Kazor
Poeta adicto al portal
Me encontré a la dulce tristeza bailando en mi camino,
le dije que se acercara para poder darle un abrazo,
me miro con esos ojos llenos de locura, me sonrío,
una sonrisa fugitiva y altanera, mientras con dulce compás
daba vueltas y vueltas y yo sentando en la acera mojada,
tire al cielo mi cuaderno, intentaba correr hacia ella,
pero mis pasos eran lentos, sus pasos no rozaban la fertilidad del suelo,
agitado y agotado sucumbió mi esperanza,
mientras ella sonreía y bailaba sin más,
seguro que se reía de mi triste desgracia,
el poder verla y no poder tocarla nunca jamás.
Grite al cielo, a las nubes, a los árboles,
¡Dejar de torturarme versos de una sola noche!
Y ella seguía bailando y la lluvia iba cayendo,
chocando con su cuerpo y salpicando diamantes.
La luna alumbraba como un foco la absurda escena,
yo ebrio como un vagabundo, sin casa y sin acera,
ella, princesa de los cuentos de hadas, tan bellos y tan frágiles,
me hacia sufrir con su incesante aleteo.
Le volví a suplicar que se acercara, que me abrazara o,
que su boca me susurrara un simple adiós,
y ella con aquella sonrisa fugitiva, me dijo,
-Tranquilo, que esta noche son tuyos estos labios.
le dije que se acercara para poder darle un abrazo,
me miro con esos ojos llenos de locura, me sonrío,
una sonrisa fugitiva y altanera, mientras con dulce compás
daba vueltas y vueltas y yo sentando en la acera mojada,
tire al cielo mi cuaderno, intentaba correr hacia ella,
pero mis pasos eran lentos, sus pasos no rozaban la fertilidad del suelo,
agitado y agotado sucumbió mi esperanza,
mientras ella sonreía y bailaba sin más,
seguro que se reía de mi triste desgracia,
el poder verla y no poder tocarla nunca jamás.
Grite al cielo, a las nubes, a los árboles,
¡Dejar de torturarme versos de una sola noche!
Y ella seguía bailando y la lluvia iba cayendo,
chocando con su cuerpo y salpicando diamantes.
La luna alumbraba como un foco la absurda escena,
yo ebrio como un vagabundo, sin casa y sin acera,
ella, princesa de los cuentos de hadas, tan bellos y tan frágiles,
me hacia sufrir con su incesante aleteo.
Le volví a suplicar que se acercara, que me abrazara o,
que su boca me susurrara un simple adiós,
y ella con aquella sonrisa fugitiva, me dijo,
-Tranquilo, que esta noche son tuyos estos labios.