pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
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Crecer tanto
como para ser esa sombra
que entre las nubes su sombra palpa
y dejarme cortar por mis uñas cortadas
en lejana morada donde Dios mora;
regalaros la lluvia, el aguacero
con las cornisas del cielo que me solapan...
que como ser traslúcido
de aquí al invierno me regalan;
que la presea,
la gema que se muestra intocable
como divino anillo caiga a tierra;
con las astillas de la puerta al Cielo
volver transitable la Tierra
y los ríos hacia donde las penúltimas risas
buscaron ser eternas;
mares que acechan en tus noches
la mirada que en ellos pierdes, navegas,
toda la vida restante que lloras y ensueñas,
mientras de los rieles a este lado de la locura
otra anilla se resta
para vencerse las cortinas
que al fin nos esconden;
verte... junto a mí... y hundir ambos ese pie
que malogra vías, caminos y años, vidas enteras,
dejar muesca y planta, herir
el rostro de la charca mientras
una amenazada gacela
inadvierte de la sabana el ojo veloz
y pierde de sus vidas la única que tendrá y primera
observando
cómo también nosotros comprobamos
que bajo esa hoja no muerta
y anquilosada en otoño
ni tú, ni yo...
ni tampoco el universo respira.
Crecer tanto
como para ser esa sombra
que entre las nubes su sombra palpa
y dejarme cortar por mis uñas cortadas
en lejana morada donde Dios mora;
regalaros la lluvia, el aguacero
con las cornisas del cielo que me solapan...
que como ser traslúcido
de aquí al invierno me regalan;
que la presea,
la gema que se muestra intocable
como divino anillo caiga a tierra;
con las astillas de la puerta al Cielo
volver transitable la Tierra
y los ríos hacia donde las penúltimas risas
buscaron ser eternas;
mares que acechan en tus noches
la mirada que en ellos pierdes, navegas,
toda la vida restante que lloras y ensueñas,
mientras de los rieles a este lado de la locura
otra anilla se resta
para vencerse las cortinas
que al fin nos esconden;
verte... junto a mí... y hundir ambos ese pie
que malogra vías, caminos y años, vidas enteras,
dejar muesca y planta, herir
el rostro de la charca mientras
una amenazada gacela
inadvierte de la sabana el ojo veloz
y pierde de sus vidas la única que tendrá y primera
observando
cómo también nosotros comprobamos
que bajo esa hoja no muerta
y anquilosada en otoño
ni tú, ni yo...
ni tampoco el universo respira.
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