Ateneo de Madrid

Petrikov

Poeta recién llegado
Paso casi todos los días por el Ateneo de Madrid.
Entro despacio, como quien entra a una iglesia construida para las ideas.

En su biblioteca el ruido de la ciudad desaparece.
Sólo quedan las lámparas antiguas,
las páginas moviéndose lentamente
y ese silencio lleno de pensamiento
que ya casi no existe en el mundo moderno.

A veces escribo allí durante horas.
Observo a estudiantes, ancianos, lectores solitarios,
y pienso que todavía quedan lugares
donde la inteligencia no es una mercancía.

Madrid afuera corre.
El Ateneo, en cambio, permanece.

Y quizá la verdadera cultura sea eso:
un pequeño lugar donde el tiempo todavía respeta a los libros.
 
Las bibliotecas... esos templos repletos de estantes donde viejos tomos atrapan entre sus hojas a miles de hormigas, arañas y milpies... hasta aplastarlas en formas de trazos extraños que los humanos llamamos letras.

Por allí una hormiga mordió a Unamuno, mientras un arrugado milpies se posaba en los dedos de Pizarnik...

Quién se hubiera imaginado que su destino sería el de preservar sus vivencias...
 
Última edición:
Paso casi todos los días por el Ateneo de Madrid.
Entro despacio, como quien entra a una iglesia construida para las ideas.

En su biblioteca el ruido de la ciudad desaparece.
Sólo quedan las lámparas antiguas,
las páginas moviéndose lentamente
y ese silencio lleno de pensamiento
que ya casi no existe en el mundo moderno.

A veces escribo allí durante horas.
Observo a estudiantes, ancianos, lectores solitarios,
y pienso que todavía quedan lugares
donde la inteligencia no es una mercancía.

Madrid afuera corre.
El Ateneo, en cambio, permanece.

Y quizá la verdadera cultura sea eso:
un pequeño lugar donde el tiempo todavía respeta a los libros.

Voy cada día a la biblioteca, hace décadas y, la verdad, casi nadie, por no decir nadie, lee libros. Ordenadores, periódicos, móviles, estudiantes en mesas con trabajos de escuela... Pero leyendo, casi nadie.

Estamos en un tiempo jodido, muy jodido para la cultura, y los libros. Por mucho que digan que se venden más libros ahora. Se compran para aparentar, como el día de Sant Jordi aquí. Luego los regalan o los esconden, pero no los leen. Más de quinientos regalé a cáritas (recogidos de las puertas de la biblioteca).

Saludos cordiales.
 
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Paso casi todos los días por el Ateneo de Madrid.
Entro despacio, como quien entra a una iglesia construida para las ideas.

En su biblioteca el ruido de la ciudad desaparece.
Sólo quedan las lámparas antiguas,
las páginas moviéndose lentamente
y ese silencio lleno de pensamiento
que ya casi no existe en el mundo moderno.

A veces escribo allí durante horas.
Observo a estudiantes, ancianos, lectores solitarios,
y pienso que todavía quedan lugares
donde la inteligencia no es una mercancía.

Madrid afuera corre.
El Ateneo, en cambio, permanece.

Y quizá la verdadera cultura sea eso:
un pequeño lugar donde el tiempo todavía respeta a los libros.
Un hermoso poema, Petrikov. Como dice Évano, es duro ver cómo la cultura retrocede y, aunque si bien parece que se lee más, es usada como una herramienta comercial, literatura barata y cada vez más fácil y banal...
Un saludete,
Samuel
 
Paso casi todos los días por el Ateneo de Madrid.
Entro despacio, como quien entra a una iglesia construida para las ideas.

En su biblioteca el ruido de la ciudad desaparece.
Sólo quedan las lámparas antiguas,
las páginas moviéndose lentamente
y ese silencio lleno de pensamiento
que ya casi no existe en el mundo moderno.

A veces escribo allí durante horas.
Observo a estudiantes, ancianos, lectores solitarios,
y pienso que todavía quedan lugares
donde la inteligencia no es una mercancía.

Madrid afuera corre.
El Ateneo, en cambio, permanece.

Y quizá la verdadera cultura sea eso:
un pequeño lugar donde el tiempo todavía respeta a los libros.
La cultura tiene ese espacio donde el tiempo honra a los libros.

Saludos
 

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