Jorge Ricardo
Poeta recién llegado
Pasos lentos, arrastrados por el camino.
Suspiros de alivio prolongados,
escaparon cansados del alma solitaria,
que buscaba con sus ojos nublados
la imagen fiel de su barrio amado.
Rayos suaves del sol de la mañana,
entibiaban su piel manchada, arrugada,
dándole bríos a su cuerpo cansado,
mancillado por pecados de vida pasada,
en este mismo lugar, su barrio amado.
Aborrecido, odiado por sus amigos,
por creer que la envidia no existía.
Se colocó la aureola divina por si mismo
y su jactancia la paseaba todo el día,
dejando de lado todo, menos el egoísmo.
Su amor platónico, que un día existió,
lo abandonó, por su orgulloso proceder;
nunca se rebajó ante su diosa amada,
al decir que la humildad en el querer
no la compartía… él nunca se humillaba.
Ahora ya viejo, pensando, cabizbajo,
sentado en un rincón de su querida plaza,
esperaba ansioso ver el rostro amado;
mirarla silencioso en las sombras
y sentir sus pasos cuando se haya alejado.
Suspiros de alivio prolongados,
escaparon cansados del alma solitaria,
que buscaba con sus ojos nublados
la imagen fiel de su barrio amado.
Rayos suaves del sol de la mañana,
entibiaban su piel manchada, arrugada,
dándole bríos a su cuerpo cansado,
mancillado por pecados de vida pasada,
en este mismo lugar, su barrio amado.
Aborrecido, odiado por sus amigos,
por creer que la envidia no existía.
Se colocó la aureola divina por si mismo
y su jactancia la paseaba todo el día,
dejando de lado todo, menos el egoísmo.
Su amor platónico, que un día existió,
lo abandonó, por su orgulloso proceder;
nunca se rebajó ante su diosa amada,
al decir que la humildad en el querer
no la compartía… él nunca se humillaba.
Ahora ya viejo, pensando, cabizbajo,
sentado en un rincón de su querida plaza,
esperaba ansioso ver el rostro amado;
mirarla silencioso en las sombras
y sentir sus pasos cuando se haya alejado.
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