James Daniela
Poeta recién llegado
No hay reemplazos. No hay relevos.
La ausencia deja huecos negros que son difíciles de pintar.
Las voces mudas y el sonido sordo de la huida deja en ti huellas rotas, vacíos inhóspitos en tu pobre andar.
No hay suplencia. No hay cambiar.
Hay miradas llenas que no se pueden suplantar.
Y ese azabache oscuro que en tu corazón queda, no se puede pintar, ni aclarar. Aunque busques acuarelas, aunque busques el mar, nada se cambia, nada se olvida.
Y ahí te encuentras, y no por primera vez. Frente a un cofre familiar, uno que ya habías visto en tus anteriores dejavus.
Y otra vez ese corto espacio de tiempo se vuelve lento y denso. Muy tedioso, otra vez.
Encuentras pequeñas gotas amenazando con empapar tus ojos. Tus manos temblorosas se abrazan fuerte tratando de recordar como era sostener la suya. Sostener su mano otra vez.
Un cofre, si. Porque en los cofres se guarda el oro, el brillo, el valor.
Y todo ese precio la tierra se lo traga.
Cubre lentamente con su cuerpo negro todo ese esplendor.
Y el oro ya no esta. El oro partió.
El tiempo se disuelve en la arena y aun así entiendo que no hay relevos. Es que nunca lo habrá.
Porque nadie se reemplaza, nada es igual.
Marcas ineludibles, huellas que siempre recordarás.
Los huecos quedan huecos, y las voces sordas nunca gritaran.
El vuelo con el viento, brisa tuya que alcanzar.
La ausencia deja huecos negros que son difíciles de pintar.
Las voces mudas y el sonido sordo de la huida deja en ti huellas rotas, vacíos inhóspitos en tu pobre andar.
No hay suplencia. No hay cambiar.
Hay miradas llenas que no se pueden suplantar.
Y ese azabache oscuro que en tu corazón queda, no se puede pintar, ni aclarar. Aunque busques acuarelas, aunque busques el mar, nada se cambia, nada se olvida.
Y ahí te encuentras, y no por primera vez. Frente a un cofre familiar, uno que ya habías visto en tus anteriores dejavus.
Y otra vez ese corto espacio de tiempo se vuelve lento y denso. Muy tedioso, otra vez.
Encuentras pequeñas gotas amenazando con empapar tus ojos. Tus manos temblorosas se abrazan fuerte tratando de recordar como era sostener la suya. Sostener su mano otra vez.
Un cofre, si. Porque en los cofres se guarda el oro, el brillo, el valor.
Y todo ese precio la tierra se lo traga.
Cubre lentamente con su cuerpo negro todo ese esplendor.
Y el oro ya no esta. El oro partió.
El tiempo se disuelve en la arena y aun así entiendo que no hay relevos. Es que nunca lo habrá.
Porque nadie se reemplaza, nada es igual.
Marcas ineludibles, huellas que siempre recordarás.
Los huecos quedan huecos, y las voces sordas nunca gritaran.
El vuelo con el viento, brisa tuya que alcanzar.