A veces recuerda su piel canela azabache,
sus montículos de ébano y sus labios carnosos
y aquella sintonía de sonidos cadenciosos
que escuchaba en medio de aquel trueque o cambalache.
Aquellos testigos de madera o cachivaches,
extrañas máscaras de rictus indecorosos
guardarán, en su mutismo, hondos y calumniosos
secretos: los suyos y los de aquel moharrache.
En su ático con escaleras de caracol,
en aquel refugio con tintes de otra cultura,
observó que el engaño es peor que la pasión.
Quizá el viso de la luz se volviera tornasol,
para reflejar con su cambio la honda anchura
que persistió entre ambas lujurias y la razón
sus montículos de ébano y sus labios carnosos
y aquella sintonía de sonidos cadenciosos
que escuchaba en medio de aquel trueque o cambalache.
Aquellos testigos de madera o cachivaches,
extrañas máscaras de rictus indecorosos
guardarán, en su mutismo, hondos y calumniosos
secretos: los suyos y los de aquel moharrache.
En su ático con escaleras de caracol,
en aquel refugio con tintes de otra cultura,
observó que el engaño es peor que la pasión.
Quizá el viso de la luz se volviera tornasol,
para reflejar con su cambio la honda anchura
que persistió entre ambas lujurias y la razón