Acabo de verlo por la calle. Caminaba a duras penas y se ayudaba de un paraguas en un día casi veraniego. Veinticinco grados y un cielo azul turquesa. Eran cerca de las ocho de la tarde y me fui detrás del que un día había sido mi amigo. Vagaba como un pelele sin rumbo, tratando de encontrar una taberna en donde poder saciar su insaciable necesidad de alcohol. Su mirada estaba vacía de expresión. No me reconoció. Ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba allí. Era un fantasma sumido en un inframundo que no era lo suficientemente oscuro para él. Perseguía, sin saberlo, la autodestrucción absoluta. Sus ojos se iluminaron cuando, después de dar un par de vueltas a la manzana, encontró una tasca abierta.
VicenteMoret.
VicenteMoret.
Última edición: