No me duelo porque pudiste podar los cardos
que pueblan el jardín de
mis tristezas o permanecer
conmigo en el terror y la
delicia, como una postal
del futuro. Porque preferiste
retroceder y no avanzar,
dibujar un búho,
lo vano de tu roce.
Sino porque quise sembrar
la fruta de mis sueños
en tus muslos
y un presente antes de
que ocurra, porque pude
dejar de inclinarme
por el peso de mi alma.
No me duelo porque
lo único real fue
tu boca en otra boca,
la esperanza así de ciega
que tropezaba con tu voz
y se perdía, cuando
te encontraba en la resaca
de las mañanas.
Sino porque quise comprar
ese dolor que no querías;
pero te dañaba más la felicidad.
Porque me acordaré del ruido
de tus dedos impacientes,
la tijera que solloza tu distancia,
tu rito de usar y botar.
Del miedo a perderte que
ya no me cabe en el bolsillo,
de esa soledad en mi alma
que ya no se paga
con monedas falsas.
Pues todo se cumple según
sus causas: Soy como
aquel que se cae porque ha
roto sus muletas,
un lápiz que traza el recorrido
de la desesperación,
un papel que espera lágrimas,
una oración de ateo, una
herida más mental que física,
una campana en la iglesia
del olvido, una oscuridad
debajo de la cama.
Y es mejor no creer en el
Salmo que canta erratas
y busca otra religión.
La geometría de otros senos
quizá no sea el refugio,
el ángelus, la última cena
donde coma de mi cuerpo
el destino.
El diluvio que me llene de
tus gestos sin Hola que
darme, la paloma que
regrese con una rama
del lugar donde no podamos
estar juntos.
Yo no quería algo tuyo;
sólo compartir calles,
lo barato y las miradas.
Simplemente ver
ese párpado que se cierra
junto al mío, tener esas
pequeñas maravillas que
se esconden en la orilla
de tu boca, lograr ese
fuego griego para la
gesta de nuestro ejército.
Y que siempre sea
diecinueve de Febrero.
que pueblan el jardín de
mis tristezas o permanecer
conmigo en el terror y la
delicia, como una postal
del futuro. Porque preferiste
retroceder y no avanzar,
dibujar un búho,
lo vano de tu roce.
Sino porque quise sembrar
la fruta de mis sueños
en tus muslos
y un presente antes de
que ocurra, porque pude
dejar de inclinarme
por el peso de mi alma.
No me duelo porque
lo único real fue
tu boca en otra boca,
la esperanza así de ciega
que tropezaba con tu voz
y se perdía, cuando
te encontraba en la resaca
de las mañanas.
Sino porque quise comprar
ese dolor que no querías;
pero te dañaba más la felicidad.
Porque me acordaré del ruido
de tus dedos impacientes,
la tijera que solloza tu distancia,
tu rito de usar y botar.
Del miedo a perderte que
ya no me cabe en el bolsillo,
de esa soledad en mi alma
que ya no se paga
con monedas falsas.
Pues todo se cumple según
sus causas: Soy como
aquel que se cae porque ha
roto sus muletas,
un lápiz que traza el recorrido
de la desesperación,
un papel que espera lágrimas,
una oración de ateo, una
herida más mental que física,
una campana en la iglesia
del olvido, una oscuridad
debajo de la cama.
Y es mejor no creer en el
Salmo que canta erratas
y busca otra religión.
La geometría de otros senos
quizá no sea el refugio,
el ángelus, la última cena
donde coma de mi cuerpo
el destino.
El diluvio que me llene de
tus gestos sin Hola que
darme, la paloma que
regrese con una rama
del lugar donde no podamos
estar juntos.
Yo no quería algo tuyo;
sólo compartir calles,
lo barato y las miradas.
Simplemente ver
ese párpado que se cierra
junto al mío, tener esas
pequeñas maravillas que
se esconden en la orilla
de tu boca, lograr ese
fuego griego para la
gesta de nuestro ejército.
Y que siempre sea
diecinueve de Febrero.