Petrikov
Poeta recién llegado
Paso casi todos los días por el Ateneo de Madrid.
Entro despacio, como quien entra a una iglesia construida para las ideas.
En su biblioteca el ruido de la ciudad desaparece.
Sólo quedan las lámparas antiguas,
las páginas moviéndose lentamente
y ese silencio lleno de pensamiento
que ya casi no existe en el mundo moderno.
A veces escribo allí durante horas.
Observo a estudiantes, ancianos, lectores solitarios,
y pienso que todavía quedan lugares
donde la inteligencia no es una mercancía.
Madrid afuera corre.
El Ateneo, en cambio, permanece.
Y quizá la verdadera cultura sea eso:
un pequeño lugar donde el tiempo todavía respeta a los libros.
Entro despacio, como quien entra a una iglesia construida para las ideas.
En su biblioteca el ruido de la ciudad desaparece.
Sólo quedan las lámparas antiguas,
las páginas moviéndose lentamente
y ese silencio lleno de pensamiento
que ya casi no existe en el mundo moderno.
A veces escribo allí durante horas.
Observo a estudiantes, ancianos, lectores solitarios,
y pienso que todavía quedan lugares
donde la inteligencia no es una mercancía.
Madrid afuera corre.
El Ateneo, en cambio, permanece.
Y quizá la verdadera cultura sea eso:
un pequeño lugar donde el tiempo todavía respeta a los libros.