dilia.calderas
Poeta que considera el portal su segunda casa
"La razón de la sinrazón que a mí razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura". Expresión que Don Miguel de Cervantes puso en labios de Don Quijote de La Mancha, obra extraordinaria, mediante la cual transmite un mensaje al mundo, a futuras generaciones, en virtud del encarcelamiento que sufrió en esa época y con motivo de las guerras que observaba, habiendo tenido que enfrentarse él mismo en la "Batalla de Lepanto", guerra en la que perdió su brazo izquierdo.
Si analizamos ésta expresión y comparamos los acontecimientos históricos hasta nuestra era, podríamos concluir lo siguiente: La razón de la sinrazón, que en nuestras mentes, razón se hace, de tal manera a nuestra razón enflaquece, pues no apreciamos lo verdaderamente bello. ¿Por qué vemos razón en la sinrazón de la guerra?, ¿por qué vemos razón en la sinrazón del desprecio y la injusticia?, ¿por qué vemos razón en tantas cosas banales, con las que no satisfacemos nuestro espíritu ni desarrollamos facultades para ampliar nuestros pensamientos?.
Analicemos pues las aventuras de Don Quijote.
AVENTURAS DE DON QUIJOTE
¿Habías leído tú a Cervantes,
en Don Quijote, el manchiego?;
magistral obra y contrastes,
de la España que aún se ensancha,
si se une a Sancho Panza,
del Quijote, su escudero.
Con tenacidad y atino,
Cervantes imprime humor fino,
al Quijote caballero peregrino,
que, en constante desatino,
se ubica en espacio y tiempo antiguo,
embuyéndose en los libros;
al grado de imaginar,
que en aquel mundo mezquino,
todo lo podía arreglar;
loco, se aprecia en su andar.
El Quijote aventurero,
llamado Alonso Quijano,
vendió Hanegas de sembrados,
cuando, obseso en su manía,
libros de caballería,
le dio por comprar, hermanos.
De tantos libros que compró,
uno, demás le interesó,
el de Silva Feliciano;
perlas veía en su razón,
además del desafío,
sintiendo hasta desvarío,
y fervor en su corazón,
pues lectura le enternece:
La razón de la sinrazón que a
mi razón se hace, de tal manera
mi razón enflaquece, que con
razón me quejo de la vuestra
fermosura.
También lee con premura,
apreciando con deidad,
el verso que en realidad,
ya en su cabeza radica,
y locura a su juicio aplica:
los altos cielos que de vuestra
divinidad divinamente con las
estrellas os fortifica, y os hacen
merecedora del merecimiento que
merece la vuestra grandeza.
Y es así como comienza,
con loca imaginación,
a procrear con decisión,
y espíritu de grandeza,
el camino que allí empieza,
por justicia y equidad;
veamos que pasó en verdad:
Armado de caballero,
llamó a rocín: rocinante,
su caballo compañero.
Con gran apresto y esmero.
Iría a desfacer agravios,
y a enderezar los entuertos,
que pensó habían bastantes,
procediendo cuanto antes,
a cambiar su nombre feliz.
Optó en llamarse Quijote,
e inspirado en Amadís,
que de Gaula, formó su nombre,
tomó entonces "De La Mancha",
de su Patria, el sobrenombre.
Pensó que sin hermosa dama,
de quien pudiese enamorarse,
no sería caballero andante,
pues quería importancia, fama,
e invocarle en sus combates.
Cerca vivía labradora,
llamada Aldonza Lorenzo,
princesa y gran señora,
que imaginó en su pensamiento,
y nombre le dio con gozo:
Dulcinea del Toboso,
porque Toboso era su pueblo.
El mes de julio marchó,
preparado con sus armas,
en su rocín rocinante,
galgo corredor y adarga.
De nadie se despidió;
salió por corral, con lanza,
y todo el día cabalgó,
pensando en castillos grandes,
y en rebaños con pastores,
hasta anochecer con hambre.
Cuando en venta, Castillo vio,
pensó en alcázares de redención
y entró a recibir atención;
pero en la puerta dos mozas,
las que pensó eran doncellas,
llenas de miedo esquivaban,
al verle armado ante ellas,
porque hasta cara tapó.
Quijote presto les dijo,
no fuyan vuestras mercedes,
ni teman desaguisado,
procurando así entenderse;
que por orden de caballería,
no les haría algún daño,
pues eran altas doncellas.
Provocando risa en ellas,
por tal cambio en profesión,
tuvo que dar explicación:
por no observar mal talante,
que el suyo era el de serviros.
Pero en risas, no hubo giros,
y por suerte llegó el ventero,
que al verle en fachas armadas,
acompañó a las doncellas;
temiendo ver máquina ante ellas,
sentó al Quijote en la puerta,
a la entrada de la venta.
El peor cocido, bacallao,
y el pan más negro y mugriento,
fue el plato al que le invitaron;
pero por celada y visera,
no podía comer bocado,
hasta que una de las damas,
procuró este menester;
más, para darle a beber,
el ventero horadó caña,
y puesto cabo en la boca,
le echaba el vino con maña;
Quijote paciente cuidaba,
las cintas de su celada.
Llegó un castrador de puercos,
sonó un silbato de caña,
por lo que aún más, Quijote,
en Castillo pensó que estaba,
con música, pan candeal,
un ventero castellano,
y también rameras damas.
Aunque fatiga tenía,
quería armarse caballero,
legitimidad que debía,
para entrar de aventurero.
Se adentró en caballería,
arrodillado ante el ventero,
pidiéndole que le armase,
al día siguiente caballero,
y el ventero, socarrero,
eligió seguirle el juego.
Velar sus armas debía,
durante toda la noche,
metidas en una pila;
pero sucedió que arriero,
dar agua quiso a su recua,
cuando la luna salía,
quitar las armas debía,
para utilizar la pila.
¡Oh tú, quienquiera que seas,
atrevido caballero,
que llegas a tocar las armas,
del más valeroso andante,
que jamás se ciñó espada,
mira lo que haces y no toques,
si no quieres dejar vida,
en pago de atrevimiento.
Lo que no atendió el arriero,
arrojándolas gran trecho,
y Quijote miró al cielo,
creyendo ver a Dulcinea:
Acorredme, señora mía,
dijo, en su afrenta primera,
que a vuestro avasallado pecho,
le ofrecía, y no desfalleciera,
en ese, su primer trance.
Preparado para el lance,
soltó adarga y alzó lanza,
dando en la cabeza a arriero,
derribándole en el suelo.
Llegaba un nuevo arriero,
para dar agua a sus mulas,
no sabiendo del otro arriero.
Quijote sin medir palabra,
soltó de nuevo la adarga,
y sin volver lanza en pedazos,
cabeza en cuatro abrió al arriero,
por lo que gente y ventero,
llegaron a ligeros pasos.
Quijote embrazó su adarga,
y puesta mano en su espada,
esbozó con gran dulzura:
¡Oh señora de la fermosura,
esfuerzo y vigor del debilitado
corazón mío!
ya era tiempo, le dijo,
de volver sus ojos de grandeza,
sobre él, cautivo caballero,
que aventura estaba atendiendo.
Los compañeros de heridos,
piedras lanzaban al Quijote,
quien protegíase con adarga,
sin desamparar sus armas;
y el ventero les decía,
que le dejasen por loco,
pues por loco, se libraría.
Optaba luego el ventero,
por armarle caballero;
un libro, por paja y cebada
de sus cuentas con arrieros,
utilizó con esmero;
tomó vela de un muchacho,
y en compañía de las doncellas,
cual manual, leyó oración.
En mitad de la leyenda,
alzó mano y dio en el cuello,
golpe con la misma espada,
y un gentil espaldarazo,
a Don Quijote, el manchiego.
Doncella ciñó la espada,
utilizando discreción,
para no entrar en la risa,
diciendo luego con prisa:
Dios haga a vuestra merced
muy venturoso caballero
y le de ventura en lides.
Terminada ceremonia,
Quijote agradeció al ventero,
por armarle caballero,
ensillando a rocinante.
El ventero, ya campante,
también respondía las suyas,
sin pedir costa en posada,
por que se fuese sin bullas.
Feliz estaba Quijote,
como caballero armado,
más en consejos de un huésped,
con detenimiento pensaba,
en prevenciones necesarias,
que debía llevar consigo:
los dineros, las camisas,
y un escudero, le dijo;
por lo que volvió a su casa,
pensando en labrador vecino,
que era pobre y con hijos.
Iba camino a su casa,
en su corcel rocinante,
cuando avistó un labrador,
que en camino al criado golpease,
por lo que le obligó a soltarle;
el labrador, al ya no observarle,
de nuevo arremetió con palos,
contra el criado, y sin pararle.
Mercaderes toledanos,
luego, irritando con burlas,
continúan intimidándole;
él arremete con palos,
y terminan apaleándole,
hasta que, ya sin moverse,
piensa en remedio ordinario,
que había estudiado en un libro:
el llamado Valdovinos,
de aquel, el Marqués de Mantua,
herido por Carlota en Montiña;
historia sabida por niños;
ignorada por los mozos
y por los viejos creida.
Dando vueltas en la tierra,
Quijote aliento cogía,
y recordando versos decía:
¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal!;
pero, al llegar a este verso,
se acercaba un labrador,
vecino de su mismo lugar,
que traía trigo al molino.
Al ver al hombre tendido,
preguntó ¿qué mal sentía?,
y Don Quijote creía,
ver al marqués Mantua, el tío,
por lo que no respondía,
continuando su romance,
en fase: "hijo de Emperante".
El labrador admirado,
oyendo los disparates,
decidió quitarle visera,
y una vez limpiado el rostro,
le reconoció y le dijo:
señor Quijana, ¿Quién le ha puesto
a vuestra merced desta suerte?;
pero él seguía su romance,
a cuanto le preguntaba,
por lo que el labrador optaba,
montarle en su caballo,
recogiendo armas y astillas,
sobre lomo de rocinante,
a quien tomó por las riendas,
encaminándose al pueblo
y oyendo más disparates.
Llegó a casa del Quijote,
y la encontró alborotada,
hallábanse el cura y barbero,
que eran sus grandes amigos.
Oyó que su ama expresaba,
al cura llamado Pérez,
desgracia de su señor,
que en tres días no aparecía,
ni con el rocín, la adarga,
con la lanza ni las armas;
aduciendo que los libros,
le hicieron perder el juicio.
El cura le aconsejaba,
quemarle pronto los libros,
para no dar ocasión,
de hacer esto a sus amigos.
Lleváronle hacia la cama,
y al catarle las heridas,
no le encontraron ninguna;
él explicó que a caballo,
combatió con diez jayanes;
que solo era molimiento.
Quemados, y amurallado,
el aposento de libros,
por consejos de cura y barbero,
quitaban causa y efecto,
planificando plan completo,
para cuando los pidiese,
que dijesen, de aposento,
encantador los había llevado,
lo que hicieron con agrado,
cuando los pidió, por supuesto:
no hay aposento, ni libros,
explicaba así su ama,
todo se ha llevado el diablo;
y la sobrina, ayudando,
le dijo que sobre "sierpe",
caballero entró a aposento,
no se supo que hizo dentro,
dejó humo y salió volando;
luego no vieron más libros,
ni tampoco el aposento:
que era el sabio Muñatón;
Frestón, respondió Quijote;
no se si Frestón o Fritón,
respondía entonces su ama;
acababa en tón su nombre.
Así es, dijo Don Quijote,
grande el enemigo mío,
que me tiene ojeriza.
Procedió también a decir,
que por sus artes y letras,
sabía tenía que venir,
andando tiempos, a pelear,
en batalla con caballero,
a quien él favorecía
y le tenía que vencer,
sin que él pudiera estorbar;
por ello los sinsabores;
mal podría contradecir,
ni tampoco evitar,
lo ordenado por el cielo.
Quince días estuvo en casa,
en graciosísimos cuentos,
con el cura y el barbero:
que el mundo necesidad tenía
de caballeros andantes,
y de que él les resucitase.
El cura contradecía,
pero otras veces, concedía,
para entenderse con él.
Sucedió que Don Quijote,
llamó a labrador vecino,
que poca sal tenía en mollera,
por ser pobre, ese era el título.
Tanto dijo y prometió,
que el pobre determinó,
salir con él y servirle.
Hincapié le hacia Quijote,
que si aventuras ganasen,
Ínsula a él le dejase
y gobernador sería;
Sancho Panza, se llamaba;
mujer con hijos dejaba
y a su vecino seguía.
Malbaratando, vendiendo
y empeñando muchas cosas,
acomodóse una rodela,
que pidió prestada a amigo;
pertrechó luego celada,
avisando a su escudero,
para ponerse en camino;
le encargó, llevase alforjas,
y lo que fuere menester.
Sancho dijo llevar asno,
porque aún no estaba ducho,
pues andaba de a pie mucho;
y Don Quijote pensaba,
si algún caballero andante,
traído como escudero,
había andado asnalmente;
no recordando en su memoria,
aceptó que le llevase,
pues si descortés caballero topasen,
le quitaría el caballo.
Provellóse de camisas
y demás cosas que pudo,
según como dijo el ventero;
y ya de noche con Panza,
sin despedir ama y sobrina,
ni Panza, mujer e hijos,
emprendieron su camino.
Tanto y tanto caminaron,
hasta estar por fin seguros,
de que ya no les buscaban;
Sancho, entre tanto pensaba,
en su Isla, sobre el jumento;
con sus alforjas y botas,
veíase como patriarca.
Treinta o cuarenta molinos,
avistaron en un campo;
Quijote le dijo a Sancho,
ser desaforados gigantes,
que él enfrentaría en batalla,
y vidas, quería quitarles;
se enriquecerían con despojos,
quitando mala simiente,
sobre la faz de la tierra.
¿Qué gigantes? dijo Panza,
y Quijote respondió:
aquellos de brazos largos,
algunos de casi dos leguas.
Dijo Sancho a su merced,
que aquellos no eran gigantes,
sino molinos de viento;
que sus brazos eran aspas,
las que volteadas por viento,
hacían andar piedra de molino.
Respondióle Don Quijote,
no estar cursado en aventuras;
gigantes eran, y que se quitase,
pues fiera y desigual batalla,
enfrentaría con ellos.
Espoleando a rocinante,
sin atender voz de Sancho,
que prevenía, eran molinos,
decía Quijote: ¡Non fuyades, cobardes!,
viles criaturas, procedió a tildarles,
un solo caballero os acomete;
y Sancho Panza, no se mete.
Aspas comienzan a moverse,
por el viento, su meneo,
a lo que el Quijote dijo:
Pues aunque mováis más brazos
que los del gigante Brareo,
me lo habéis de pagar;
pasó luego a encomendar,
batalla a su Dulcinea;
que le socorriése en trance.
Lanza en ristre, sobre rocinante,
y cubierto por rodela,
embistió al primer molino,
dando lanzada en el aspa;
viento, la volvió con furia,
haciendo lanza pedazos,
y el caballo, y caballero,
rodaron maltrechos por campo.
Acudiendo, Sancho Panza,
le socorrió con su asno,
pues el amo no se meneaba;
¡Valame Dios! dijo Sancho,
¿No le dije yo a vuestra merced,
que mirase bien lo que hacía,
que no eran sino molinos de
viento, y no lo podía ignorar
sino quien llevase otros tales
en la cabeza?
Calla, respondió el Quijote,
que las cosas de la guerra,
más que otras están sujetas
a la continua mudanza;
dijo, mientras más pensaba,
que como Frestón robó aposento,
llevándose todos sus libros,
volvió gigantes en molinos,
quitando gloria al vencimiento,
porque enemistad tenían;
poco podrían malas artes,
contra bondad de su espada.
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Si analizamos ésta expresión y comparamos los acontecimientos históricos hasta nuestra era, podríamos concluir lo siguiente: La razón de la sinrazón, que en nuestras mentes, razón se hace, de tal manera a nuestra razón enflaquece, pues no apreciamos lo verdaderamente bello. ¿Por qué vemos razón en la sinrazón de la guerra?, ¿por qué vemos razón en la sinrazón del desprecio y la injusticia?, ¿por qué vemos razón en tantas cosas banales, con las que no satisfacemos nuestro espíritu ni desarrollamos facultades para ampliar nuestros pensamientos?.
Analicemos pues las aventuras de Don Quijote.
AVENTURAS DE DON QUIJOTE
¿Habías leído tú a Cervantes,
en Don Quijote, el manchiego?;
magistral obra y contrastes,
de la España que aún se ensancha,
si se une a Sancho Panza,
del Quijote, su escudero.
Con tenacidad y atino,
Cervantes imprime humor fino,
al Quijote caballero peregrino,
que, en constante desatino,
se ubica en espacio y tiempo antiguo,
embuyéndose en los libros;
al grado de imaginar,
que en aquel mundo mezquino,
todo lo podía arreglar;
loco, se aprecia en su andar.
El Quijote aventurero,
llamado Alonso Quijano,
vendió Hanegas de sembrados,
cuando, obseso en su manía,
libros de caballería,
le dio por comprar, hermanos.
De tantos libros que compró,
uno, demás le interesó,
el de Silva Feliciano;
perlas veía en su razón,
además del desafío,
sintiendo hasta desvarío,
y fervor en su corazón,
pues lectura le enternece:
La razón de la sinrazón que a
mi razón se hace, de tal manera
mi razón enflaquece, que con
razón me quejo de la vuestra
fermosura.
También lee con premura,
apreciando con deidad,
el verso que en realidad,
ya en su cabeza radica,
y locura a su juicio aplica:
los altos cielos que de vuestra
divinidad divinamente con las
estrellas os fortifica, y os hacen
merecedora del merecimiento que
merece la vuestra grandeza.
Y es así como comienza,
con loca imaginación,
a procrear con decisión,
y espíritu de grandeza,
el camino que allí empieza,
por justicia y equidad;
veamos que pasó en verdad:
Armado de caballero,
llamó a rocín: rocinante,
su caballo compañero.
Con gran apresto y esmero.
Iría a desfacer agravios,
y a enderezar los entuertos,
que pensó habían bastantes,
procediendo cuanto antes,
a cambiar su nombre feliz.
Optó en llamarse Quijote,
e inspirado en Amadís,
que de Gaula, formó su nombre,
tomó entonces "De La Mancha",
de su Patria, el sobrenombre.
Pensó que sin hermosa dama,
de quien pudiese enamorarse,
no sería caballero andante,
pues quería importancia, fama,
e invocarle en sus combates.
Cerca vivía labradora,
llamada Aldonza Lorenzo,
princesa y gran señora,
que imaginó en su pensamiento,
y nombre le dio con gozo:
Dulcinea del Toboso,
porque Toboso era su pueblo.
El mes de julio marchó,
preparado con sus armas,
en su rocín rocinante,
galgo corredor y adarga.
De nadie se despidió;
salió por corral, con lanza,
y todo el día cabalgó,
pensando en castillos grandes,
y en rebaños con pastores,
hasta anochecer con hambre.
Cuando en venta, Castillo vio,
pensó en alcázares de redención
y entró a recibir atención;
pero en la puerta dos mozas,
las que pensó eran doncellas,
llenas de miedo esquivaban,
al verle armado ante ellas,
porque hasta cara tapó.
Quijote presto les dijo,
no fuyan vuestras mercedes,
ni teman desaguisado,
procurando así entenderse;
que por orden de caballería,
no les haría algún daño,
pues eran altas doncellas.
Provocando risa en ellas,
por tal cambio en profesión,
tuvo que dar explicación:
por no observar mal talante,
que el suyo era el de serviros.
Pero en risas, no hubo giros,
y por suerte llegó el ventero,
que al verle en fachas armadas,
acompañó a las doncellas;
temiendo ver máquina ante ellas,
sentó al Quijote en la puerta,
a la entrada de la venta.
El peor cocido, bacallao,
y el pan más negro y mugriento,
fue el plato al que le invitaron;
pero por celada y visera,
no podía comer bocado,
hasta que una de las damas,
procuró este menester;
más, para darle a beber,
el ventero horadó caña,
y puesto cabo en la boca,
le echaba el vino con maña;
Quijote paciente cuidaba,
las cintas de su celada.
Llegó un castrador de puercos,
sonó un silbato de caña,
por lo que aún más, Quijote,
en Castillo pensó que estaba,
con música, pan candeal,
un ventero castellano,
y también rameras damas.
Aunque fatiga tenía,
quería armarse caballero,
legitimidad que debía,
para entrar de aventurero.
Se adentró en caballería,
arrodillado ante el ventero,
pidiéndole que le armase,
al día siguiente caballero,
y el ventero, socarrero,
eligió seguirle el juego.
Velar sus armas debía,
durante toda la noche,
metidas en una pila;
pero sucedió que arriero,
dar agua quiso a su recua,
cuando la luna salía,
quitar las armas debía,
para utilizar la pila.
¡Oh tú, quienquiera que seas,
atrevido caballero,
que llegas a tocar las armas,
del más valeroso andante,
que jamás se ciñó espada,
mira lo que haces y no toques,
si no quieres dejar vida,
en pago de atrevimiento.
Lo que no atendió el arriero,
arrojándolas gran trecho,
y Quijote miró al cielo,
creyendo ver a Dulcinea:
Acorredme, señora mía,
dijo, en su afrenta primera,
que a vuestro avasallado pecho,
le ofrecía, y no desfalleciera,
en ese, su primer trance.
Preparado para el lance,
soltó adarga y alzó lanza,
dando en la cabeza a arriero,
derribándole en el suelo.
Llegaba un nuevo arriero,
para dar agua a sus mulas,
no sabiendo del otro arriero.
Quijote sin medir palabra,
soltó de nuevo la adarga,
y sin volver lanza en pedazos,
cabeza en cuatro abrió al arriero,
por lo que gente y ventero,
llegaron a ligeros pasos.
Quijote embrazó su adarga,
y puesta mano en su espada,
esbozó con gran dulzura:
¡Oh señora de la fermosura,
esfuerzo y vigor del debilitado
corazón mío!
ya era tiempo, le dijo,
de volver sus ojos de grandeza,
sobre él, cautivo caballero,
que aventura estaba atendiendo.
Los compañeros de heridos,
piedras lanzaban al Quijote,
quien protegíase con adarga,
sin desamparar sus armas;
y el ventero les decía,
que le dejasen por loco,
pues por loco, se libraría.
Optaba luego el ventero,
por armarle caballero;
un libro, por paja y cebada
de sus cuentas con arrieros,
utilizó con esmero;
tomó vela de un muchacho,
y en compañía de las doncellas,
cual manual, leyó oración.
En mitad de la leyenda,
alzó mano y dio en el cuello,
golpe con la misma espada,
y un gentil espaldarazo,
a Don Quijote, el manchiego.
Doncella ciñó la espada,
utilizando discreción,
para no entrar en la risa,
diciendo luego con prisa:
Dios haga a vuestra merced
muy venturoso caballero
y le de ventura en lides.
Terminada ceremonia,
Quijote agradeció al ventero,
por armarle caballero,
ensillando a rocinante.
El ventero, ya campante,
también respondía las suyas,
sin pedir costa en posada,
por que se fuese sin bullas.
Feliz estaba Quijote,
como caballero armado,
más en consejos de un huésped,
con detenimiento pensaba,
en prevenciones necesarias,
que debía llevar consigo:
los dineros, las camisas,
y un escudero, le dijo;
por lo que volvió a su casa,
pensando en labrador vecino,
que era pobre y con hijos.
Iba camino a su casa,
en su corcel rocinante,
cuando avistó un labrador,
que en camino al criado golpease,
por lo que le obligó a soltarle;
el labrador, al ya no observarle,
de nuevo arremetió con palos,
contra el criado, y sin pararle.
Mercaderes toledanos,
luego, irritando con burlas,
continúan intimidándole;
él arremete con palos,
y terminan apaleándole,
hasta que, ya sin moverse,
piensa en remedio ordinario,
que había estudiado en un libro:
el llamado Valdovinos,
de aquel, el Marqués de Mantua,
herido por Carlota en Montiña;
historia sabida por niños;
ignorada por los mozos
y por los viejos creida.
Dando vueltas en la tierra,
Quijote aliento cogía,
y recordando versos decía:
¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal!;
pero, al llegar a este verso,
se acercaba un labrador,
vecino de su mismo lugar,
que traía trigo al molino.
Al ver al hombre tendido,
preguntó ¿qué mal sentía?,
y Don Quijote creía,
ver al marqués Mantua, el tío,
por lo que no respondía,
continuando su romance,
en fase: "hijo de Emperante".
El labrador admirado,
oyendo los disparates,
decidió quitarle visera,
y una vez limpiado el rostro,
le reconoció y le dijo:
señor Quijana, ¿Quién le ha puesto
a vuestra merced desta suerte?;
pero él seguía su romance,
a cuanto le preguntaba,
por lo que el labrador optaba,
montarle en su caballo,
recogiendo armas y astillas,
sobre lomo de rocinante,
a quien tomó por las riendas,
encaminándose al pueblo
y oyendo más disparates.
Llegó a casa del Quijote,
y la encontró alborotada,
hallábanse el cura y barbero,
que eran sus grandes amigos.
Oyó que su ama expresaba,
al cura llamado Pérez,
desgracia de su señor,
que en tres días no aparecía,
ni con el rocín, la adarga,
con la lanza ni las armas;
aduciendo que los libros,
le hicieron perder el juicio.
El cura le aconsejaba,
quemarle pronto los libros,
para no dar ocasión,
de hacer esto a sus amigos.
Lleváronle hacia la cama,
y al catarle las heridas,
no le encontraron ninguna;
él explicó que a caballo,
combatió con diez jayanes;
que solo era molimiento.
Quemados, y amurallado,
el aposento de libros,
por consejos de cura y barbero,
quitaban causa y efecto,
planificando plan completo,
para cuando los pidiese,
que dijesen, de aposento,
encantador los había llevado,
lo que hicieron con agrado,
cuando los pidió, por supuesto:
no hay aposento, ni libros,
explicaba así su ama,
todo se ha llevado el diablo;
y la sobrina, ayudando,
le dijo que sobre "sierpe",
caballero entró a aposento,
no se supo que hizo dentro,
dejó humo y salió volando;
luego no vieron más libros,
ni tampoco el aposento:
que era el sabio Muñatón;
Frestón, respondió Quijote;
no se si Frestón o Fritón,
respondía entonces su ama;
acababa en tón su nombre.
Así es, dijo Don Quijote,
grande el enemigo mío,
que me tiene ojeriza.
Procedió también a decir,
que por sus artes y letras,
sabía tenía que venir,
andando tiempos, a pelear,
en batalla con caballero,
a quien él favorecía
y le tenía que vencer,
sin que él pudiera estorbar;
por ello los sinsabores;
mal podría contradecir,
ni tampoco evitar,
lo ordenado por el cielo.
Quince días estuvo en casa,
en graciosísimos cuentos,
con el cura y el barbero:
que el mundo necesidad tenía
de caballeros andantes,
y de que él les resucitase.
El cura contradecía,
pero otras veces, concedía,
para entenderse con él.
Sucedió que Don Quijote,
llamó a labrador vecino,
que poca sal tenía en mollera,
por ser pobre, ese era el título.
Tanto dijo y prometió,
que el pobre determinó,
salir con él y servirle.
Hincapié le hacia Quijote,
que si aventuras ganasen,
Ínsula a él le dejase
y gobernador sería;
Sancho Panza, se llamaba;
mujer con hijos dejaba
y a su vecino seguía.
Malbaratando, vendiendo
y empeñando muchas cosas,
acomodóse una rodela,
que pidió prestada a amigo;
pertrechó luego celada,
avisando a su escudero,
para ponerse en camino;
le encargó, llevase alforjas,
y lo que fuere menester.
Sancho dijo llevar asno,
porque aún no estaba ducho,
pues andaba de a pie mucho;
y Don Quijote pensaba,
si algún caballero andante,
traído como escudero,
había andado asnalmente;
no recordando en su memoria,
aceptó que le llevase,
pues si descortés caballero topasen,
le quitaría el caballo.
Provellóse de camisas
y demás cosas que pudo,
según como dijo el ventero;
y ya de noche con Panza,
sin despedir ama y sobrina,
ni Panza, mujer e hijos,
emprendieron su camino.
Tanto y tanto caminaron,
hasta estar por fin seguros,
de que ya no les buscaban;
Sancho, entre tanto pensaba,
en su Isla, sobre el jumento;
con sus alforjas y botas,
veíase como patriarca.
Treinta o cuarenta molinos,
avistaron en un campo;
Quijote le dijo a Sancho,
ser desaforados gigantes,
que él enfrentaría en batalla,
y vidas, quería quitarles;
se enriquecerían con despojos,
quitando mala simiente,
sobre la faz de la tierra.
¿Qué gigantes? dijo Panza,
y Quijote respondió:
aquellos de brazos largos,
algunos de casi dos leguas.
Dijo Sancho a su merced,
que aquellos no eran gigantes,
sino molinos de viento;
que sus brazos eran aspas,
las que volteadas por viento,
hacían andar piedra de molino.
Respondióle Don Quijote,
no estar cursado en aventuras;
gigantes eran, y que se quitase,
pues fiera y desigual batalla,
enfrentaría con ellos.
Espoleando a rocinante,
sin atender voz de Sancho,
que prevenía, eran molinos,
decía Quijote: ¡Non fuyades, cobardes!,
viles criaturas, procedió a tildarles,
un solo caballero os acomete;
y Sancho Panza, no se mete.
Aspas comienzan a moverse,
por el viento, su meneo,
a lo que el Quijote dijo:
Pues aunque mováis más brazos
que los del gigante Brareo,
me lo habéis de pagar;
pasó luego a encomendar,
batalla a su Dulcinea;
que le socorriése en trance.
Lanza en ristre, sobre rocinante,
y cubierto por rodela,
embistió al primer molino,
dando lanzada en el aspa;
viento, la volvió con furia,
haciendo lanza pedazos,
y el caballo, y caballero,
rodaron maltrechos por campo.
Acudiendo, Sancho Panza,
le socorrió con su asno,
pues el amo no se meneaba;
¡Valame Dios! dijo Sancho,
¿No le dije yo a vuestra merced,
que mirase bien lo que hacía,
que no eran sino molinos de
viento, y no lo podía ignorar
sino quien llevase otros tales
en la cabeza?
Calla, respondió el Quijote,
que las cosas de la guerra,
más que otras están sujetas
a la continua mudanza;
dijo, mientras más pensaba,
que como Frestón robó aposento,
llevándose todos sus libros,
volvió gigantes en molinos,
quitando gloria al vencimiento,
porque enemistad tenían;
poco podrían malas artes,
contra bondad de su espada.
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