Amaneces y dejas un rastro turbio en la almohada
que posaste tu rostro ayer antes que yo despierte,
la lluvia vuelve a deshacer al día,
de mi mano que frota mi frente hasta mi pelo,
cae la precisa representación de la soledad,
y desde la ventana se ven las gotas chocar contra el suelo,
como millones de lágrimas absurdas por una sola ausencia,
callo lo que habría dicho y me vuelvo contra una silla
que tan solo me espera para que me ausente en ella,
el viento ronda tratando de derribar lo iderrivable,
y la tarde pasa tan inadvertida ante mis ojos abiertos ciegamente,
como inadvertida pasa la muerte para alguien ya muerto,
y en la ausencia que se volcó como una botella,
en un rincón el día cae rendido frente al ingobernable manto negro.