón piedra.



images

Ilust.: “Papillons”. M.ª Helena Vieira da Silva. 1951/1952
 
Desde el cielo incendiado por bramidos

llueven pavesas que son alas o pétalos de rosas.

Devoradas las esquinas de los óculos

surgen antañonas claridades de convento

Los espejos crujen bajo el peso inmensurable

de las imágenes sagradas.



Gusanos de luz que se marchitan con su tarea inacabada

las tardes fructifican en poemas o lustrosas aldabas

guardianas broncíneas de la noche.

En los claustros los surtidores y sus cipreses epígonos

marcan sendas verticales rompiendo las perspectivas

mientras los ecos del órgano se acomodan

tras los rudos algarrobos.



Es la agonía de la luz tras los senderos

la dormición de los mares acunados por los vientos

es la eterna espera del que rompe sus cadenas

jugando con las especies más raras de los asfodelos floridos.



Es el renacer de la muerte y mi postrer llanto de amor.

Lloro con mecánica asimetría los últimos diamantes

que guardaba para ti ocultos en la urgencia de la sombra

que desmembrará los viejos caballos del Olimpo.



Miro desde el trasluz que ilumina el equinoccio

siguiendo los rituales y los ritmos que ya fueron.

Miro oculto por dedos que se cierran sobre los ojos angélicos

ignorando el fuego de los amores cantados por las liras de los dioses.



Entre la nívea floración de los espacios azules

en la antigua tierra paridora de sudor y anhelos

me nace la primavera como un duelo

que me ancla a la roca de Tántalo igual que una flor a la muerte.



La Mujer asciende al Empíreo asida a los trémolos helicoidales

de las columnas entorchadas de su túmulo como una carnal voluta.

De sus canónicos pechos privilegio de fuentes rumorosas

surge la láctea servidumbre que alimenta las estrellas.



Y en la ciudad apacible, ajena a estos pasajes sin neón,

se arrastran en imposible lamento los sonidos incipientes

de una nueva Academia Musical

herética letanía de flores de cartón piedra.



images

Ilust.: “Papillons”. M.ª Helena Vieira da Silva. 1951/1952

Que belleza de poema , querido amigo Miguel, una verdadera maravilla... me ha encandilado esta lectura de principio a fin.. una gran obra de arte, enhorabuena. Un abrazo, felices días.
 
Desde el cielo incendiado por bramidos

llueven pavesas que son alas o pétalos de rosas.

Devoradas las esquinas de los óculos

surgen antañonas claridades de convento

Los espejos crujen bajo el peso inmensurable

de las imágenes sagradas.



Gusanos de luz que se marchitan con su tarea inacabada

las tardes fructifican en poemas o lustrosas aldabas

guardianas broncíneas de la noche.

En los claustros los surtidores y sus cipreses epígonos

marcan sendas verticales rompiendo las perspectivas

mientras los ecos del órgano se acomodan

tras los rudos algarrobos.



Es la agonía de la luz tras los senderos

la dormición de los mares acunados por los vientos

es la eterna espera del que rompe sus cadenas

jugando con las especies más raras de los asfodelos floridos.



Es el renacer de la muerte y mi postrer llanto de amor.

Lloro con mecánica asimetría los últimos diamantes

que guardaba para ti ocultos en la urgencia de la sombra

que desmembrará los viejos caballos del Olimpo.



Miro desde el trasluz que ilumina el equinoccio

siguiendo los rituales y los ritmos que ya fueron.

Miro oculto por dedos que se cierran sobre los ojos angélicos

ignorando el fuego de los amores cantados por las liras de los dioses.



Entre la nívea floración de los espacios azules

en la antigua tierra paridora de sudor y anhelos

me nace la primavera como un duelo

que me ancla a la roca de Tántalo igual que una flor a la muerte.



La Mujer asciende al Empíreo asida a los trémolos helicoidales

de las columnas entorchadas de su túmulo como una carnal voluta.

De sus canónicos pechos privilegio de fuentes rumorosas

surge la láctea servidumbre que alimenta las estrellas.



Y en la ciudad apacible, ajena a estos pasajes sin neón,

se arrastran en imposible lamento los sonidos incipientes

de una nueva Academia Musical

herética letanía de flores de cartón piedra.



images

Ilust.: “Papillons”. M.ª Helena Vieira da Silva. 1951/1952
Un exquisito poema, de muchas imágenes coloridas, grato leerte
 
Desde el cielo incendiado por bramidos

llueven pavesas que son alas o pétalos de rosas.

Devoradas las esquinas de los óculos

surgen antañonas claridades de convento

Los espejos crujen bajo el peso inmensurable

de las imágenes sagradas.



Gusanos de luz que se marchitan con su tarea inacabada

las tardes fructifican en poemas o lustrosas aldabas

guardianas broncíneas de la noche.

En los claustros los surtidores y sus cipreses epígonos

marcan sendas verticales rompiendo las perspectivas

mientras los ecos del órgano se acomodan

tras los rudos algarrobos.



Es la agonía de la luz tras los senderos

la dormición de los mares acunados por los vientos

es la eterna espera del que rompe sus cadenas

jugando con las especies más raras de los asfodelos floridos.



Es el renacer de la muerte y mi postrer llanto de amor.

Lloro con mecánica asimetría los últimos diamantes

que guardaba para ti ocultos en la urgencia de la sombra

que desmembrará los viejos caballos del Olimpo.



Miro desde el trasluz que ilumina el equinoccio

siguiendo los rituales y los ritmos que ya fueron.

Miro oculto por dedos que se cierran sobre los ojos angélicos

ignorando el fuego de los amores cantados por las liras de los dioses.



Entre la nívea floración de los espacios azules

en la antigua tierra paridora de sudor y anhelos

me nace la primavera como un duelo

que me ancla a la roca de Tántalo igual que una flor a la muerte.



La Mujer asciende al Empíreo asida a los trémolos helicoidales

de las columnas entorchadas de su túmulo como una carnal voluta.

De sus canónicos pechos privilegio de fuentes rumorosas

surge la láctea servidumbre que alimenta las estrellas.



Y en la ciudad apacible, ajena a estos pasajes sin neón,

se arrastran en imposible lamento los sonidos incipientes

de una nueva Academia Musical

herética letanía de flores de cartón piedra.



images

Ilust.: “Papillons”. M.ª Helena Vieira da Silva. 1951/1952
Vibran esas luces de un atardecer y acompasas esa danza de esencias que
tratan de ingredir un baile prospero de sensaciones, abres finales como
queriendo conducir el sueño hacia las convulsiones renovadas. bellissimo.
saludos con afecto de luzyabsenta
 

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