Amartelado
Poeta recién llegado
Robarte un beso es como robar
de los cielos una estrella,
como robar del firmamento
la nube más densa y blanca,
es como extraer de las conchas el nácar
y absorber tu aliento es como absorber
de las flores el bálsamo.
Palpar la piel de tu semblante
y acariciarte los brazos suavemente,
es como hacérselo a una rosa,
como sobar sus pétalos
de la manera más frágil y selecta.
Tu pelo es semejante
al algodón más refinado,
tan suave y apacible al acariciarlo.
Tu boca es tan sedosa
como fueron las sábanas
y almohadas de Cleopatra,
y la delicia de tus pechos
es miel al paladar
y agradable al manosearlos.
La fineza de tus piernas
es mármol y es marfil,
como fueron las columnas
del hijo de David,
y sus riquezas, Salomón,
me las hubiera a mí ofrecido
a cambio de obtener
la opulencia de tu rostro.
Es tu abrazo muy profundo
y cálido a mi cuerpo
y su profundidad enlaza a mi alma,
alborea mis tinieblas
y entumece mis heridas,
como se entumecen los lirios
y jamás despiertan.
Tus palabras apaciguan
el curso de mis nervios,
como la dulce romanza
de los cantores que abren
el día junto al alba.
Mis fuerzas parecen obsoletas
en presencia de tu rostro inmaculado,
me vuelvo dúctil con tu abrazo,
con el sonido de tu voz
y en sí mismo
con tu sola presencia
se caen las armas de mi furia,
de mi rabia y de mis quejas,
y los dilemas de mi vida
se neutralizan y se olvidan
en el tiempo en el que mis ojos
contemplan tu figura
y oyen mis oídos
la dulce eufonía de tu voz.
de los cielos una estrella,
como robar del firmamento
la nube más densa y blanca,
es como extraer de las conchas el nácar
y absorber tu aliento es como absorber
de las flores el bálsamo.
Palpar la piel de tu semblante
y acariciarte los brazos suavemente,
es como hacérselo a una rosa,
como sobar sus pétalos
de la manera más frágil y selecta.
Tu pelo es semejante
al algodón más refinado,
tan suave y apacible al acariciarlo.
Tu boca es tan sedosa
como fueron las sábanas
y almohadas de Cleopatra,
y la delicia de tus pechos
es miel al paladar
y agradable al manosearlos.
La fineza de tus piernas
es mármol y es marfil,
como fueron las columnas
del hijo de David,
y sus riquezas, Salomón,
me las hubiera a mí ofrecido
a cambio de obtener
la opulencia de tu rostro.
Es tu abrazo muy profundo
y cálido a mi cuerpo
y su profundidad enlaza a mi alma,
alborea mis tinieblas
y entumece mis heridas,
como se entumecen los lirios
y jamás despiertan.
Tus palabras apaciguan
el curso de mis nervios,
como la dulce romanza
de los cantores que abren
el día junto al alba.
Mis fuerzas parecen obsoletas
en presencia de tu rostro inmaculado,
me vuelvo dúctil con tu abrazo,
con el sonido de tu voz
y en sí mismo
con tu sola presencia
se caen las armas de mi furia,
de mi rabia y de mis quejas,
y los dilemas de mi vida
se neutralizan y se olvidan
en el tiempo en el que mis ojos
contemplan tu figura
y oyen mis oídos
la dulce eufonía de tu voz.