BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Secaron mi corazón,
con demandas y divorcios
con secuestros y alevosías
con denuedos y misteriosos
ojos de fantasma alquilados
a la enésima ocasión.
Secaron mi derrota
la fragua de mis vientos,
la consecuencia de mis actos
y mentí, mentí, hasta desaparecer
del mapa ocurrente.
Fui pintor de brocha gorda
en los aposentos del rey Augusto,
transmuté el oro del Midas
en cartones de mendigo, fui
corista de revista en los pasadizos
de la Reina de Saba.
Con el corazón arruinado
visité los lagares de Al Andalus,
quebrantando las leyes de abstinencia
y fomentando entre bandidos la carestía
de los insultos a las autoridades cívicas.
Contemplé amaneceres, disoluto y barbado
estuve en las lejanías del santo sepulcro, invadiendo
con honestidad los palacios profanados del buen
Dios, en singular.
Rimas y leyendas, después, y oscuros
santos y mentiras más tarde, dictaminaron,
a los ojos de cualquiera, que las rameras
y las meretrices, no eran buenas compañías.
Tuve mi celo profesional, guardé los alimentos,
obtuve el sonido claro del violonchelo justo
cuando el río sonaba más alto y fuerte.
De naderías en el Corte Inglés, y de contrabando
en las perfumerías, fui alcarreño desmedido y protagonista,
sin fe ni guardarropías eternas.
No conquisté títulos ni obligaciones perentorias,
mi vida se esfumaba entre cuartos alquilados, y protestas
programadas, disipándose entre amuletos y cabelleras
de viejas, las angustias de mi amor energúmeno.
©
con demandas y divorcios
con secuestros y alevosías
con denuedos y misteriosos
ojos de fantasma alquilados
a la enésima ocasión.
Secaron mi derrota
la fragua de mis vientos,
la consecuencia de mis actos
y mentí, mentí, hasta desaparecer
del mapa ocurrente.
Fui pintor de brocha gorda
en los aposentos del rey Augusto,
transmuté el oro del Midas
en cartones de mendigo, fui
corista de revista en los pasadizos
de la Reina de Saba.
Con el corazón arruinado
visité los lagares de Al Andalus,
quebrantando las leyes de abstinencia
y fomentando entre bandidos la carestía
de los insultos a las autoridades cívicas.
Contemplé amaneceres, disoluto y barbado
estuve en las lejanías del santo sepulcro, invadiendo
con honestidad los palacios profanados del buen
Dios, en singular.
Rimas y leyendas, después, y oscuros
santos y mentiras más tarde, dictaminaron,
a los ojos de cualquiera, que las rameras
y las meretrices, no eran buenas compañías.
Tuve mi celo profesional, guardé los alimentos,
obtuve el sonido claro del violonchelo justo
cuando el río sonaba más alto y fuerte.
De naderías en el Corte Inglés, y de contrabando
en las perfumerías, fui alcarreño desmedido y protagonista,
sin fe ni guardarropías eternas.
No conquisté títulos ni obligaciones perentorias,
mi vida se esfumaba entre cuartos alquilados, y protestas
programadas, disipándose entre amuletos y cabelleras
de viejas, las angustias de mi amor energúmeno.
©