seso
Poeta asiduo al portal
bajo el estreñimiento asolapado de las sombras,
los caminos nunca antes vistos, se despeinan,
y sobreviven mordiéndonos los tobillos,
tan sólo los tobillos, y, a veces,
toda nuestra existencia
suspira la oscuridad
y un silencioso reloj
apenas respira:
es nuestra agonía
alimentándose
de los escombros
y de las sombras.
Yacía sobre la orilla,
entre el capullo de la noche,
la soledad: de hinojos.
La vi tomar agua del mar.
La vi armando castillos de arena sobre sus senos.
Presencie su quietud suicida mirando al cielo
donde cada estrella se iba apagando.
Sobre la orilla sentí su sueño
haciendo hueco en mi cerebro,
mordiendo mis huesos: corroyéndolos,
lamiendo mis ojos: deshaciéndolos
en un frasco repleto de sus propias lágrimas,
y mi rostro sin fe sintió:
cómo todos los castillos de arena
se derrumbaban y caían encima
de la paupérrima
sonrisa