sumiciu
Poeta recién llegado
Clamor hacen de ti los cielos
fruto de los concupiscentes dioses
que, cobijada bajo el áulico trono,
eres preñada luz de un vientre
que se abre a la esperanza.
Embrujadora dama de los níveos cabellos
que al embozado sol, de la tierra,
hace descreído, insomne cuando la noche
vuelve su mirada y mientras los lobos
se atavían con pieles de cordero.
Tú que, en un bondadoso gesto,
devoras los pecados de los hombres,
aquéllos a los que la penitencia
no alcanza y que, como la yesca,
arden en tornasolados sueños;
humeantes cenizas,
nicho de un ave fénix redivivo.
Tu voz se desgañita
enseñoreándose de la garganta,
cual vetusto juez sobrado de levita,
larga y descuidada la alba barba,
a quien la muerte, por cierto,
considera un despilfarro.
Eres el viento que un día saldrá
de la caverna, latitudinario valor
de salvación eterna, que, dejada
atrás tu eremítica existencia,
eres bendita simiente que, en espíritu
es Olimpo y, en carne, mortal pellejo.
fruto de los concupiscentes dioses
que, cobijada bajo el áulico trono,
eres preñada luz de un vientre
que se abre a la esperanza.
Embrujadora dama de los níveos cabellos
que al embozado sol, de la tierra,
hace descreído, insomne cuando la noche
vuelve su mirada y mientras los lobos
se atavían con pieles de cordero.
Tú que, en un bondadoso gesto,
devoras los pecados de los hombres,
aquéllos a los que la penitencia
no alcanza y que, como la yesca,
arden en tornasolados sueños;
humeantes cenizas,
nicho de un ave fénix redivivo.
Tu voz se desgañita
enseñoreándose de la garganta,
cual vetusto juez sobrado de levita,
larga y descuidada la alba barba,
a quien la muerte, por cierto,
considera un despilfarro.
Eres el viento que un día saldrá
de la caverna, latitudinario valor
de salvación eterna, que, dejada
atrás tu eremítica existencia,
eres bendita simiente que, en espíritu
es Olimpo y, en carne, mortal pellejo.