Ave Gar
Poeta recién llegado
Esta mañana caían autos
de lujo.
Llovían partiendo cabezas
de niños, ancianos y otros.
Las casas de madera
destruidas dejaban
a vista baños abiertos
y cocinas explosivas.
También los mares se llenaban
de cientos de carros,
rojos, verdes y metálicos.
No cayó ninguna moto.
Caían autos sobre nuestras gorras
y morían transeúntes en
Plaza Pizarro donde solía
vender mis sueños.
Todos los autos destruidos
dejaban humo, asfixia y
cadáveres incontables.
Quién pidió este deseo.
Algún dios se apiadó
o tal vez las nubes de autos
perdieron peso y se largaron
en los vientos del norte.
Muchos niños sin abrazos
lloraban sin camino ni rumbo,
entonces me acercaba
para atenderles en lo posible.
Y otros niños se acercaban
y otras multitudes lloraban,
pero era difícil llorar sin
respuesta ni calma.
Esta mañana llovieron autos
en la ciudad más pobre
y los autos de las calles
estaban destruidos, explotados.
La humareda engulló
los rostros, sin sirenas que sonasen
ni ruedas que corriesen.
Perdí todo
de lujo.
Llovían partiendo cabezas
de niños, ancianos y otros.
Las casas de madera
destruidas dejaban
a vista baños abiertos
y cocinas explosivas.
También los mares se llenaban
de cientos de carros,
rojos, verdes y metálicos.
No cayó ninguna moto.
Caían autos sobre nuestras gorras
y morían transeúntes en
Plaza Pizarro donde solía
vender mis sueños.
Todos los autos destruidos
dejaban humo, asfixia y
cadáveres incontables.
Quién pidió este deseo.
Algún dios se apiadó
o tal vez las nubes de autos
perdieron peso y se largaron
en los vientos del norte.
Muchos niños sin abrazos
lloraban sin camino ni rumbo,
entonces me acercaba
para atenderles en lo posible.
Y otros niños se acercaban
y otras multitudes lloraban,
pero era difícil llorar sin
respuesta ni calma.
Esta mañana llovieron autos
en la ciudad más pobre
y los autos de las calles
estaban destruidos, explotados.
La humareda engulló
los rostros, sin sirenas que sonasen
ni ruedas que corriesen.
Perdí todo