Luis Adolfo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando era niño
e iba a casa de mi abuela,
me gustaba jugar
en su minúscula alcoba.
No era
la mejor habitación de la casa,
ni el viejo
sofá cama
donde ella dormía
era lo que se dice
un ejemplo
de confortabilidad.
Sin embargo,
allí era feliz
jugando a los taxistas.
Mi abuela
me dejaba viejas monedas
de diez y veinticinco céntimos;
¡tenía cientos de ellas!
En esta profesión
llevar cambio
no es asunto baladí;
yo siempre
disponía
de dinero suelto
para dar las vueltas justas
a mis fingidos
y bienhechores clientes.
Fui, sí, un taxista feliz.
Nunca tuve problemas con el cambio.
Jamás sentí en mi nuca
el hálito voraz de Cavify.
e iba a casa de mi abuela,
me gustaba jugar
en su minúscula alcoba.
No era
la mejor habitación de la casa,
ni el viejo
sofá cama
donde ella dormía
era lo que se dice
un ejemplo
de confortabilidad.
Sin embargo,
allí era feliz
jugando a los taxistas.
Mi abuela
me dejaba viejas monedas
de diez y veinticinco céntimos;
¡tenía cientos de ellas!
En esta profesión
llevar cambio
no es asunto baladí;
yo siempre
disponía
de dinero suelto
para dar las vueltas justas
a mis fingidos
y bienhechores clientes.
Fui, sí, un taxista feliz.
Nunca tuve problemas con el cambio.
Jamás sentí en mi nuca
el hálito voraz de Cavify.
Última edición: