Bar de carretera

Guillermo Alegre

Poeta recién llegado
Me sentaba en números impares, el camarero se acerco, me ofreció la intención de subyugar el ruido y de calmar la sed tenue de mi garganta. La clientela arrojaba palabrería mezclada con nicotina y tabasco donde miradas se centran en un vestido de color roto.
Me hago un hueco al lado del " Reservado camareros" y deslizo mi pena al abismo de mis labios. Ella escucha, asiente y se centra en la mujer que ilumina el fluorescente de aquel antro perdido en la mano de la ilusión.
Mis ojos surcan las carreteras que se deslizan a través de su vestido veraniego y la verdad, me gusta conducir. Remuevo el tiempo para romper la brecha que me separa de sus caderas y acabo como un chicle pegado a su suela, la miro y la sonrió.
Nunca me gustaron los bares de carreteras.
 

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